Tomelloso

Historias del Buen Camino

Tomelloseros recorren el Camino de Santiago desde los prismas de la inclusión, la fe, el esfuerzo y el arte

Carlos Moreno | Miércoles, 5 de Agosto del 2026
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Diez siglos después, la atracción que ejerce el Camino de Santiago sigue creciendo de manera imparable. El encanto de transitar una ruta cargada de arte, espiritualidad, esfuerzo, superación, hospitalidad y hermosa naturaleza sigue cautivando millones de personas. Y suele suceder  que quienes han surcado los angostos caminos gallegos desean volver.   Desde hace más de mil años, millones de personas han recorrido los senderos que conducen a Santiago de Compostela. Unos buscan un destino, otros una respuesta, y muchos simplemente desean descubrirse a sí mismos. En realidad, el Camino de Santiago es mucho más que una ruta: es una intensa experiencia donde cada paso cuenta una historia. 

La peregrinación a Santiago de Compostela hunde sus raíces en plena Edad Media, en una época en que la Cristiandad buscaba afirmar su fe y reunirse en torno a los lugares santos. Después de Jerusalén, Tierra Santa y Roma, el santuario compostelano se convertiría en uno de los mayores centros espirituales de Occidente. La figura del apóstol Santiago el Mayor, discípulo de Cristo y primer mártir de los apóstoles, se convirtió en el eje de esta devoción.

Jacques, hijo de Zebedeo y hermano del apóstol Juan, había presenciado la Transfiguración y la agonía de Jesús en Getsemaní. Tras la Resurrección, partió para evangelizar y, según la tradición, predicó en España. De regreso a Jerusalén, fue condenado a muerte por el rey Herodes Agripa hacia el año 44 d.C.. Se dice que sus discípulos transportaron su cuerpo en barco hasta la costa gallega y lo enterraron en un campo de la zona.

Durante varios siglos, la tumba del apóstol permaneció oculta y olvidada. Fue a principios del siglo IX cuando un ermitaño llamado Pelagio tuvo una visión. Guiado por misteriosas luces en un campo estrellado -llamado "Campus Stellae", que más tarde se convertiría en "Compostela"- descubrió un sepulcro. El obispo Teodomiro fue alertado y reconoció oficialmente las reliquias como las del apóstol Santiago. El rey Alfonso II de Asturias, conocido como "el Casto", peregrinó al lugar, convirtiéndose en el primer peregrino real. El monarca ordenó construir una primitiva iglesia sobre la tumba, estableciendo Compostela como un santuario reconocido.

Dijo Walter Sktarkie  que "el Camino de Santiago es la calle mayor de Europa”, una metáfora tan verdadera como contundente. Desde hace más de un milenio, esta ruta ha unido culturas, lenguas y personas procedentes de todos los rincones del continente. Hoy sigue siendo un lugar de encuentro donde tradición, historia y superación personal se dan la mano.

El Camino ha ejercido también fascinación entre tomelloseros que, en muchos casos, lo han hecho más de una vez. Por la ciudad pasa el camino del Algar, una ruta de peregrinación jacobea de más de 350 km que une Lorca (Murcia) con Mora (Toledo), conectando con el Camino de Levante. El itinerario pasa de forma directa por Tomelloso en su décima etapa procedente de las Lagunas de Ruidera, continuando en la undécima etapa hacia Alcázar de San Juan, finalizando en Mora , donde confluye con el Camino de Levante.

 "La euforia te hace olvidar calambres y otros problemas físicos" 

Ricardo Ortega no puede dejar de emocionarse cuando cuenta la experiencia vivida junto a su inseparable Dani  Sánchez, joven con discapacidad,  con el que ha competido  en más de cincuenta carreras y con el que comparte increíbles retos de superación. “La iniciativa fue del propio Dani, él se lo propuso a la gente de AFAS, pero por problemas de salud no pudo acompañarnos Luis Ballesteros. Al final, fuimos los padres de Dani, Paco y Pilar; dos amigos,  Daniel Alfonso Ortiz y Juan Antonio Caba;  Dani y yo. Como utilizaos  la silla joëlette,  una silla todoterreno de una sola rueda que permite a personas con movilidad reducida practicar senderismo o trail en terrenos irregulares, necesitábamos gente. Hicimos el camino desde Lugo  y fue una experiencia maravillosa”.

Ricardo Ortega, “Richi”, subraya lo bien que se lo ha pasado Dani. “Se ha reído y ha disfrutado como nadie, y claro, el resto hemos disfrutado también de esa alegría suya. Él ha sido el gran artífice de todo esto. El Camino de Santiago exige un gran esfuerzo físico, mucho más con la silla, que en las subidas teníamos que empujar hasta cuatro personas. A Dani le divertía que adelantáramos a gente en las subidas. Nos hemos cansado, por supuesto, pero cuando vas acabando etapas te entra una euforía que te hace olvidar calambres, problemas musculares, ampollas y estas cosas que pasan cuando se anda tanto tiempo”.

Su presencia en el camino se encuadra en un proyecto de Plena Inclusión  “que nos ha permitido conocer un grupo humano maravilloso”. Ricardo no olvidará los últimos momentos del Camino, cuando ya avistaban Santiago de Compóstela. “Llegamos al Monte o Gozo y faltaban todavía unos kilómetros para llegar a Santiago, pero rompimos a llorar porque sabíamos que estábamos cerca. Luego, cuando llegamos a la Plaza del Obradorio nos recibieron con aplausos y fue otro momento inolvidable”. 


El Camino desde los valores de la inclusión  

Cuenta Luis Ballesteros, coordinador de Ocio, Deportes y Voluntariado, de esa gran institución social que es AFAS  que “los valores de la Inclusión están muy presentes en el Camino de Santiago. La gente siempre está dispuesta a ayudar. Nosotros hacemos el Camino con personas con discapacidad, algunas van en sillas y, por tanto, necesitamos esa ayuda que siempre acabamos encontrando . Y por otro lado, está esa convivencia entre gentes llegadas de  diversos puntos que se acaban uniendo en una hermosa empresa común, que te hace sobreponerte a las duras subidas, el calor, el viento, la lluvia y las inevitables ampollas en los pies”.

Ballesteros, junto a empleados y usuarios de AFAS, ha realizado el camino francés, el primitivo, el portugués, el del norte….”Sin duda, el primitivo es el más duro. Y su dificultad hace que terminarlo sea una sensación de enorme orgullo y placer y la prueba palpable de que nuestros chicos están preparados para afrontar cualquier reto”. Al final, también resalta ese componente “de reflexión  y diálogo contigo mismo que siempre tiene el Camino”.

Una experiencia de fe y fraternidad 

El sacerdote José Ángel Martín Acosta defiende la convicción de que la peregrinación va mucho más allá del reto físico de completar etapas. Al frente de un grupo formado por 53 personas, en su mayoría de la parroquia de La Asunción de Tomelloso, aunque también con participantes de Socuéllamos, Córdoba y Sevilla, vivió el pasado mes de julio una experiencia que, según explicó, estuvo marcada por la convivencia, la espiritualidad y el apoyo mutuo.

Martín logró crear un ambiente de  fraternidad desde los primeros días. Aunque muchos de los participantes no se conocían antes de iniciar el recorrido, aseguró que todos se sintieron acogidos e integrados, una circunstancia que  refleja la verdadera esencia del Camino de Santiago.

El sacerdote explica “que caminar en grupo permitió experimentar de manera especial el valor de la ayuda recíproca. En los momentos de cansancio, debilidad o pequeñas lesiones, siempre hubo alguien dispuesto a acompañar y sostener al compañero”.  Una vivencia que, a su juicio, también enseña la importancia de “saber pedir ayuda con humildad y de reconocer que nadie recorre solo el camino de la vida”.

Durante la peregrinación, el grupo realizó la denominada Variante Espiritual del Camino Portugués, un itinerario que rememora el traslado de los restos del apóstol Santiago hasta Compostela. El recorrido incluyó una travesía por la ría de Arousa en barco, desde donde pudieron contemplar el singular viacrucis de piedra que bordea la ría antes de llegar a Padrón. A partir de ese punto, continuaron a pie hasta alcanzar la Plaza del Obradoiro.

Para el párroco, el objetivo no era únicamente llegar a Santiago de Compostela. “La llegada adquiría pleno sentido al culminar la peregrinación con la celebración de la Misa del Peregrino y el tradicional abrazo al Apóstol”, elementos que, en su opinión, “aportan la dimensión espiritual que distingue esta experiencia de un simple viaje o una actividad deportiva”.

Martín Acosta subraya que “el Camino exige esfuerzo físico y capacidad de superación, pero también invita a la reflexión personal” y compara las etapas más duras del recorrido con los momentos difíciles que toda persona atraviesa en la vida, afirmando que “esas circunstancias ayudan a fortalecer la fe, el carácter y la propia identidad”.

La expedición no utilizó los tradicionales albergues debido al elevado número de participantes y a la limitada capacidad de los existentes en la ruta elegida. En su lugar, el grupo pernoctó en pabellones municipales, donde tuvieron una cariñosa acogida por parte de las autoridades locales, que se interesaron en todo momento por sus necesidades. Dormir en colchonetas o colchones hinchables y renunciar a las comodidades habituales también formó parte de la experiencia. “Esa sencillez permitió valorar mucho más aspectos cotidianos como una cama, una ducha o el propio hogar, además de fomentar el espíritu de sacrificio y la adaptación a las circunstancias. Muchos padres de las familias que nos acompañaban destacaron la experiencia como muy positiva”.

José Ángel Martín asegura que el Camino de Santiago suele despertar en quienes lo realizan el deseo de regresar. Su primera experiencia como peregrino, siendo joven, “me  impulsó a seguir recorriendo distintas rutas jacobeas.  La mayoría de quienes completan el Camino sienten la necesidad de repetir la experiencia desde una perspectiva diferente”.


"El Camino de Santiago es una vida en pequeño"

Hay quienes hacen el Camino de Santiago por deporte, otros por Fe y muchos en busca de una experiencia personal. Para Lucas Antún, argentino afincado en Tomelloso desde hace casi un cuarto de siglo, amante del deporte que también se ha atrevido con los 101 kilómetros de Ronda y miembro del AC Manchathon, el Camino es todo eso y mucho más. Lo ha recorrido en siete ocasiones y asegura que cada peregrinación ha sido distinta. “Cada camino o cada día tiene un sentido, el Camino te va transformando”.

La experiencia más exigente fue el Camino Francés completo, desde la localidad francesa de Saint-Jean-Pied-de-Port hasta Santiago de Compostela: 860 kilómetros recorridos en 32 días. “Cruzas el Pirineo, pasas por Navarra, La Rioja, Castilla y León y finalmente llegas a Galicia. Es un recorrido muy duro, con grandes desniveles, piedra suelta y puertos de montaña que ponen a prueba las piernas y la resistencia. Y luego están las inclemencias del tiempo; ola de calor en agosto, frío y lluvia en septiembre”, explica el hombre que partió de Francia y pasó, entre otras muchas aldeas, pueblos y ciudades, por Roncesvalles, Zubiri, Pamplona, Puente de la Reina, Estella, Sansol, Logroño, Nájera, Santo Domingo de la Calzada. Burgos, Castrojeriz, Frómista, Carrión de los Condes, Moratinos, León, Astorga, Ponferrada, Villafranca del Bierzo, O Cebreiro, Sarria, Portomarín, Palas de Rei y Arzúa para llegar rebosante de felicidad a Santiago

Sin embargo, insiste en que el verdadero valor del Camino no está en el esfuerzo físico. “No es una carrera de trail. Claro que notas cómo mejora tu condición física caminando más de treinta kilómetros diarios, pero el Camino es una combinación de deporte, arquitectura, historia, religión y, sobre todo, de las personas que conoces”.

A lo largo de sus siete peregrinaciones, Antún ha recorrido también otros itinerarios, como el Camino Portugués de la Costa, donde recuerda con especial cariño el momento de cruzar en barca el río Miño para entrar en Galicia. “Cada camino tiene su encanto y sus propias vivencias”, apostilla.

Lo que más le atrae es precisamente el contacto humano. Mientras algunos peregrinos caminan pendientes del teléfono móvil o de crear contenido para las redes sociales, él prefiere detenerse en cada aldea para conversar con sus vecinos. “Saludo a todo el mundo, hablo con los agricultores, con los niños, con la gente mayor... A veces puedo estar cuarenta minutos hablando con las personas de un pueblo. Ese es el verdadero Camino”.

Esa cercanía le ha permitido vivir experiencias que todavía hoy recuerda con emoción. En una ocasión se encontró, de forma totalmente casual, con vecinos de Tomelloso en mitad de la ruta. En otra, coincidió con un matrimonio italiano con el que compartió gran parte del recorrido y que  terminó convirtiéndose en parte de su familia. “El último día me contó que había pasado veinte días en coma tras un accidente de tráfico y cómo aquello le cambió la vida. Son conversaciones que te dejan enseñanzas para siempre.  Cuando termina el Camino sientes que te despides de amigos de toda la vida, aunque los hayas conocido hace apenas unas semanas”.

Antún también destaca la dimensión espiritual del Camino, incluso para quienes no lo recorren exclusivamente por motivos religiosos. Evoca las pequeñas iglesias rurales,  los  hospitaleros que dedican su tiempo de forma altruista a atender a los peregrinos y esos encuentros con sacerdotes, voluntarios y personas de diferentes creencias. “Ves una religión sencilla, austera, auténtica. En pueblos donde apenas vive gente encuentras iglesias abiertas y personas que siguen manteniendo vivas las tradiciones”.

Entre las muchas reflexiones que le ha dejado la experiencia, hay una que resume su manera de entender el Camino y que incluso ha incorporado a su perfil en redes sociales: «Un Camino de Santiago es una vida en pequeño».


El irresistible encanto del arte románico

Al periodista que firma este reportaje le impactó el paisaje y ese arte románico tan presente en todo el camino. Lo pudo compartir con amigos de toda la vida y un tomellosero que se sumó sobre la marcha y que rápidamente se convertiría en amigo. Una aventura que se inicio en Sarria, donde pudimos admirar el Convento de la Merced, antes del madrugón que nos llevaría a Portomarín, bajando por el valle de del río Loio hacia el Miño, justo  cuando ensancha en uno de sus puntos más caudalosos, el embalse de Belesar. Portomarín nos ofrecía una cercanía engañosa entre un camino que serpenteaba. Pasando la aldea de A Brea un mojón indicaba que faltaban justo 100 kilómetros para arribar a Santiago. En el punto más alto del trayecto la iglesia de Ferreiros y los sobrecogedores leones que sobresalen en su portada.

En Portomarín admiramos la fachada de la Iglesia de San Nicolás, que fue sede del priorato de San Juan en Galicia. En dirección a Palas de Rei nos detuvimos el Crucero de la Pasión, cerca de Lameiros y ya en Palas de Rei llamaría nuestra atención la portada románica de la Iglesia de San Tirso que sería reaprovechada en la reconstrucción del templo que se hizo hace setenta años. Otro tesoro que pudimos conocer la Iglesia de San Salvador, templo románico con planta de cruz latina, tres ábsides y un transepto muy elevado. La iglesia conserva una interesante colección de pinturas del siglo XV, un baldaquino gótico y un majestuoso retablo bárroco.

Atrás dejábamos la comarca de Ulloa, para adentrarnos en la tierra de Melide. En este tramo del camino nos topamos con numerosos hórreos, construidos con piedra y madera, un antiguo molino, la iglesia románica de Santa María con pinturas murales y justo enfrente un antiguo hospital de peregrinos que funcionó hasta el XIX.  Pasamos también por el puente medieval de Furelos y nos detuvimos la capilla de San Roque. El camino no paraba de ofrecernos tesoros de arte e historia.

En la penúltima etapa, la que nos llevaría a O Pedrouzo,   avanzábamos entre minúsculas aldeas. Mereció la pena detenerse en la Fuente de Santa Irene y en algunas casas blasonadas. 

Y ya en el final del camino alcanzamos la capilla de San Marcos, junto a la cima del monte do Gozo que nos ofrecía ya la visión de la ciudad de Santiago. Al mismo tiempo admirábamos el gran monumento en recuerdo de la peregrinación a Santiago del Papa Juan Pablo II.

Las estrechas calles de Santiago será el preludio del emotivo momento de llegar a la plaza del Obradoiro. La visión de la catedral, que se construyó siguiendo los cánones del románico francés, presenta una planta de cruz latina con tres naves cubiertas con bóvedas de cañón. Impresionan las dimensiones y una de las grandes obras de la historia del arte: el pórtico de la Gloria. Pero todo es virtuosismo en este centro de la cristiandad: las Torres de la Carraca y de las Campanas, la fachada barroca de la  plaza del Obradoiro, con el sol de media tarde reflejándose en sus ventanas; la Puerta de las Platerías y sus logrados relieves románicos de principios del XII.  Ya en el interior subimos por unas gradas que nos conducen Altar Mayor y poder besar el manto del Santo. Con este imponente ritual concluye nuestro maravilloso camino.

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