Muchas gracias, señor alcalde y Ayuntamiento de Tomelloso,
por regalarme esta noche tan especial. Que, en la celebración del 60
aniversario de nuestra Fiesta de la Vendimia, me permitís ser el embajador de
este pueblo mío para pregonar el inicio de nuestra grandiosa Feria en honor a
nuestra patrona, la Santísima Virgen de las Viñas. Con cuya presencia en este
escenario, me sentiré muy amparado por ella para que todo me resulte un poquito
más fácil.
Quiero también agradecer a Tomelloso y a mis paisanos el
apoyo y el cariño que siempre me habéis manifestado en todos los proyectos y
actuaciones de mi vida profesional y personal, de hecho, en estos días, he
podido comprobar que continúa con la misma intensidad de siempre.
Sin embargo, quiero que sepáis que estas muestras de cariño
recibido por redes sociales, llamadas telefónicas o cuando salgo a caminar por
las calles de Tomelloso, me hacen más difícil esta noche poder estar a vuestra
altura. ¡Mil gracias!
Este pregón lo quiero dedicar a lo más importante que tengo
en mi vida: mi familia. Mis hermanos, cuñados y sobrinos. Necesitaré mucha
fuerza y energía, pero me invade la tranquilidad por momentos porque, al igual
que en mi día a día, sé que me la enviarán desde el cielo. El resto le
corresponde a quien, con su amor, me escolta esta noche: mi Virgen de las
Viñas.
Tengo que pedirles disculpas a todos ustedes: ni soy gran
literato, ni experto orador. Lo que sí les puedo asegurar es que mis palabras
saldrán del corazón y con el cariño que les tengo.
Decir Feria y Fiestas es sinónimo de alegría y disfrute.
Tomelloso, desde antaño, siempre ha tenido una Feria pensada para todo tipo de
grupos sociales y personas. Una multitud de actos culturales, religiosos y
lúdicos para adaptarse a los gustos de todos los ciudadanos. Aun así, su calado
más importante e intenso, siempre será para los niños, fuente transmisora de
alegría y viveza que tanto necesitamos los mayores.
«Una Feria sin niños no tendría sentido»
Llega el mes de agosto a Tomelloso. Aquel Tomelloso
sencillo, tranquilo, pero no por eso menos inquieto. En el pueblo se nota un
trajín que no es habitual el resto del año. Pronto llegará la fiesta más
esperada por los tomelloseros. Un pueblo humilde que, en aquellos entonces, no
se podía permitir muchos festines. Quién les iba a decir a aquellas gentes, que
muchos hoy estáis aquí, que gracias al esfuerzo y tanto trabajo, Tomelloso ha
progresado a la velocidad del viento.
En ese agosto donde la calima se había apoderado de las
calles, barrios y callejones, empiezan a tener una actividad inesperada. Las
fachadas de las casas se repasan de pintura. Los más pudientes la fachada
entera, con puertas, rejas y ventanas, coronando con los caballetes
perfectamente blanqueados. Los más humildes, pues un repaso al zócalo y a la
puerta principal.
Aunque fuese con pintura a granel adquirida en casa de «Los
Miejones». Que, a pulso en el mostrador de la droguería, combinando varios
chorros de color de diferentes pinturas sobre un bote de hojalata vacío, te
sacaban el color soñado. Esta artística labor la culminaban modelando la que
sería la tapa, con un trozo de papel de estraza puesto doble. Iban plisando
alrededor del bote como si de un vestido de alta costura se tratase. ¡Oye!,
pues quedaba totalmente hermético. La medida siempre la misma, para puerta
principal, bote pequeño, y para las portadas, bote grande. Si luego una vez en
faena faltaba pintura daba igual, llegando el contenido a la mitad del envase,
se emborrachaba con aguarrás para culminar la tarea. Y como decían siempre: «El
año que viene será otra cosa».
Los abuelos se encargaban de enjalbegar los corrales y
porches. Las mujeres confeccionaban sus vestidos para estrenar el día de la
pólvora o en la procesión de la Virgen.
Todas las tardes llegaban a casa del tío Casto y la tía
Juana, en la calle del Rosal, dónde vivíamos nosotros, mis tías y alguna que
otra prima de mi madre, que era modista de «El Corte Parisien», sistema Mañas,
aunque nunca llegó a ejercer en plenitud por dedicarse en pleno a la familia.
Todas montaban sus vestidos bajo la supervisión de mi madre.
Yo, que no nací para estar quieto, andaba por el corral
dándole vueltas a la cabeza para ver cómo podía aumentar mis ahorros… ¡Llegaba
la Feria! A casi todos los niños, en Reyes o en algún cumpleaños, nos regalaban
una hucha, eso sí, siempre con una posdata: «Toma, para que ahorres para la
Feria».
Se me ocurrió hacer polos en las bandejas de hielo de la
nevera y venderlos a los niños del barrio que pasábamos las siestas por la
calle. Ahora tenía que convencer a la tía Juana y a mi madre para que me
permitieran tal labor. La tía Juana, mujer sensata, a modo de regañina, siempre
con calma y la dulzura que mantenía en su voz, me repetía una frase muy a
menudo:
¡Qué inventor eres!
Debe ser que con frecuencia hacía cosas extrañas, no muy
comunes en un niño de esa edad. Con mi madre no tenía problema, me lo consentía
todo y hasta le hacía gracia. Entre las dos me regalaron la materia prima para
el inicio del negocio: una gaseosa de fresa y otra de cola, de marca «La
Pitusa». Con ellas rellenamos los cuadraditos de las bandejas del hielo,
completándolos con un pequeño palillo de madera, también llamado mondadientes,
para venderlos por un módico precio, no existía el I.V.A…
Mientras las calles permanecían en silencio, las semanas
anteriores a la Feria se empezaban a escuchar el ruido de las furgonetas de los
turroneros con sus megáfonos aplastados, difundiendo sus ofertas con un sonido
casi de gramófono. Los niños que andábamos por los corrales empezábamos a salir
por las portadas como si se tratase de los ratoncillos del Flautista de
Hamelín. No podíamos comprar nada, pero nos encantaba ver el escaparate que
ofrecían con sus puertas traseras abiertas. Muchas tabletas de turrón,
almendras garrapiñadas y una pequeña escalinata multicolor de frutas
escarchadas.
Después, toda la concentración de niños entraba por las
portadas de mi casa, sin molestar mucho a la venta de los polos. Con el permiso
de nuestras madres, nos dejaban ir a la explanada de la Feria para ver el
montaje de los carruseles los días previos. Éramos una pandilla potente, o lo
que viene a ser, bastante bacines.
Teníamos poco tiempo, ¡chicos! A las 6 en la esquina del
«Comercio de Filomeno». Hacía de encrucijada entre la calle El Charco, la calle
El Altillo y calle Estación, justo enfrente del estanco de Matas el Culón. A mí
se me hacía corto el tiempo, con tantas novedades por ver.
Convencía a mis padres para que esa semana anterior a la
Feria me dejasen ir a comer algunos días a casa de mis abuelos, Félix y
Cipriana, lógicamente con picardía. Ellos vivían a mitad de la calle Las
Isabeles, que terminaba en la embocadura de la explanada de la Feria, junto a
la antigua estación de tren.
Conseguí dos turnos de visita a la Feria, uno autorizado y
otro no. Por la mañana antes de comer hasta la 1. A las 2 comíamos al regresar
mi abuelo del trabajo. Terminada la comida pretendía marchar otra vez a la
explanada de la Feria.
«De eso nada, ahora hay que echarse la siesta»
Cuando todos dormían y yo simulaba también el sueño,
sigilosamente me escapaba. La explanada de la Feria era el sitio donde
aparecían niños que venían de los distintos barrios de Tomelloso. Nada tenía de
extraño, en aquella época los niños vivíamos mucho en la calle.
Las portadas de las casas se abrían por la mañana para
barrer y regar la calle, y no se cerraban hasta la noche, después de tomar el
fresco. Al final conseguimos formar una pandilla de «Niños fugados en la
siesta».
Por fin llega la noche de la pólvora. Disfrutaba junto a mis
padres del desfile con los gigantes y cabezudos en la calle de la Feria, a la
altura del «Comercio de Constantino».
Atravesando la calle de la Feria, repleta en ambas aceras
por las casetas de los turroneros, llegando de la mano hacia el Paseo de la
Estación, donde se iniciaba otra travesía hacia la explanada. Nada más empezar,
la pequeña tómbola del «Tío del Mono», donde suspendía del techo un gran número
de enormes garrotas de caramelo multicolor, como regalo por los boletos
premiados.
«¡Yo quiero uno!»
«Ahora a la vuelta».
Todas las noches lo mismo. A cambio me proponían una foto en
el caballo de cartón con mis padres a los lados. Nunca he sido muy de fotos y
les contestaba igual: «Ahora a la vuelta».
Comenzamos el recorrido hacia el interior con algo de
rapidez. A ambos lados del paseo, casetas con juguetes, patatas fritas, gambas,
camarones, gajos de coco y manzanas de caramelo… ¡Qué peligro!
Al fondo, los carruseles. La verbena en el callejón desde el
Paseo de San Isidro hasta el Paseo de la Estación. En la salida de la calle Las
Isabeles, las churrerías; y a la vuelta, a ambos lados de las aceras, las
tascas, formando sus paredes con carrizos y los techos con una lona vieja,
donde vendían botellines y chatos de vino. Regentaras por señores rubios, de
cara pecosa y ojos muy claros, que yo creía que eran feriantes o forasteros.
Más tarde aprendí que no eran rubios, sino jaros… y que tenían un sobrenombre.
Con el paso del tiempo, los niños ganamos nuestra
independencia y las Ferias las disfrutamos con nuestra pandilla de amigos.
Democráticamente entre todos organizábamos nuestro peculiar programa de
actividades. Todos los días a la Feria, pero antes iniciábamos el recorrido por
la plaza para aguardar la hora en que ponían en funcionamiento los carruseles y
desplazarnos hasta la explanada de la estación.
Mientras mis amigos se ponían en los bancos del jardinillo,
junto al Casino de San Fernando, a devorar grandes bolsas de pipas, yo entraba
todos los días a la iglesia para ver la imagen de la Virgen de las Viñas en su
trono. Bellísima, estaba perfectamente engalanada a falta de los últimos
retoques.
Siempre me quedaba embobado mirando su cara y la del Niño un
largo rato, como si de un flechazo de Cupido se tratase.
¡Quién me iba a decir a mí que nuestro amor sería para
toda la vida!
Cuando menos me lo esperaba, rompía el silencio uno de mis
amigos, ¡el más follonero!: «Venga, que tenemos que ir a las carteleras del
cine a ver qué echan». «Mañana vamos al Cine Cervantes, que esta de pistoleros
es güena güena (con G)».
Dicho y hecho. Al día siguiente, como espectáculo especial
de Feria, todos al cine. Lógicamente en el pase de las 5 de la tarde, directos
al gallinero. A la salida, como eran fiestas, disponíamos de alguna pesetilla
más.
Rápidamente al jardinillo de San Francisco, donde se
instalaba el hombre del palo duz. Una larga fila de niños para comprar esa raíz
que mordisqueábamos y desprendía un sabor avinagrado. Nunca lo entendí, pero
era la chuche del momento. A mí me gustaba más mudarme unas puertas más
adelante, que había un cuartillo donde con una gran máquina, o así me lo
parecía, hacían palomitas. Perdón, cotufas.
Los mayores también contaban con un espectáculo muy
esperado, de revista. La primera parte, las vedettes, pícaras, con sus medias
de rejilla y sus trajes provocativos de lentejuelas que apenas brillaban de dar
tantas vueltas por los teatros.
La segunda parte, flamenco y canción española. A la salida,
el público llano se sentía muy satisfecho. Comentaban: «¡Lo nunca visto!». El
público más refinado del pueblo asistía a los bailes en la Glorieta de María
Cristina, donde también el último día se celebraría la cena de gala, con la
Reina y su corte de honor.
El día de la procesión quería irme a verla con mis padres.
Sencillamente, porque así podía estar hasta tarde y ver la entrada de la Virgen
en la iglesia, sonando las campanas y como fondo la banda de música tocando el
himno nacional.
¡Qué guapa!
Con su corona de bombillitas encendidas y adornada con
ánforas de plata repletas de gladiolos multicolor.
«¡Qué poco dura la Feria!»
Comentábamos mis amigos y yo mientras aguardamos en la
puerta del Ayuntamiento para ver la salida de la Reina y las damas hacia el
teatro con motivo de la celebración de la Fiesta de las Letras, certamen de
prestigio nacional y con gran calado en figuras muy importantes de la
literatura.
El recorrido desde el Ayuntamiento hasta el Cine Serna
llenándose las aceras de señoras tradicionales para verlo. Nosotros desde el
inicio del desfile, nos movíamos intermitentemente hasta llegar a la puerta del
teatro para no perdernos nada. Nos situamos al lado de un grupo de señoras
típicas tomelloseras, de esas que con cualquier visión articulan el morro…
Mientras, servidor explicaba a mis amigos la belleza de esos
voluminosos vestidos confeccionados con sedas y organzas. Al llegar la Reina,
como si de un cuento mágico se tratara:
«¡Mira qué vestido! ¡Qué manto tan enorme! ¡Y una corona
de diamantes!»
Una señora de las mencionadas anteriormente se encargó de
romperme el encanto:
«¡No, hermoso, es de cristal de culo de vaso!»
Tras el bloqueo momentáneo continué con mi fantasía,
observando a unos señores que escoltaban el desfile, vestidos con unos trajes
de fieltro rojo a modo de dalmática y el escudo de Tomelloso bordado en el
delantero. Tocados con gorra de ala vuelta y pluma blanca, «los maceros».
Curiosamente iguales a los que había visto en el colegio, en los dibujos de los
Reyes Católicos.
Esta noche, como amuleto protector, luzco en mi solapa esta
insignia del escudo de Tomelloso, que le fue impuesta a mi padre junto a sus
compañeros de corporación cuando fue concejal de este Ayuntamiento y, además,
entre otras cosas, de Festejos.
Eso me hizo conocer otra Feria más institucional y entender
que, desde un Ayuntamiento, no es fácil organizar una Feria como la de
Tomelloso. Me permitió también disfrutar, desde otro prisma, la preparación,
acompañando los días previos a mi padre a la revisión de los elementos
necesarios: que la prensa esté limpia y recién pintada antes de colocarla en el
escenario, delante de la Posada de los Portales, donde se celebraba el acto de
esta noche. Después, el cortejo de Reina y damas llevarían a la Virgen los
primeros mostos a la parroquia de la Asunción.
Cientos de visitas al recinto ferial, visitar el teatro
mientras el montaje de los decorados para la Fiesta de las Letras. Preciosos
decorados que, en un principio, engalanaba Valentín, empleado de «Casa Diego»,
tienda de lanas. ¡Todo un artista! Posteriormente tomaron el relevo los
hermanos Caba, prestigiosos carpinteros y ebanistas, con sus espectaculares
montajes.
Otra tarde nos tocaba ir a ver la calesa de caballos que,
por medio de «Chafarrote», un actor de doblaje tomellosero y residente en
Madrid, se alquilaba a los estudios de cine donde él trabajaba, y que se
utilizaba para pasear a la Reina y damas a los festejos taurinos, ornamentada
con bellísimos mantones de Manila; y el día de la Fiesta de las Letras, para
recogerlas de sus domicilios completamente engalanada de flores blancas.
Años más adelante, participé en el asesoramiento estético de
varias Reinas y damas hasta 1991, que se suprime esta representación como tal.
En 1995, siendo alcalde don Ramón González, regenera esta figura con el nombre
de «Madrinas». La casualidad que, en este primer equipo, una de las
representantes fue mi hermana Elena. No tuve por más que retomar las funciones
con bastante intensidad.
Hoy se obtienen los primeros mostos que son ofrecidos a
nuestra Virgen de las Viñas; que ella los utilice como elixir de bendición a
nuestros campos y tantas familias de agricultores que tan bien conozco, que día
a día trabajan para poner en valor nuestro oro más preciado: ¡el vino! Y que su
esfuerzo, junto con las empresas, son el motor para la economía y el progreso
de Tomelloso.
Esta noche volveré a la pólvora, la que dejé de ver siendo
jovencito a cambio del regalo más bonito del mundo: pasarla junto a ti, querida
patrona. Al lado de mis queridos José Vicente y Concha, que mientras ellos te
engalanan el trono con las flores más bonitas, yo doy los últimos retoques a tu
imagen para que seas la estrella más brillante en estas fiestas.
Y es que el entorno de la Virgen no solo genera fe y
devoción,
«También amigos para toda la vida».
Hemos llegado a los posos de este pregón. Me gustaría que
todos ustedes se queden como recuerdo una palabra: agradecimiento.
Agradecimiento y amor a quien tanto nos cuida y nos protege.
Siempre a ella, nuestra Madre Celestial.
¡Viva la Virgen de las Viñas y su Niño!
¡Viva Tomelloso y su gente!
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Lunes, 24 de Agosto del 2026
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