Opinión

Analogías, contradicciones y dualidad sobre dos ciudades

Rafael Toledo Díaz | Lunes, 17 de Agosto del 2026
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De vez en cuando rebusco en el diccionario tratando de encontrar vocablos que descifren el interés y las sensaciones que tengo sobre mis dos ciudades de referencia. Y así, me encuentro con palabras como: "contrastes, comparaciones, diferencias, dicotomía, dualidad, contrasentidos, incongruencias, consonancias, analogías, vínculos, relación, o la rara concomitancia".

 

A veces utilizamos la frase literaria de que "Madrid es un gran poblachón manchego" tratando de restar importancia a la capital. Pero actualmente el eslogan carece de significado porque Madrid es una gran urbe europea con una enorme influencia económica, aunque como todas las ciudades importantes, sufre la turistificación.

Este fenómeno tan habitual en los tiempos que corren no afecta a las ciudades que rodean a la metrópoli, y mucho menos a principios de los setenta en pleno éxodo rural; pues, en aquella época, los desplazamientos y las migraciones interiores eran para buscar trabajo.

Cuando llegué a Parla había muchas semejanzas con mi ciudad de origen porque esta villa sí se parecía a un pueblo manchego; no en vano, a nivel administrativo, Madrid era una provincia más de Castilla la Nueva.

En aquellos años, Parla era un pequeño municipio vinculado todavía a la agricultura y la ganadería. Sus casas encaladas y algunas edificaciones de apenas dos o tres plantas me recordaban a la Valdepeñas que dejé atrás buscando otro futuro.

Por aquel entonces, todavía en el casco urbano se ubicaban grandes establos, el consistorio era un modesto edificio situado en el centro de la localidad y, en su salón de plenos, se tallaba a los mozos de los diferentes reemplazos ante el inminente servicio militar.

Justo al lado estaba la casa del cura con su pequeño huerto. También se podía encontrar una panadería y otras edificaciones que conformaban una plaza acogedora donde se reunían los vecinos para celebrar las fiestas de la patrona. Y allí, justo en una esquina está la vivienda de recreo de Bartolomé Hurtado, personaje célebre que llegó a ser aparejador mayor de las Obras Reales del Alcázar de Madrid durante los reinados de Felipe IV y Carlos II. Esta edificación era un enorme caserón cerrado y deshabitado testigo mudo del pasado glorioso de un personaje que la historia local ha rescatado como su referente antiguo más importante.


Ha pasado el tiempo y Parla ha seguido creciendo de manera exponencial, desde los poco más de catorce mil habitantes en los setenta, en la actualidad residimos casi ciento cuarenta mil vecinos.

Valdepeñas sin embargo tuvo un pequeño decrecimiento tras el "boom" del vino, pero después su población ha permanecido estable sin apenas pérdidas demográficas. En ambos casos los inmigrantes forman ahora parte importante del censo real y en Parla es más acusado porque existen multitud de nacionalidades que llegaron sobre todo en la segunda oleada migratoria allá por el año dos mil. Valdepeñas acoge vecinos del  Campo de Montiel y de la comarca junto a emigrantes de otros países, pero son los menos.

Desde que llegué han pasado más de cincuenta años, pero Parla no ha conseguido resolver el tema laboral e industrial para dar empleo a sus vecinos, ciudadanos que salen cada día  para cumplir con su jornada. Pero como está cerca del motor económico de la capital siguen arribando nuevos residentes, aunque sea para pernoctar.

Valdepeñas, aunque posee un sector de servicios importante junto a la tradicional agricultura y la industria vinatera, tampoco es capaz de ofrecer una salida a las nuevas generaciones que, igualmente, tienen que irse de la ciudad buscando un futuro mejor.

Si tuviese que contrastar en una balanza ficticia la influencia de estas dos ciudades en mi realidad cotidiana debería analizar varios condicionantes. Por años de residencia y porque aquí está mi hogar y mi pequeña familia, Parla, a pesar del esfuerzo que supone entender y aceptar la enorme diversidad, de los sambenitos o el descrédito en algunos ámbitos sociales, es mi lugar, una villa donde he residido gran parte de mi vida y de la que difícilmente renunciaré.

Pero en el otro platillo de la balanza está el peso emotivo de la infancia y la adolescencia vividos en aquellas calles, en las eras, en la plazoletas y en todos los rincones del pueblo donde nací, y eso pesa demasiado en la mochila emocional de la que nunca he logrado desprenderme, ni se me pasa por la cabeza renunciar.

Siempre me alegra volver a mi origen, pero tengo que ser realista, porque aquella Valdepeñas idealizada ya no existe, e incluso algunas modas y comportamientos se igualan con lo que vivo aquí cada día.

Ya no corre la cañada del Alamillo, la sierra del Peral me la han alterado con molinos eólicos que en nada se parecen a los gigantes del Quijote. Ya no hay cines como el Proyecciones o el Ideal, tampoco existe la confitería del Triunfo ni la huerta de las Pilas y el Lejío lo han urbanizado y hay una fuente, vamos, pura nostalgia.

Pero sigamos analizando otros aspectos que las ciudades necesitan para desarrollarse. Por ejemplo, los recursos hídricos de ambas ciudades no son comparables  aunque tienen algunos elementos a destacar.

Parla hace tiempo que dejó de tener un subsuelo abundante del líquido elemento y desde que comenzó el desarrollo urbanístico, los antiguos pozos fueron insuficientes para el abastecimiento de la ciudad; su regato más importante es el Arroyo Humanejos que apenas corre.

Igualmente Valdepeñas tiene grandes carencias hídricas y a duras penas el río Jabalón recorre su término aportando recursos al regadío, de hecho, el agua de boca que abastece a la ciudad viene del embalse de Fresneda, que pertenece a la cuenca del Guadalquivir.


En cuanto a festividades existe cierta similitud, las dos ciudades dedican la fiesta más importante de su calendario a sus respectivas patronas. Y así, el sentimiento religioso se refleja en las celebraciones de septiembre, aunque en Parla se aprecia menos por la poca raigambre de la ciudadanía, aunque tampoco los lugareños autóctonos favorecen la integración en los círculos religiosos tan tradicionales como cerrados.

De todas formas estas fiestas también tienen una connotación profana y primitiva que justifica la celebración en función de la cosecha, de cereal en una y entre cereal y viñedo en Valdepeñas.

En Parla, y a consecuencia de la llegada del agua del Canal de Isabel II, tras largas reivindicaciones, con víctima incluida, se determinó que la segunda festividad se llamase Las Fiestas del Agua, quizás para que los nuevos vecinos llegados a la ciudad se sintiesen más identificados. Pero años más tarde el consistorio rebajó su presupuesto y empezaron a decaer si la comparamos con las de septiembre.

Algo parecido le pasa a Valdepeñas con su Feria de julio que, en la década de los sesenta, era la más importante. Ahora, y desde hace tiempo, se ha apostado por las Fiestas del Vino que han sido declaradas de Interés Turístico Nacional.

La relevancia de actos culturales en esta celebración como la "Exposición Internacional de Artes Plásticas" o el "Homenaje a la Poesía - Vaso de vinos Nobles" son, aparte del divertimento, un claro acicate para visitar la ciudad.

Al hilo de las fiestas y en cuanto a cultura Valdepeñas, a pesar de tener mucha menos población, goza de una actividad cultural consolidada. Sus museos, sus personajes célebres y los grupos como el Trascacho o Fermento le dan a la ciudad un poso cultural de referencia en la Mancha.

En Parla, la diversidad debería aportar más al tejido cultural. Sin embargo, la realidad es que apenas algunas asociaciones y colectivos, junto a ciudadanos particulares, apuestan por las letras o las artes. Por lo tanto, el panorama sigue siendo difuso y la actividad cultural queda limitada a las fechas del calendario.

No quisiera extenderme mucho ni aburrir al lector si ha llegado hasta aquí. Pero no puedo terminar sin confesar que sigo atento y pendiente a los que sucede en estas dos ciudades que me tienen atrapado.

Reconozco que siempre he tenido curiosidad sobre el entorno que me rodea y atento a los cambios que se producen en mi añorada Valdepeñas; también en lo urbanístico y la polémica que suscita la ampliación de la Plaza de la Constitución. Pero sin entrar en detalles sobre la compra de edificaciones, a veces me pregunto qué sentido tiene agrandar esas plazas duras, sin árboles, sin vegetación y sin bancos. Pues, desde mi punto de vista constituyen un modelo que se ha impuesto bajo el pretexto de mostrar mejor el patrimonio histórico y, de paso,  favorecer el consumo frente a la pausa y el sosiego a la sombra de un árbol. Por cierto en aquella Valdepeñas soñada había muchos más árboles para combatir el estío.

Aquí, en Parla, también la Plaza de la Constitución ha sufrido grandes cambios, aunque sigue apacible y desconocida para gran parte  del vecindario.

Justo donde estaba la casa del cura se construyó una nueva Casa Consistorial, un  moderno edificio que resalta demasiado sobre las anteriores construcciones. El nuevo ayuntamiento volvió a ubicarse justo al lado del antiguo y, según dicen, fue una aspiración del primer edil desde que llegó la democracia. Esta nueva construcción tan moderna como poco funcional recibió un premio de arquitectura en 1992, pero el impacto visual y la estética de la arquitectura icónica no siempre encaja en el paisaje urbano, además  del reiterado sobrecoste de sus obras.

Por otro lado la casa de Bartolomé Hurtado está cada vez más ruinosa, solo unos soportes metálicos aguantan unos trozos de muralla y una valla anuncia la enésima reconstrucción bajo el pretexto de sus "supuestos" valores arquitectónicos.

Sin embargo la mayoría de los ciudadanos son, o somos ajenos a un plan en el que solo están empeñados los ediles de turno, no sé si fruto de un sueño o de una ilusión. 

Porque carece de sentido enredarse en papeleos, trámites y burocracia bajo el pretexto de rescatar el legado patrimonial o cultural de un proyecto disparatado que se eterniza en el tiempo.

Sinceramente, y a pesar de mi interés por la cultura, desde mi punto de vista la ciudad tiene otras prioridades.

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