De vez en cuando rebusco en el diccionario tratando de encontrar
vocablos que descifren el interés y las sensaciones que tengo sobre mis dos
ciudades de referencia. Y así, me encuentro con palabras como:
"contrastes, comparaciones, diferencias, dicotomía, dualidad,
contrasentidos, incongruencias, consonancias, analogías, vínculos, relación, o
la rara concomitancia".
A veces utilizamos la frase literaria de que "Madrid es un gran
poblachón manchego" tratando de restar importancia a la capital. Pero
actualmente el eslogan carece de significado porque Madrid es una gran urbe
europea con una enorme influencia económica, aunque como todas las ciudades
importantes, sufre la turistificación.
Este fenómeno tan habitual en los tiempos que corren no afecta a las
ciudades que rodean a la metrópoli, y mucho menos a principios de los setenta
en pleno éxodo rural; pues, en aquella época, los desplazamientos y las
migraciones interiores eran para buscar trabajo.
Cuando llegué a Parla había muchas semejanzas con mi ciudad de origen
porque esta villa sí se parecía a un pueblo manchego; no en vano, a nivel
administrativo, Madrid era una provincia más de Castilla la Nueva.
En aquellos años, Parla era un pequeño municipio vinculado todavía a la
agricultura y la ganadería. Sus casas encaladas y algunas edificaciones de
apenas dos o tres plantas me recordaban a la Valdepeñas que dejé atrás buscando
otro futuro.
Por aquel entonces, todavía en el casco urbano se ubicaban grandes
establos, el consistorio era un modesto edificio situado en el centro de la
localidad y, en su salón de plenos, se tallaba a los mozos de los diferentes
reemplazos ante el inminente servicio militar.
Justo al lado estaba la casa del cura con su pequeño huerto. También se podía encontrar una panadería y otras edificaciones que conformaban una plaza acogedora donde se reunían los vecinos para celebrar las fiestas de la patrona. Y allí, justo en una esquina está la vivienda de recreo de Bartolomé Hurtado, personaje célebre que llegó a ser aparejador mayor de las Obras Reales del Alcázar de Madrid durante los reinados de Felipe IV y Carlos II. Esta edificación era un enorme caserón cerrado y deshabitado testigo mudo del pasado glorioso de un personaje que la historia local ha rescatado como su referente antiguo más importante.
Ha pasado el tiempo y Parla ha seguido creciendo de manera exponencial,
desde los poco más de catorce mil habitantes en los setenta, en la actualidad
residimos casi ciento cuarenta mil vecinos.
Valdepeñas sin embargo tuvo un pequeño decrecimiento tras el
"boom" del vino, pero después su población ha permanecido estable sin
apenas pérdidas demográficas. En ambos casos los inmigrantes forman ahora parte
importante del censo real y en Parla es más acusado porque existen multitud de
nacionalidades que llegaron sobre todo en la segunda oleada migratoria allá por
el año dos mil. Valdepeñas acoge vecinos del
Campo de Montiel y de la comarca junto a emigrantes de otros países,
pero son los menos.
Desde que llegué han pasado más de cincuenta años, pero Parla no ha
conseguido resolver el tema laboral e industrial para dar empleo a sus vecinos,
ciudadanos que salen cada día para
cumplir con su jornada. Pero como está cerca del motor económico de la capital
siguen arribando nuevos residentes, aunque sea para pernoctar.
Valdepeñas, aunque posee un sector de servicios importante junto a la
tradicional agricultura y la industria vinatera, tampoco es capaz de ofrecer
una salida a las nuevas generaciones que, igualmente, tienen que irse de la
ciudad buscando un futuro mejor.
Si tuviese que contrastar en una balanza ficticia la influencia de estas
dos ciudades en mi realidad cotidiana debería analizar varios condicionantes.
Por años de residencia y porque aquí está mi hogar y mi pequeña familia, Parla,
a pesar del esfuerzo que supone entender y aceptar la enorme diversidad, de los
sambenitos o el descrédito en algunos ámbitos sociales, es mi lugar, una villa
donde he residido gran parte de mi vida y de la que difícilmente renunciaré.
Pero en el otro platillo de la balanza está el peso emotivo de la
infancia y la adolescencia vividos en aquellas calles, en las eras, en la
plazoletas y en todos los rincones del pueblo donde nací, y eso pesa demasiado
en la mochila emocional de la que nunca he logrado desprenderme, ni se me pasa
por la cabeza renunciar.
Siempre me alegra volver a mi origen, pero tengo que ser realista,
porque aquella Valdepeñas idealizada ya no existe, e incluso algunas modas y
comportamientos se igualan con lo que vivo aquí cada día.
Ya no corre la cañada del Alamillo, la sierra del Peral me la han
alterado con molinos eólicos que en nada se parecen a los gigantes del Quijote.
Ya no hay cines como el Proyecciones o el Ideal, tampoco existe la confitería
del Triunfo ni la huerta de las Pilas y el Lejío lo han urbanizado y hay una
fuente, vamos, pura nostalgia.
Pero sigamos analizando otros aspectos que las ciudades necesitan para
desarrollarse. Por ejemplo, los recursos hídricos de ambas ciudades no son
comparables aunque tienen algunos
elementos a destacar.
Parla hace tiempo que dejó de tener un subsuelo abundante del líquido
elemento y desde que comenzó el desarrollo urbanístico, los antiguos pozos
fueron insuficientes para el abastecimiento de la ciudad; su regato más
importante es el Arroyo Humanejos que apenas corre.
Igualmente Valdepeñas tiene grandes carencias hídricas y a duras penas el río Jabalón recorre su término aportando recursos al regadío, de hecho, el agua de boca que abastece a la ciudad viene del embalse de Fresneda, que pertenece a la cuenca del Guadalquivir.
En cuanto a festividades existe cierta similitud, las dos ciudades
dedican la fiesta más importante de su calendario a sus respectivas patronas. Y
así, el sentimiento religioso se refleja en las celebraciones de septiembre,
aunque en Parla se aprecia menos por la poca raigambre de la ciudadanía, aunque
tampoco los lugareños autóctonos favorecen la integración en los círculos
religiosos tan tradicionales como cerrados.
De todas formas estas fiestas también tienen una connotación profana y
primitiva que justifica la celebración en función de la cosecha, de cereal en
una y entre cereal y viñedo en Valdepeñas.
En Parla, y a consecuencia de la llegada del agua del Canal de Isabel
II, tras largas reivindicaciones, con víctima incluida, se determinó que la
segunda festividad se llamase Las Fiestas del Agua, quizás para que los nuevos
vecinos llegados a la ciudad se sintiesen más identificados. Pero años más
tarde el consistorio rebajó su presupuesto y empezaron a decaer si la
comparamos con las de septiembre.
Algo parecido le pasa a Valdepeñas con su Feria de julio que, en la
década de los sesenta, era la más importante. Ahora, y desde hace tiempo, se ha
apostado por las Fiestas del Vino que han sido declaradas de Interés Turístico
Nacional.
La relevancia de actos culturales en esta celebración como la
"Exposición Internacional de Artes Plásticas" o el "Homenaje a
la Poesía - Vaso de vinos Nobles" son, aparte del divertimento, un claro
acicate para visitar la ciudad.
Al hilo de las fiestas y en cuanto a cultura Valdepeñas, a pesar de
tener mucha menos población, goza de una actividad cultural consolidada. Sus
museos, sus personajes célebres y los grupos como el Trascacho o Fermento le
dan a la ciudad un poso cultural de referencia en la Mancha.
En Parla, la diversidad debería aportar más al tejido cultural. Sin
embargo, la realidad es que apenas algunas asociaciones y colectivos, junto a
ciudadanos particulares, apuestan por las letras o las artes. Por lo tanto, el
panorama sigue siendo difuso y la actividad cultural queda limitada a las
fechas del calendario.
No quisiera extenderme mucho ni aburrir al lector si ha llegado hasta
aquí. Pero no puedo terminar sin confesar que sigo atento y pendiente a los que
sucede en estas dos ciudades que me tienen atrapado.
Reconozco que siempre he tenido curiosidad sobre el entorno que me rodea
y atento a los cambios que se producen en mi añorada Valdepeñas; también en lo
urbanístico y la polémica que suscita la ampliación de la Plaza de la
Constitución. Pero sin entrar en detalles sobre la compra de edificaciones, a
veces me pregunto qué sentido tiene agrandar esas plazas duras, sin árboles,
sin vegetación y sin bancos. Pues, desde mi punto de vista constituyen un
modelo que se ha impuesto bajo el pretexto de mostrar mejor el patrimonio
histórico y, de paso, favorecer el
consumo frente a la pausa y el sosiego a la sombra de un árbol. Por cierto en
aquella Valdepeñas soñada había muchos más árboles para combatir el estío.
Aquí, en Parla, también la Plaza de la Constitución ha sufrido grandes
cambios, aunque sigue apacible y desconocida para gran parte del vecindario.
Justo donde estaba la casa del cura se construyó una nueva Casa
Consistorial, un moderno edificio que
resalta demasiado sobre las anteriores construcciones. El nuevo ayuntamiento
volvió a ubicarse justo al lado del antiguo y, según dicen, fue una aspiración
del primer edil desde que llegó la democracia. Esta nueva construcción tan
moderna como poco funcional recibió un premio de arquitectura en 1992, pero el
impacto visual y la estética de la arquitectura icónica no siempre encaja en el
paisaje urbano, además del reiterado
sobrecoste de sus obras.
Por otro lado la casa de Bartolomé Hurtado está cada vez más ruinosa,
solo unos soportes metálicos aguantan unos trozos de muralla y una valla
anuncia la enésima reconstrucción bajo el pretexto de sus "supuestos"
valores arquitectónicos.
Sin embargo la mayoría de los ciudadanos son, o somos ajenos a un plan
en el que solo están empeñados los ediles de turno, no sé si fruto de un sueño
o de una ilusión.
Porque carece de sentido enredarse en papeleos, trámites y burocracia
bajo el pretexto de rescatar el legado patrimonial o cultural de un proyecto
disparatado que se eterniza en el tiempo.
Sinceramente, y a pesar de mi interés por la cultura, desde mi punto de
vista la ciudad tiene otras prioridades.
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Lunes, 17 de Agosto del 2026