Este mes con nuestro psicólogo
sanitario Tonino Tarquini hablamos de un malestar general que suele afectar a
un gran número de personas al terminar sus vacaciones, conocido como estrés
postvacacional.
Después de la embriaguez, la
superficialidad y la intensidad de las fiestas; después de un verano tórrido y
largo, de viajes, terrazas, horarios imposibles, comidas interminables y esa
extraña sensación de que durante unas semanas la vida puede transcurrir al
margen del calendario, culminada con la Feria del pueblo guinda final al pastel veraniego, ha llegado el momento de
regresar a la rutina.
Es hora de tomar la pastilla roja, salir de Matrix y
enfrentarnos de nuevo a la realidad, la bendita y necesaria realidad.
Porque sin la cotidianidad, sin
el trabajo, los estudios, las obligaciones, los contratiempos, los horarios y
esas mil pequeñas circunstancias que complican nuestros días, las vacaciones
terminarían perdiendo buena parte de su sentido. El descanso solo existe porque
existe el esfuerzo. La excepción necesita de la norma. Y probablemente el
placer de escapar nace precisamente de tener algún lugar del que escapar.
En Matrix, Morfeo ofrece a Neo dos
posibilidades: la pastilla azul permite permanecer en la confortable ilusión;
la roja obliga a descubrir la realidad. Quizá septiembre sea nuestro pequeño
momento Matrix. La pastilla roja es la verdad. Pero también son los proyectos, los
propósitos, los afectos cotidianos, los compañeros, las conversaciones
aparentemente insignificantes y esa normalidad que, aunque tantas veces
despreciamos, constituye la mayor parte de nuestra existencia terrena.
Ya tendremos tiempo, el próximo
verano o en la siguiente escapada, para saborear nuevamente nuestra particular
pastilla azul: el placer efímero de la desconexión, de vivir durante unos días
como si el tiempo no existiera y el espacio se curvara.
Volver a la normalidad es como vivir
un pequeño duelo. Terminar las vacaciones produce en línea general una cierta
tristeza. Y es normal. Dejamos atrás lugares, personas, experiencias y, sobre
todo, una determinada forma de relacionarnos con el tiempo.
A este estado transitorio y
reversible en la mayoría o casi totalidad de los casos solemos llamarlo estrés o síndrome postvacacional. No
constituye por sí mismo un trastorno psicológico reconocido como diagnóstico
clínico, sino un proceso de adaptación que puede aparecer cuando resulta
difícil reajustarse a las exigencias de la vida cotidiana después de un periodo
prolongado de descanso. ¿Quién no lo ha experimentado alguna vez?
Los síntomas más clásicos suelen
ser: Cansancio, pesadez, alteraciones del sueño, apatía, irritabilidad, cierta
tristeza, ansiedad leve, dificultad para concentrarnos o esa desagradable
sensación de necesitar unas vacaciones para recuperarnos de las vacaciones.
Tampoco quiero ofrecer aquí las
cuatro recomendaciones de siempre, las que
influencers y presuntos expertos repiten cada septiembre mientras nos muestran
desde sus perfiles imágenes inherentes a sus últimas vacaciones repletas de sonrisas
perfectas, desayunos ideales y vidas aparentemente idílicas.
Prefiero algunos consejos menos
fotogénicos, algo más incómodos, pero probablemente más útiles a medio y largo
plazo.
Lo primero es: Aprende a disfrutar
también de tu vida cuando no estás de vacaciones. Si necesitas esperar once meses para sentirte vivo durante veinte
días, quizá el problema no sea la vuelta de las vacaciones. Quizá convenga
preguntarse qué estamos haciendo con los otros trescientos cuarenta y cinco días
del año. En segundo lugar tendremos que aprender a no convertir las
vacaciones en una huida. Descansar, viajar y
desconectar es saludable. Escapar permanentemente de una realidad que
detestamos es otra cosa. Las vacaciones deberían complementar nuestra vida, no
salvarnos temporalmente de ella. Además sería bueno no abandonar todo
lo bueno o algún pequeño cambio de habito aprendido durante las vacaciones:
como por ejemplo pequeños paseos diarios más espacios de comunicación con la pareja o
con los hijos, tal vez leer, dormir
mejor, mirar menos el teléfono o simplemente ser capaz de sentarte veinte
minutos sin sentir que estas perdiendo el tiempo. No podemos vivir
permanentemente de vacaciones, pero sí podemos introducir pequeñas vacaciones
dentro de nuestra vida cotidiana.
Sentir cierta nostalgia al
regresar no significa que algo vaya mal. Al contrario: muchas veces significa
simplemente que hemos vivido algo que merecía la pena.
Con el paso de los días ocurre
algo extraordinario. La tristeza por lo que terminó comienza a transformarse en
una sonrisa por lo vivido. Las experiencias se metabolizan y sintetizan lentamente
e inexorablemente, pierden su intensidad emocional y pasan a ese enorme almacén
de nuestra memoria a largo plazo desde el que, inesperadamente, regresarán
algún día en forma de una fotografía, un
olor, una canción, una conversación sobre aquel fantástico verano del….. Y
entonces comprenderemos que aquellas vacaciones no desaparecieron. Pasaron a formar parte de nosotros.
Epicteto dejó una expresión tan
brutal como sugerente: «Pobre alma, cargando con un cadáver». Aunque el filósofo utilizó este aforismo asociado a
otro contexto, puede servirnos como provocación para imaginar a quien regresa
de unas vacaciones tan ansiadas y soñadas que, cuando terminan, vuelve
arrastrándose hacia una existencia que considera gris e insoportable.
Pero, como he dicho antes, quizá
el verdadero problema no sean las vacaciones que se terminaron. Quizá sea la
vida a la que estamos regresando. Una realidad que no necesariamente es mala,
aburrida ni triste, sino que a veces hemos dejado de mirar, de aprovechar o de
disfrutar. Por eso, antes de maldecir septiembre, podríamos preguntarnos qué
podemos cambiar para que nuestra vida cotidiana resulte un poco más habitable.
Así que, bienvenidos nuevamente a
la realidad. Tómense la pastilla roja. Y que lo aprendido este verano nos sirva
de lección para el siguiente.
Aunque tengo mis dudas. Al fin y
al cabo, dicen que el ser humano es el único animal capaz de tropezar dos veces
en la misma piedra.
Y algunos, cuando llega
agosto, hasta reservan la piedra con
antelación.
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Domingo, 6 de Septiembre del 2026
Sábado, 5 de Septiembre del 2026
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