Opinión

Ciri con la selección española de fútbol

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 18 de Julio del 2026
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Julio cumple. Treinta y siete grados marca el termómetro de la farmacia, no podemos esperar otra cosa, es verano y hace calor.

¡Increíble! La indumentaria de Ciri esta tarde.

Su mentor principal para estos asuntos, y al que hace referencia en cuando surge el caso es Cayo Petronio, que vivió en el siglo primero de nuestra era en la corte de Nerón del que era consejero. Consiguió el título de “Arbiter elegantiae” (crítico de la elegancia), por su buen gusto y refinadas ideas para el bien hacer. Sólo tuvo disgustos con las descalificaciones a las intervenciones musicales de Nerón y su arpa.

A lo que íbamos, Ciri es elegante por naturaleza, al hablar, al vestir y por descontado en su comportamiento. Lleva un par de semanas que se presenta (en contra de sus gustos) con pantalón corto y sandalias de franjas de cuero (así las llama), es la tiranía del calor sofocante.

Completa hoy la vestimenta con una camiseta blanca de la Selección Española de Fútbol. No le he dicho nada, pero con esta facha parece menos respetable y, por supuesto, me ha saltado la risa junto a la admiración en mi comentario.

—Pero. "Tu quoque, Brute, fili mi!" (Tú también, Bruto, hijo mío).

—Más seriedad, por favor —responde mi amigo muy serio utilizando sus dotes de persuasión— tu frase la utilizó César al ver que su ahijado Bruto participaba en su asesinato;  por el contrario, en el punto opuesto mi vestimenta representa a nuestra Selección invicta hasta el momento y digna competidora en el Campeonato Mundial de Fútbol.

Solo me ha faltado situarme en posición de firmes ante el alto mando. Os aseguro que me ha impactado su actitud, la asocio a que él mismo no se siente seguro dentro de la prenda deportiva, como si rozara su persona lo antiestético. No creo que se deba a alguna apuesta con su señora, lo cual no sería raro.

Volvemos a la realidad de nuestros encuentros ante los cafés, ahora no humean como en el invierno, pero sí emiten aroma propio de su excelencia; las magdalenas terminan de ablandar el mal rato sufrido con el colega.

Para llamar la atención de algo que le preocupa, ya lo conocéis amigos lectores, tiene unos acuerdos demasiado extravagantes. El viernes pasado lo de las gafas de sol con cristales tan oscuros para referirse a los poetas que ven el mundo negro. Hoy con la camiseta que armoniza con su persona igual que una tortuga vestida de bailarina clásica.

A pesar de todo es mi amigo y sigo queriéndolo a pesar de sus ocasionales estridencias.

—Reconozco, compañero, que te asiste la razón al pensar que no es indumentaria apropiada esta camiseta para mi cuerpo serrano—responde con incipiente sonrisa en sus ojos intencionadamente maliciosos— pero me he convencido, como todo el mundo terráqueo, de la valía de nuestra Selección futbolística situando a su cabeza al insigne entrenador don Luis de la Fuente Castillo.

—Afirmo lo mismo que tú, Ciri.

—Hemos de convenir en que muchos de los deportes, en su esencia más primaria, son ridículos —expone el compañero, cual historiador de ancestros— por ejemplo el baloncesto: diez hombres o mujeres, los más altos de los alrededores patrios, corriendo de un lado a otro de la pista, para pasar un balón por un aro, provisto de una red rota en la parte baja, con  lo cual cada vez que el balón entra, vuelve a caerse.

Hasta los vecinos de mesa, incluido Julián en su puesto de observador estalla en risas y comentarios jocosos por el acuerdo de mi amigo. Menos mal que lo han tomado a broma, yo no estaba muy seguro de cómo iba a terminar la perorata.

Animado por la respuesta de los observadores cafeteros y menrendadores varios continúa Ciri:

—En cuanto al fútbol tres cuartos de lo mismo, aquí cambia el número de participantes once por cada equipo, igualmente hombres o mujeres, ahora se sitúan en un prado con la hierba muy cuidada, regada, cortada, mimada… El empeño de estos veintidós es meter un balón a patadas entre tres palos, dos de ellos clavados en el suelo y el tercero de travesaño.

Se repiten las risas, los chistes y las alabanzas a los acuerdos tan jocosos de mi amigo. Yo intento seguir la corriente y no manifestar mi rabia creciente por momentos. No se calla el dichoso colega.

—Ahora viene lo realmente importante —le oigo decir como entre una nube de sueño, porque no aguanto más— y es que de esos dos aparentemente insípidos inventos humanos, la inteligencia de hombres y mujeres de todo el mundo ha conseguido hacer un grandísimo evento,  en este caso que nos ocupa el fútbol, capaz de mover millones de aficionados de todos los países y cantidades desorbitadas de dinero, influencias y crear personajes famosos.

—Ciri no sé si no te vas por las ramas. Estás hablando de un deporte practicado en cada punto del planeta por jóvenes y mayores, que es una fuente de salud para el cuerpo y la mente, sin necesidad de tener que enumerar sus cualidades.

—Ahí quiero llegar;  lo que en su apariencia es algo nimio se hace grande cuando se practica. Y si lo dirigen entrenadores inteligentes, que los hay y muchos, se convierte en una fuente de valores humanos tanto en el ámbito individual como colectivo.

—Has podido oír —interrumpo a mi amigo— al entrenador español hablar de un grupo de jugadores que es el mejor del mundo por su entrega, colaboración,  esfuerzo, lucha, compañerismo y un número interminable de virtudes, junto a la juventud de muchos de ellos.

—Voy a añadir un acontecimiento más, el fútbol y en concreto nuestra selección ha borrado en pocos días el trabajo que llevan años realizando los políticos de nuestro país, dividiendo a los españoles por zonas geográficas de nacimiento, por ideologías, por manipulaciones y malas artes… Han conseguido unirnos a todos con el símbolo de unos colores representativos de una nación y con  un equipo que lucha y se desgasta hasta quedar exhaustos.

Ojalá y el domingo próximo el equipo de España gane la Copa del Mundo, pero si no es así, ya nos han dado alegrías en los partidos ganados e innumerables lecciones de comportamiento y deportividad.

Me doy cuenta ahora de que el tono de Ciri era bastante alto, de modo que se nos han agregado casi todos los clientes de la cafetería. Cuando mi amigo se silencia, rompen en un aplauso y lo felicitan.

Uno de los asistentes se atreve a gritar: ¡ES-PA-ÑA!

No hay que animar  nadie se contagia el grito: ¡ESPAÑA! ¡ESPAÑA! ¡ESPAÑA!

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