Tomelloso

Tonino Tarquini: Bienvenidos a la realidad, el estrés postvacacional, manual de instrucciones

La Voz y Tonino Tarquini | Domingo, 6 de Septiembre del 2026
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Este mes con nuestro psicólogo sanitario Tonino Tarquini hablamos de un malestar general que suele afectar a un gran número de personas al terminar sus vacaciones, conocido como estrés postvacacional.

Después de la embriaguez, la superficialidad y la intensidad de las fiestas; después de un verano tórrido y largo, de viajes, terrazas, horarios imposibles, comidas interminables y esa extraña sensación de que durante unas semanas la vida puede transcurrir al margen del calendario, culminada con la Feria del pueblo guinda final al  pastel veraniego, ha llegado el momento de regresar a la rutina.

Es hora de tomar la pastilla roja, salir de Matrix y enfrentarnos de nuevo a la realidad, la bendita y necesaria realidad.

Porque sin la cotidianidad, sin el trabajo, los estudios, las obligaciones, los contratiempos, los horarios y esas mil pequeñas circunstancias que complican nuestros días, las vacaciones terminarían perdiendo buena parte de su sentido. El descanso solo existe porque existe el esfuerzo. La excepción necesita de la norma. Y probablemente el placer de escapar nace precisamente de tener algún lugar del que escapar.

En Matrix, Morfeo ofrece a Neo dos posibilidades: la pastilla azul permite permanecer en la confortable ilusión; la roja obliga a descubrir la realidad. Quizá septiembre sea nuestro pequeño momento Matrix. La pastilla roja es la verdad. Pero también son los proyectos, los propósitos, los afectos cotidianos, los compañeros, las conversaciones aparentemente insignificantes y esa normalidad que, aunque tantas veces despreciamos, constituye la mayor parte de nuestra existencia terrena.

Ya tendremos tiempo, el próximo verano o en la siguiente escapada, para saborear nuevamente nuestra particular pastilla azul: el placer efímero de la desconexión, de vivir durante unos días como si el tiempo no existiera y el espacio se curvara.

Volver a la normalidad es como vivir un  pequeño duelo. Terminar las vacaciones produce en línea general una cierta tristeza. Y es normal. Dejamos atrás lugares, personas, experiencias y, sobre todo, una determinada forma de relacionarnos con el tiempo.

A este estado transitorio y reversible en la mayoría o casi totalidad de los casos solemos llamarlo estrés o síndrome postvacacional. No constituye por sí mismo un trastorno psicológico reconocido como diagnóstico clínico, sino un proceso de adaptación que puede aparecer cuando resulta difícil reajustarse a las exigencias de la vida cotidiana después de un periodo prolongado de descanso. ¿Quién no lo ha experimentado alguna vez?

Los síntomas más clásicos suelen ser: Cansancio, pesadez, alteraciones del sueño, apatía, irritabilidad, cierta tristeza, ansiedad leve, dificultad para concentrarnos o esa desagradable sensación de necesitar unas vacaciones para recuperarnos de las vacaciones.

Tampoco quiero ofrecer aquí las cuatro recomendaciones de siempre, las  que influencers y presuntos expertos repiten cada septiembre mientras nos muestran desde sus perfiles imágenes inherentes a sus últimas vacaciones repletas de sonrisas perfectas, desayunos ideales y vidas aparentemente idílicas.

Prefiero algunos consejos menos fotogénicos, algo más incómodos, pero probablemente más útiles a medio y largo plazo.

Lo primero es: Aprende a disfrutar también de tu vida cuando no estás de vacaciones. Si necesitas esperar once meses para sentirte vivo durante veinte días, quizá el problema no sea la vuelta de las vacaciones. Quizá convenga preguntarse qué estamos haciendo con los otros trescientos cuarenta y cinco días del año. En segundo lugar  tendremos que aprender a no convertir las vacaciones en una huida. Descansar, viajar y desconectar es saludable. Escapar permanentemente de una realidad que detestamos es otra cosa. Las vacaciones deberían complementar nuestra vida, no salvarnos temporalmente de ella. Además sería bueno no abandonar todo lo bueno o algún pequeño cambio de habito aprendido durante las vacaciones: como por ejemplo pequeños paseos diarios  más espacios de comunicación con la pareja o con los hijos, tal vez  leer, dormir mejor, mirar menos el teléfono o simplemente ser capaz de sentarte veinte minutos sin sentir que estas perdiendo el tiempo. No podemos vivir permanentemente de vacaciones, pero sí podemos introducir pequeñas vacaciones dentro de nuestra vida cotidiana.

Sentir cierta nostalgia al regresar no significa que algo vaya mal. Al contrario: muchas veces significa simplemente que hemos vivido algo que merecía la pena.

Con el paso de los días ocurre algo extraordinario. La tristeza por lo que terminó comienza a transformarse en una sonrisa por lo vivido. Las experiencias se metabolizan y sintetizan lentamente e inexorablemente, pierden su intensidad emocional y pasan a ese enorme almacén de nuestra memoria a largo plazo desde el que, inesperadamente, regresarán algún día en forma de  una fotografía, un olor, una canción, una conversación sobre aquel fantástico verano del….. Y entonces comprenderemos que aquellas vacaciones no desaparecieron. Pasaron a formar parte de nosotros.

Epicteto dejó una expresión tan brutal como sugerente: «Pobre alma, cargando con un cadáver». Aunque el filósofo utilizó este aforismo asociado a otro contexto, puede servirnos como provocación para imaginar a quien regresa de unas vacaciones tan ansiadas y soñadas que, cuando terminan, vuelve arrastrándose hacia una existencia que considera gris e insoportable.

Pero, como he dicho antes, quizá el verdadero problema no sean las vacaciones que se terminaron. Quizá sea la vida a la que estamos regresando. Una realidad que no necesariamente es mala, aburrida ni triste, sino que a veces hemos dejado de mirar, de aprovechar o de disfrutar. Por eso, antes de maldecir septiembre, podríamos preguntarnos qué podemos cambiar para que nuestra vida cotidiana resulte un poco más habitable.

Así que, bienvenidos nuevamente a la realidad. Tómense la pastilla roja. Y que lo aprendido este verano nos sirva de lección para el siguiente.

Aunque tengo mis dudas. Al fin y al cabo, dicen que el ser humano es el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra.

Y algunos, cuando llega agosto, hasta reservan la piedra con antelación.

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