Feria y Fiestas de Tomelloso 2026

Pregón íntegro de Félix Godoy con el que se ha inaugurado la Feria y Fiestas 2026 de Tomelloso

Félix Godoy Martínez | Lunes, 24 de Agosto del 2026
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Muchas gracias, señor alcalde y Ayuntamiento de Tomelloso, por regalarme esta noche tan especial. Que, en la celebración del 60 aniversario de nuestra Fiesta de la Vendimia, me permitís ser el embajador de este pueblo mío para pregonar el inicio de nuestra grandiosa Feria en honor a nuestra patrona, la Santísima Virgen de las Viñas. Con cuya presencia en este escenario, me sentiré muy amparado por ella para que todo me resulte un poquito más fácil.

Quiero también agradecer a Tomelloso y a mis paisanos el apoyo y el cariño que siempre me habéis manifestado en todos los proyectos y actuaciones de mi vida profesional y personal, de hecho, en estos días, he podido comprobar que continúa con la misma intensidad de siempre.

Sin embargo, quiero que sepáis que estas muestras de cariño recibido por redes sociales, llamadas telefónicas o cuando salgo a caminar por las calles de Tomelloso, me hacen más difícil esta noche poder estar a vuestra altura. ¡Mil gracias!

Este pregón lo quiero dedicar a lo más importante que tengo en mi vida: mi familia. Mis hermanos, cuñados y sobrinos. Necesitaré mucha fuerza y energía, pero me invade la tranquilidad por momentos porque, al igual que en mi día a día, sé que me la enviarán desde el cielo. El resto le corresponde a quien, con su amor, me escolta esta noche: mi Virgen de las Viñas.

Tengo que pedirles disculpas a todos ustedes: ni soy gran literato, ni experto orador. Lo que sí les puedo asegurar es que mis palabras saldrán del corazón y con el cariño que les tengo.

Decir Feria y Fiestas es sinónimo de alegría y disfrute. Tomelloso, desde antaño, siempre ha tenido una Feria pensada para todo tipo de grupos sociales y personas. Una multitud de actos culturales, religiosos y lúdicos para adaptarse a los gustos de todos los ciudadanos. Aun así, su calado más importante e intenso, siempre será para los niños, fuente transmisora de alegría y viveza que tanto necesitamos los mayores.

«Una Feria sin niños no tendría sentido»

Llega el mes de agosto a Tomelloso. Aquel Tomelloso sencillo, tranquilo, pero no por eso menos inquieto. En el pueblo se nota un trajín que no es habitual el resto del año. Pronto llegará la fiesta más esperada por los tomelloseros. Un pueblo humilde que, en aquellos entonces, no se podía permitir muchos festines. Quién les iba a decir a aquellas gentes, que muchos hoy estáis aquí, que gracias al esfuerzo y tanto trabajo, Tomelloso ha progresado a la velocidad del viento.

En ese agosto donde la calima se había apoderado de las calles, barrios y callejones, empiezan a tener una actividad inesperada. Las fachadas de las casas se repasan de pintura. Los más pudientes la fachada entera, con puertas, rejas y ventanas, coronando con los caballetes perfectamente blanqueados. Los más humildes, pues un repaso al zócalo y a la puerta principal.

Aunque fuese con pintura a granel adquirida en casa de «Los Miejones». Que, a pulso en el mostrador de la droguería, combinando varios chorros de color de diferentes pinturas sobre un bote de hojalata vacío, te sacaban el color soñado. Esta artística labor la culminaban modelando la que sería la tapa, con un trozo de papel de estraza puesto doble. Iban plisando alrededor del bote como si de un vestido de alta costura se tratase. ¡Oye!, pues quedaba totalmente hermético. La medida siempre la misma, para puerta principal, bote pequeño, y para las portadas, bote grande. Si luego una vez en faena faltaba pintura daba igual, llegando el contenido a la mitad del envase, se emborrachaba con aguarrás para culminar la tarea. Y como decían siempre: «El año que viene será otra cosa».

Los abuelos se encargaban de enjalbegar los corrales y porches. Las mujeres confeccionaban sus vestidos para estrenar el día de la pólvora o en la procesión de la Virgen.

Todas las tardes llegaban a casa del tío Casto y la tía Juana, en la calle del Rosal, dónde vivíamos nosotros, mis tías y alguna que otra prima de mi madre, que era modista de «El Corte Parisien», sistema Mañas, aunque nunca llegó a ejercer en plenitud por dedicarse en pleno a la familia. Todas montaban sus vestidos bajo la supervisión de mi madre.

Yo, que no nací para estar quieto, andaba por el corral dándole vueltas a la cabeza para ver cómo podía aumentar mis ahorros… ¡Llegaba la Feria! A casi todos los niños, en Reyes o en algún cumpleaños, nos regalaban una hucha, eso sí, siempre con una posdata: «Toma, para que ahorres para la Feria».

Se me ocurrió hacer polos en las bandejas de hielo de la nevera y venderlos a los niños del barrio que pasábamos las siestas por la calle. Ahora tenía que convencer a la tía Juana y a mi madre para que me permitieran tal labor. La tía Juana, mujer sensata, a modo de regañina, siempre con calma y la dulzura que mantenía en su voz, me repetía una frase muy a menudo:

¡Qué inventor eres!

Debe ser que con frecuencia hacía cosas extrañas, no muy comunes en un niño de esa edad. Con mi madre no tenía problema, me lo consentía todo y hasta le hacía gracia. Entre las dos me regalaron la materia prima para el inicio del negocio: una gaseosa de fresa y otra de cola, de marca «La Pitusa». Con ellas rellenamos los cuadraditos de las bandejas del hielo, completándolos con un pequeño palillo de madera, también llamado mondadientes, para venderlos por un módico precio, no existía el I.V.A…

Mientras las calles permanecían en silencio, las semanas anteriores a la Feria se empezaban a escuchar el ruido de las furgonetas de los turroneros con sus megáfonos aplastados, difundiendo sus ofertas con un sonido casi de gramófono. Los niños que andábamos por los corrales empezábamos a salir por las portadas como si se tratase de los ratoncillos del Flautista de Hamelín. No podíamos comprar nada, pero nos encantaba ver el escaparate que ofrecían con sus puertas traseras abiertas. Muchas tabletas de turrón, almendras garrapiñadas y una pequeña escalinata multicolor de frutas escarchadas.

Después, toda la concentración de niños entraba por las portadas de mi casa, sin molestar mucho a la venta de los polos. Con el permiso de nuestras madres, nos dejaban ir a la explanada de la Feria para ver el montaje de los carruseles los días previos. Éramos una pandilla potente, o lo que viene a ser, bastante bacines.

Teníamos poco tiempo, ¡chicos! A las 6 en la esquina del «Comercio de Filomeno». Hacía de encrucijada entre la calle El Charco, la calle El Altillo y calle Estación, justo enfrente del estanco de Matas el Culón. A mí se me hacía corto el tiempo, con tantas novedades por ver.

Convencía a mis padres para que esa semana anterior a la Feria me dejasen ir a comer algunos días a casa de mis abuelos, Félix y Cipriana, lógicamente con picardía. Ellos vivían a mitad de la calle Las Isabeles, que terminaba en la embocadura de la explanada de la Feria, junto a la antigua estación de tren.

Conseguí dos turnos de visita a la Feria, uno autorizado y otro no. Por la mañana antes de comer hasta la 1. A las 2 comíamos al regresar mi abuelo del trabajo. Terminada la comida pretendía marchar otra vez a la explanada de la Feria.

«De eso nada, ahora hay que echarse la siesta»

Cuando todos dormían y yo simulaba también el sueño, sigilosamente me escapaba. La explanada de la Feria era el sitio donde aparecían niños que venían de los distintos barrios de Tomelloso. Nada tenía de extraño, en aquella época los niños vivíamos mucho en la calle.

Las portadas de las casas se abrían por la mañana para barrer y regar la calle, y no se cerraban hasta la noche, después de tomar el fresco. Al final conseguimos formar una pandilla de «Niños fugados en la siesta».

Por fin llega la noche de la pólvora. Disfrutaba junto a mis padres del desfile con los gigantes y cabezudos en la calle de la Feria, a la altura del «Comercio de Constantino».

Atravesando la calle de la Feria, repleta en ambas aceras por las casetas de los turroneros, llegando de la mano hacia el Paseo de la Estación, donde se iniciaba otra travesía hacia la explanada. Nada más empezar, la pequeña tómbola del «Tío del Mono», donde suspendía del techo un gran número de enormes garrotas de caramelo multicolor, como regalo por los boletos premiados.

«¡Yo quiero uno!»

«Ahora a la vuelta».

Todas las noches lo mismo. A cambio me proponían una foto en el caballo de cartón con mis padres a los lados. Nunca he sido muy de fotos y les contestaba igual: «Ahora a la vuelta».

Comenzamos el recorrido hacia el interior con algo de rapidez. A ambos lados del paseo, casetas con juguetes, patatas fritas, gambas, camarones, gajos de coco y manzanas de caramelo… ¡Qué peligro!

Al fondo, los carruseles. La verbena en el callejón desde el Paseo de San Isidro hasta el Paseo de la Estación. En la salida de la calle Las Isabeles, las churrerías; y a la vuelta, a ambos lados de las aceras, las tascas, formando sus paredes con carrizos y los techos con una lona vieja, donde vendían botellines y chatos de vino. Regentaras por señores rubios, de cara pecosa y ojos muy claros, que yo creía que eran feriantes o forasteros. Más tarde aprendí que no eran rubios, sino jaros… y que tenían un sobrenombre.

Con el paso del tiempo, los niños ganamos nuestra independencia y las Ferias las disfrutamos con nuestra pandilla de amigos. Democráticamente entre todos organizábamos nuestro peculiar programa de actividades. Todos los días a la Feria, pero antes iniciábamos el recorrido por la plaza para aguardar la hora en que ponían en funcionamiento los carruseles y desplazarnos hasta la explanada de la estación.

Mientras mis amigos se ponían en los bancos del jardinillo, junto al Casino de San Fernando, a devorar grandes bolsas de pipas, yo entraba todos los días a la iglesia para ver la imagen de la Virgen de las Viñas en su trono. Bellísima, estaba perfectamente engalanada a falta de los últimos retoques.

Siempre me quedaba embobado mirando su cara y la del Niño un largo rato, como si de un flechazo de Cupido se tratase.

¡Quién me iba a decir a mí que nuestro amor sería para toda la vida!

Cuando menos me lo esperaba, rompía el silencio uno de mis amigos, ¡el más follonero!: «Venga, que tenemos que ir a las carteleras del cine a ver qué echan». «Mañana vamos al Cine Cervantes, que esta de pistoleros es güena güena (con G)».

Dicho y hecho. Al día siguiente, como espectáculo especial de Feria, todos al cine. Lógicamente en el pase de las 5 de la tarde, directos al gallinero. A la salida, como eran fiestas, disponíamos de alguna pesetilla más.

Rápidamente al jardinillo de San Francisco, donde se instalaba el hombre del palo duz. Una larga fila de niños para comprar esa raíz que mordisqueábamos y desprendía un sabor avinagrado. Nunca lo entendí, pero era la chuche del momento. A mí me gustaba más mudarme unas puertas más adelante, que había un cuartillo donde con una gran máquina, o así me lo parecía, hacían palomitas. Perdón, cotufas.

Los mayores también contaban con un espectáculo muy esperado, de revista. La primera parte, las vedettes, pícaras, con sus medias de rejilla y sus trajes provocativos de lentejuelas que apenas brillaban de dar tantas vueltas por los teatros.

La segunda parte, flamenco y canción española. A la salida, el público llano se sentía muy satisfecho. Comentaban: «¡Lo nunca visto!». El público más refinado del pueblo asistía a los bailes en la Glorieta de María Cristina, donde también el último día se celebraría la cena de gala, con la Reina y su corte de honor.

El día de la procesión quería irme a verla con mis padres. Sencillamente, porque así podía estar hasta tarde y ver la entrada de la Virgen en la iglesia, sonando las campanas y como fondo la banda de música tocando el himno nacional.

¡Qué guapa!

Con su corona de bombillitas encendidas y adornada con ánforas de plata repletas de gladiolos multicolor.

«¡Qué poco dura la Feria!»

Comentábamos mis amigos y yo mientras aguardamos en la puerta del Ayuntamiento para ver la salida de la Reina y las damas hacia el teatro con motivo de la celebración de la Fiesta de las Letras, certamen de prestigio nacional y con gran calado en figuras muy importantes de la literatura.

El recorrido desde el Ayuntamiento hasta el Cine Serna llenándose las aceras de señoras tradicionales para verlo. Nosotros desde el inicio del desfile, nos movíamos intermitentemente hasta llegar a la puerta del teatro para no perdernos nada. Nos situamos al lado de un grupo de señoras típicas tomelloseras, de esas que con cualquier visión articulan el morro…

Mientras, servidor explicaba a mis amigos la belleza de esos voluminosos vestidos confeccionados con sedas y organzas. Al llegar la Reina, como si de un cuento mágico se tratara:

«¡Mira qué vestido! ¡Qué manto tan enorme! ¡Y una corona de diamantes!»

Una señora de las mencionadas anteriormente se encargó de romperme el encanto:

«¡No, hermoso, es de cristal de culo de vaso!»

Tras el bloqueo momentáneo continué con mi fantasía, observando a unos señores que escoltaban el desfile, vestidos con unos trajes de fieltro rojo a modo de dalmática y el escudo de Tomelloso bordado en el delantero. Tocados con gorra de ala vuelta y pluma blanca, «los maceros». Curiosamente iguales a los que había visto en el colegio, en los dibujos de los Reyes Católicos.

Esta noche, como amuleto protector, luzco en mi solapa esta insignia del escudo de Tomelloso, que le fue impuesta a mi padre junto a sus compañeros de corporación cuando fue concejal de este Ayuntamiento y, además, entre otras cosas, de Festejos.

Eso me hizo conocer otra Feria más institucional y entender que, desde un Ayuntamiento, no es fácil organizar una Feria como la de Tomelloso. Me permitió también disfrutar, desde otro prisma, la preparación, acompañando los días previos a mi padre a la revisión de los elementos necesarios: que la prensa esté limpia y recién pintada antes de colocarla en el escenario, delante de la Posada de los Portales, donde se celebraba el acto de esta noche. Después, el cortejo de Reina y damas llevarían a la Virgen los primeros mostos a la parroquia de la Asunción.

Cientos de visitas al recinto ferial, visitar el teatro mientras el montaje de los decorados para la Fiesta de las Letras. Preciosos decorados que, en un principio, engalanaba Valentín, empleado de «Casa Diego», tienda de lanas. ¡Todo un artista! Posteriormente tomaron el relevo los hermanos Caba, prestigiosos carpinteros y ebanistas, con sus espectaculares montajes.

Otra tarde nos tocaba ir a ver la calesa de caballos que, por medio de «Chafarro­te», un actor de doblaje tomellosero y residente en Madrid, se alquilaba a los estudios de cine donde él trabajaba, y que se utilizaba para pasear a la Reina y damas a los festejos taurinos, ornamentada con bellísimos mantones de Manila; y el día de la Fiesta de las Letras, para recogerlas de sus domicilios completamente engalanada de flores blancas.

Años más adelante, participé en el asesoramiento estético de varias Reinas y damas hasta 1991, que se suprime esta representación como tal. En 1995, siendo alcalde don Ramón González, regenera esta figura con el nombre de «Madrinas». La casualidad que, en este primer equipo, una de las representantes fue mi hermana Elena. No tuve por más que retomar las funciones con bastante intensidad.

Hoy se obtienen los primeros mostos que son ofrecidos a nuestra Virgen de las Viñas; que ella los utilice como elixir de bendición a nuestros campos y tantas familias de agricultores que tan bien conozco, que día a día trabajan para poner en valor nuestro oro más preciado: ¡el vino! Y que su esfuerzo, junto con las empresas, son el motor para la economía y el progreso de Tomelloso.

Esta noche volveré a la pólvora, la que dejé de ver siendo jovencito a cambio del regalo más bonito del mundo: pasarla junto a ti, querida patrona. Al lado de mis queridos José Vicente y Concha, que mientras ellos te engalanan el trono con las flores más bonitas, yo doy los últimos retoques a tu imagen para que seas la estrella más brillante en estas fiestas.

Y es que el entorno de la Virgen no solo genera fe y devoción,

«También amigos para toda la vida».

Hemos llegado a los posos de este pregón. Me gustaría que todos ustedes se queden como recuerdo una palabra: agradecimiento.

Agradecimiento y amor a quien tanto nos cuida y nos protege. Siempre a ella, nuestra Madre Celestial.

¡Viva la Virgen de las Viñas y su Niño!

¡Viva Tomelloso y su gente!

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