Mi nombre es Isidoro Burillo Villalta, soy hijo de una residente del Asilo-Hospital de Tomelloso, es decir, la residencia D Víctor Peñasco. Muchas veces no es fácil mostrar al mundo la rabia sana que uno lleva por dentro. Ese fuego que quema de dolor y de impotencia.
Y a su vez, ese fuego que se calma cuando te encuentras con la grandeza de gente como usted, Doña Crisanta, y de las personas que hoy siguen su obra. En 1893, con un corazón enorme y unas manos temblorosas de bondad, decidió ordenar construir una casa. No una casa cualquiera. Una casa para los que ya no tenían a nadie.
Y luego, con una generosidad que hoy cuesta entender, la donó a Tomelloso. Y fijaos... en aquellos tiempos no había redes sociales ni famosos presumiendo su capital. Usted no necesitó aplausos. Usted solo necesitó amor. Y con eso cambió la vida de miles de personas.
Por lo general esto nace aquí, en Tomelloso. Y ha sido una vez más una tomellosera la que le ha dado al mundo entero una lección de humildad. “Toda una lección de humildad que la honra como mujer con un enorme corazón.” ¿Quién nos iba a decir que con ese gesto, hecho hace 133 años y sin conocernos, hoy yo iba a sentir esta enorme gratitud?
Hoy, en 2026, usted me está enseñando a mí lo que significa cuidar de verdad. Y lo está haciendo a través de las “Hermanitas de la Caridad”. Las circunstancias de la vida me han traído hasta aquí. Y al conocer su historia, se me llena el alma... pero también se me parte un poquito. Porque tengo que decirlo con toda la humildad del mundo: sin conocerme, Doña Crisanta ha sido capaz de hacer por mi madre lo que yo como hijo, hoy, no he podido.
No he podido darle el desayuno cada mañana. No he podido peinarla, ni arroparla, ni decirle "mamá, estoy aquí". No he podido estar en cada dolor, en cada risa, en cada día. Me duele. Me duele mucho. Pero usted sí pudo. Y hoy Las Hermanitas de la Caridad” siguen pudiendo por usted.
Gracias, Hermanitas. Gracias por madrugar cada día. Gracias por el plato caliente, por la palabra amable, por el abrazo cuando hace falta. Gracias por cuidar a mi madre como si fuera vuestra propia madre. Gracias por limpiar sus heridas, por peinarla, por acompañarla en la soledad. Gracias por hacer con amor lo que yo no puedo hacer con mis manos.
Ustedes son el corazón latiendo de Doña Crisanta en 2026. Ustedes son sus manos, su voz y su abrazo.
A todo el personal del Asilo-Hospital también: gracias por seguir encendiendo esa llama que Doña Crisanta encendió en 1893. Gracias por tratar a nuestros mayores con dignidad.
Lo hizo en silencio. Sin cámaras. Sin ruido.Doña Crisanta puso su dinero, pero sobre todo puso su corazón. Y ustedes, Hermanitas, lo siguen poniendo cada día. Y demostró a Tomelloso y al mundo que una sola persona puede cambiarlo todo. Que se pueden hacer cosas maravillosas sin esperar nada a cambio.
Su labor sigue dando frutos hoy. Frutos de dignidad. Frutos de compañía. Frutos de amor.
Gracias, Doña Crisanta.
Gracias por cuidar a mi madre como si fuera suya.
Gracias por darme la paz de saber que está bien cuidada, querida y en buenas manos.
Tomelloso tiene una deuda de amor con usted, Doña Crisanta.
Y yo, como hijo, hoy vengo a pagar la mía con estas palabras:
GRACIAS a usted.
GRACIAS a las Hermanitas de la Caridad.
Porque su grandeza y su entrega están cuidando a mi madre.
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