«No nos atañe a nosotros dominar a todas las mareas del mundo…, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza.» - J. R. R. Tolkien, El retorno del Rey
Muchos de nuestros lectores
recordarán al famoso escritor Tolkien quien puso estas palabras en boca de uno
de sus protagonistas, Gandalf, hace ya más de medio siglo pero que siguen
haciendo eco de forma sorprendente en nuestra sociedad.
Se refería a las fuerzas del bien
y del mal en la Tierra Media.
¿Alguien se ha parado a pensar en
la desconfianza que existe y el
frecuente uso de un lenguaje agresivo tanto a nivel presencial como de redes sociales?
¿Y qué decir sobre la cultura del ego, la incapacidad de escuchar a quién
tenemos al lado…?
Basta con echar un vistazo a todo
el panorama de las últimas noticias que nos llegan con imágenes impactantes, en
las que muchas veces solo quieres llorar y expresar todo el dolor por el
sufrimiento que sientes ante tantas desgracias humanas.
Mi propósito no es quedarme con
la parte más apocalíptica del mensaje sino tratar de dar esperanza a través de
este artículo que apuesta por la paz, y especialmente por cultivarla en todos
los ámbitos. Esto es lo que propone el personaje Gandalf: cultivar el pequeño
terruño que nos ha sido confiado para las generaciones posteriores.
Los expertos sostienen que nunca
antes la humanidad había disfrutado de un nivel de bienestar como el que
tenemos actualmente. Sin embargo, este privilegio no surgió de la nada. Es el
fruto del trabajo de nuestros padres y abuelos quienes se sacrificaron para
regalarnos todo un legado: nuestras raíces
Aunque, paradójicamente, se han
invertido los roles, y si somos honestos, ¿estamos nosotros contribuyendo a
cultivar esta tierra que tenemos?, ¿es lo que realmente nos gustaría dejarles a
nuestros hijos y nietos?
En nuestra sociedad actual
adormecida por el bienestar, la opulencia y las nuevas tecnologías es
fácil ver a niños y niñas pequeños con
un teléfono móvil deslizando sus dedos por las pantallas. ¿No estaremos subestimando
las consecuencias que se derivan de estas situaciones?
Se manejan muchos dispositivos
muy potentes y todo el mundo es capaz de navegar por las redes aunque sin tener
ni idea de cómo manejarlas realmente.
Pero….¿existe conexión con los
vecinos de nuestro barrio, miramos al que tenemos al lado?
Quizá la mayor pobreza de este
siglo XXI no sea solo la brecha económica sino la relacional, especialmente a
la hora de tener empatía y escuchar a las personas. Vivimos hiperconectados
pero cada vez nos comprendemos menos y nos irritamos por cualquier cosa.
Posiblemente, el verdadero
desafío pueda ser la deshumanización que estamos teniendo, tal y cómo vino a
recordarnos en algunos de sus discursos el Santo Pontífice. La deshumanización
aparece cuando dejamos de ver personas y sólo vemos “clichés”. Así vemos un
inmigrante como un problema, a un creyente como un fanático, a un político como
un enemigo, los periodistas como manipuladores, el que piensa diferente como un
adversario, etc.
Cultivar la paz es mucho más
serio y más profundo y para ello tenemos que mirar a las personas, no con
etiquetas y prejuicios sino con comprensión y tolerancia. ¿Cómo podemos
hacerlo? A partir de nuestro lenguaje, con empatía, escuchando para comprender a
nuestro semejantes.
Tratar de dominar el ego y no
adueñarse de la razón tal y como decía Aristóteles: “El dominio de sí mismo es
la mayor de las victorias”.
Sembrando semillas
La primera semilla de la
paz comienza por conquistar los corazones de las personas, educar a los jóvenes
y ayudarles a argumentar y ser más críticos pero siempre desde el respeto, sin
odiar ni discrepar. Quizá esta sea la asignatura pendiente del siglo XXI.
La segunda semilla es la
de sembrar la esperanza y la alegría, como un pilar fundamental, sin dejarnos
llevar por la tristeza y la negatividad. Trabajar en equipo, desde las
familias, el aula, nuestro trabajo cotidiano, en nuestro barrio, con las
personas que nos rodean.
La tercera semilla sería
la de cultivar la paciencia y sembrar la concordia. Arrancar la mala hierba del
odio y dejar de mirar al otro con recelo. Preparar la tierra para las
generaciones venideras.
Aunque verdaderamente la paz
comienza en nuestro interior, cuando nos apartamos del ruido y buscamos nuestro
propio silencio para conectarnos en medio del caos. Si no hay una
reconciliación con uno mismo no podremos ser capaces de dar comprensión, esperanza
y compasión a los demás.
La paz se ha conquistado a través
de personas sencillas y con grandes convicciones que han luchado por ella como
es el caso de Teresa de Calcuta, Nelson
Mandela, Gandhi, Martin Luther King y muchos más. Nadie elige el tiempo que nos
toca vivir pero sí podemos elegir cambiar nuestra actitud.
Para finalizar, me gustaría dejar
algunas de las citas de Santa Teresa de
Calcuta que siempre viene bien recordar y desde luego nos ayudan a cultivar la
paz:
“La
paz comienza con una sonrisa”.
“La falta de amor es la mayor
pobreza”.
“Que nadie venga a ti sin irse
mejor y más feliz”.
“Si queremos que haya paz en el
mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias
familias”.
“No siempre podemos hacer grandes
cosas, pero sí cosas pequeñas con un gran amor”.
{{comentario.contenido}}
Eliminar Comentario
"{{comentariohijo.contenido}}"
Eliminar Comentario
Jueves, 6 de Agosto del 2026
Jueves, 6 de Agosto del 2026