Es tan corto el amor y tan largo el olvido (P. Neruda)
Era una tarde de mucho calor, aunque apenas acababa de empezar abril.
-Marite llámame a las tres y media que he quedado a las cuatro con mi primo y unos amigos en la puerta del San Fernando porque vamos a tomar café a Argamasilla.
Mi padre se sentó en la butaca grande de orejas a dar una cabezada y se durmió. Y mi madre, trajinando tras la sobremesa, se olvidó del encargo.
Hacia unos minutos que habían sonado las cuatro campanadas, tanto en el reloj del comedor de los abuelos como en el de la iglesia de la Plaza, cuando mi padre se desperezó y, enfadado, le recriminaba a mi madre por su olvido. Vi cómo cogía su cazadora deprisa y salía corriendo escalera abajo, pero, aún estando tan cerca, llegó cuando el Triumph deportivo, blanco y descapotable de su primo hacia escasos minutos que había salido y ya iba calle del Campo arriba. Y mi padre, muy disgustado, se había quedado en tierra…
No había pasado apenas tiempo. El sol aún brillaba alto en el cielo cuando mi padre regresó a casa con la cara desencajada y con la voz entrecortada relató a mi madre y a mis abuelos maternos- en apenas unas breves palabras- la desgracia que acababa de ocurrir en la corta carretera de Tomelloso a Argamasilla.
Yo tenía apenas siete años, pero aquella especie de bruma negra y trágica que invadió nuestra estancia soleada no la olvidaré nunca. Era la primera muerte por accidente que yo vivía tan de cerca y aunque desconocía al protagonista de aquel infortunio, la tristeza y el dolor de mi familia eran tan intensos y palpables que el desconcierto que me invadió perduró en mí mucho tiempo.
Era el siete de abril de 1965 cuando José Antonio Torres Torres, hijo de Jonás y de Paula, moría al volante de su flamante coche después de dar varias vueltas de campana. Tenía tan sólo 32 años.
Era un apasionado de los coches. Los conducía desde muy joven y los dominaba porque los conocía perfectamente.
Pasó el tiempo y yo seguí oyendo hablar de él en mi familia en infinidad de ocasiones. Y ya, siendo adolescente, empecé también a oír hablar en casa del importante certamen literario de la Fiesta de las Letras de nuestro pueblo.
Mi curiosidad iba creciendo como yo y al indagar en su historia, en sus principales promotores y protagonistas, me encontré de nuevo con este enigmático personaje de vida tan intensa como breve, porque daba nombre al más importante premio de Poesía.
José Antonio había realizado sus estudios de Bachillerato en el Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, con muy buenos resultados pues gozaba de una gran inteligencia, sin embargo no cursó estudios superiores porque deseó integrarse rápidamente, junto a su padre, en los trabajos administrativos y de dirección de la empresa vitivinícola y alcoholera familiar, además de la agricultura, obteniendo en ésta resultados muy positivos gracias a los novedosos proyectos de mecanización y regadío que llevó a cabo ya en aquellos años cincuenta e inicios de los sesenta.
Era una mente privilegiada e inquieta, ávido de conocimientos, de gran vitalidad física e intelectual. Excelente conversador y de una simpatía arrolladora lograba que su presencia enriqueciera cualquier reunión y que tuviese amigos y fuese querido por personas de las más diferentes procedencias.
Los muchos viajes que realizó y su pasión por la lectura hicieron de él una persona que supo compaginar perfectamente su profesión empresarial con el mundo de la Cultura a pesar de su juventud. Gran amigo y admirador de su primo Juan Torres Grueso y de Fco. García Pavón, participó activamente en tertulias y cafés literarios de la capital de España donde conoció a los principales periodistas escritores, y poetas del momento como César González Ruano, Felipe Sassone, José Mª Pemán, José García Nieto, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso entre otros muchos, haciéndose un importante hueco entre ellos y, lo mejor, ganándose la amistad de todos.
Él mismo, fruto de su desmedida afición literaria y de su vasta cultura, escribió y publicó artículos y relatos en periódicos y revistas provinciales y nacionales, pero firmando con seudónimos, una pena por la dificultad que esto conlleva de cara a buscar sus escritos y poder conocerlos.
Me contaron quienes le conocieron de cerca que dejó numerosos escritos sin publicar, entre ellos dos obras de teatro que envió a José Mª Pemán, buen amigo suyo, para que le diera su opinión, contestándole éste que le habían gustado tanto que dudaba que al autor de dichas obras le quedara alma porque la había puesto toda en ellas.
Por todo esto, José Antonio Torres apoyó apasionadamente la Fiesta de las Letras desde sus inicios, siendo miembro de los diferentes Jurados de la misma, junto a F. García Pavón y a Juan Torres Grueso, entre otros. Otro dato interesante de su trayectoria cultural es su asistencia a importantes certámenes literarios como el Nadal y el Planeta, invitado por sus muchos amigos escritores.
José Antonio, ese gran desconocido de la veterana Fiesta de las Letras, era el prototipo del espíritu emprendedor, valiente y audaz unido al carácter creativo y literario tan predominantes en la idiosincrasia tomellosera. Y todo ello en aquel Tomelloso lejano de la década de los cincuenta e inicios de los sesenta, dejando por tanto una profunda huella en la agricultura, en la industria alcoholera y en la cultura de nuestro pueblo en los 32 años de su corta pero valiosa vida.
Qué logros y hasta dónde hubiera llegado este tomellosero de haber vivido más, nunca lo sabremos, pero segura estoy de que méritos para ser Viñador de Honor los tendría de sobra. Además, hay otro rasgo más de su personalidad tan injustamente desconocida: la tremenda generosidad que tuvo hacia muchas personas necesitadas de ayuda. Esto nadie lo supo hasta que, tras su trágica muerte, lo contaron los mismos que habían sido beneficiarios de tal altruismo. No en vano, su prematuro fallecimiento provocó una desmedida consternación en todo Tomelloso.
En 1967 una de las primeras decisiones que como alcalde tomó Juan Torres Grueso fue dar el nombre de José Antonio Torres al Premio de Poesía, hasta entonces llamado Flor Natural. Era un justo reconocimiento de gratitud al entusiasmo, al apoyo incondicional, la dedicación y el cariño que este gran tomellosero había prestado siempre al certamen literario de su pueblo. Y así se mantiene hasta hoy y deseamos que para siempre.
Un gesto que perpetúa la memoria de ciudadanos que con su excelente y anónimo buen hacer engrandecen a su pueblo.
A lo largo de mi trayectoria profesional como directora de la Casa de Cultura y Biblioteca Municipales he tenido la suerte de estar vinculada a la Fiesta de las Letras, viendo año a año cómo ha ido creciendo en prestigio, calidad y difusión, pero siempre me sorprendía el desconocimiento que pesaba en tanta gente sobre la figura del protagonista de este artículo.
La celebración del LXXV aniversario de nuestra Fiesta literaria bien merece esta aclaración que deseo contribuya a un mejor conocimiento de la misma y, sobre todo, a homenajear y perpetuar la memoria de tantas personas ilustres que nos han precedido y forman parte de las páginas de oro de nuestra historia.
Con permiso del gran poeta Neruda, quisiera decir:
Es tan largo el amor y tan corto el olvido…"
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