“La paz nace en nuestra propia casa, arranca en nosotros y finaliza
con la siembra de gestos conciliadores y reconciliadores. Ahora bien, nadie
puede amar sin antes amarse”.
Volver
a la estética del pulso y a la ética de los andares, ha de ser nuestra tarea.
Nos conviene a todos, hacer cambios en nuestras existencias; ya que, si el
egoísmo que genera el sistema hace que los gobernantes antepongan su éxito
personal a su compromiso social, también nosotros con nuestras acciones y
reacciones diarias, ante un problema con el que nos topamos, o una tensión que
vivimos u ofensa que sufrimos en nuestro circulo viviente, nos mostramos
pasivos e indiferentes, en lugar de ofrecer nuestra mano extendida y la
comprensión manifiesta, contribuiremos asimismo a que el desorden crezca.
Quizás debiéramos explorar más la memoria, repensar los hechos, y ver que
nuestros pasos no radican en vaticinar el mal, sino más bien en destinar
nuestras fuerzas por un mundo mejor.
El
futuro nos corresponde a todos laborarlo. En consecuencia, nuestro deber es
cuestionarnos con valentía el modo y la manera de donarnos, de activar el níveo
amor poniéndonos a generar concordia, ante una bochornosa realidad
deshumanizante e inhumana como jamás, marcada y remarcada por un aluvión de
conflictos armados y desplazamientos masivos. Desde luego, los principios de
humanidad, imparcialidad, neutralidad e independencia se perciben amenazados
continuamente, por la impunidad en la vulneración de normas internacionales. De
ahí, la necesidad, de que se active la buena vecindad; pues si cada uno se aviene
con los de su propia acera, mediante el amor recíproco, la calle acabará aunándose
de palpitaciones, reconduciéndonos y hallándonos en los demás.
Hermanarse
es nuestra gran asignatura pendiente. Lo armónico es lo que nos hace avanzar
hacia el territorio de la belleza y embellecernos. El verdadero ser reconcentrado
crece y aprende cada día de sus errores, llegando a descubrir que siempre uno
es el principal garante de lo que acontece. Precisamente, entiendo, que un
vencedor es aquel que entiende la obligación que conlleva su libertad, haciendo
un llamamiento a rechazar la lógica del inhumano mercado, que todo lo compra y
lo vende, especialmente en esta era de intereses mezquinos. Hoy más que nunca,
por consiguiente, tenemos que entrar en sanación. La paz nace en
nuestra propia casa, arranca en nosotros y finaliza con la siembra de gestos
conciliadores y reconciliadores. Ahora bien, nadie puede amar sin antes amarse.
Quererse
a sí mismo es el prólogo de una biografía que dura toda la vida, contribuyendo
a que cese este torrente de lágrimas, que nos está dejando sin sonrisa alguna,
impidiendo fortalecer las alianzas globales para proteger la dignidad, la
seguridad y la autonomía de todas las personas. No son las armas las que
generan los acuerdos, sino la realidad del alma humana, que es lo que nos
incentiva a vivir, sentir y recapacitar. Ojalá aprendamos a tomar conciencia de
esta cruda realidad, para que cada cual haga de la unión la causa de su esencia,
no aislándose, sino poniéndonos en movimiento, lo que te hace no quitar ojo y
observar e ir hacia los otros, creando comunión y comunidad, objetivo del que tampoco
debemos desviarnos.
Justamente,
porque cada uno de nosotros formamos parte del cuerpo civil operante, la
situación humanitaria en el mundo hay que mejorarla con sistemas democráticos,
que refrenden los derechos humanos y testifiquen por vigor moral el creciente
amor a la humanidad. La estabilidad se manifiesta a través del cultivo de la
cultura del abrazo sincero, hacia el semejante, lo que forja sobre todo
sabiduría y felicidad. Está visto que nos hemos globalizado, ahora será hermoso
que nos entendamos y atendamos, para defender nuestro proceder por aquí abajo,
que ha de estar cargado de sueños hogareños y de relatos en sociedad. Sin ese
vínculo de parentela, en continua conformidad, no espiga la correspondencia.
Por ello, es vital conocerse y reconocerse, estimarse y ayudarse, ¡manteniéndose
humanos!
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Jueves, 23 de Julio del 2026