Opinión

Las mulas: Memoria y alma de Tomelloso

| Miércoles, 9 de Septiembre del 2026
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Paseo lentamente, una mañana otoñal, frente al antiguo faro de la Posada de los Portales. El aire destila un olor húmedo de las cosas que regresan al recuerdo cuando el verano se marcha. Y por un instante, me pregunto cuántos hombres habrán cruzado estos soportales con las manos encallecidas y sus rostros curtidos por el sol.

Imagino el bullicio de las voces, el trajín de las gentes llegadas de otros lugares, el olor de los animales, el cuero de los aparejos, el polvo levantándose bajo las herraduras y los tratantes de mulas tanteando las miradas de los labradores.

Y allí, formando pequeños corros, los filósofos de Tomelloso.

Aquellos hombres con sus boinas y blusas negras liando cigarrillos con tabaco de cuarterón en pequeños corros hablando de la compra de mulas. Historias de petaca compartida en los portales. Quizá sin ser conscientes de que estaban fraguando la historia de un pueblo.

Las mulas bien merecen un reconocimiento ya que son el testimonio y la memoria de todo un legado. Estas figuras representan la alianza constituida en aquel pozo en el cruce de caminos, donde dieron sus primeros pasos, paraje al que se le bautizó como Tomelloso.

Los labradores tenían en sus casas pesebres y estancias reservadas para ellas. También las acompañaban en las quinterías, donde hombres y mujeres compartían largas jornadas de trabajo. Los bombos se convertían en pequeños santuarios en mitad de la llanura manchega, lugares donde el labrador descansaba  junto a sus animales y aparejos.

...Y las mulas tenían nombre como si de un familiar suyo se tratase.

Se las cuidaba, se las cepillaba y se las esquilaba. Los carreros y gañanes aprendían a comunicarse con ellas mediante un lenguaje propio, onomatopéyico: Un ¡Jooo!” que servía para detenerlas, un  “¡Arre!” que se utilizaba para indicarles que tenían que tirar del carro y así, un sinfín de voces y sonidos que formaban parte de aquella simbiosis entre el hombre y el animal.

Existía entre ellos una complicidad que hoy resulta difícil imaginar.

Cuando llegaba la fiesta de la Romería, aquellas mulas de trabajo se transformaban. Se las vestía y engalanaba con mantones de Manila, madroños, espejos y demás ornamentos en colores rojos y amarillos. Convirtiéndose durante unos días en las protagonistas de una tradición que todavía perdura.

La mula, que capitaneaba la reata, marcaba el ritmo y la dirección. Caminaba delante de las demás, obedeciendo las indicaciones del gañán. Quizá por eso infiero que, durante tantos años, fueron ellas quienes caminaron delante de nuestros hombres, abriendo el camino entre los surcos de los interminables mares de viñedos.

Trabajaban de lunes a sábado en las quinterías. Y allí, bajo el candil de los bombos, pequeños santuarios, se gestaron los deseos de estos labradores para crear bellas poesías que brotaron del contacto con las mieses, los surcos, las lindes y los crepúsculos anaranjados.

Cuando visité el Museo del Carro en Tomelloso y contemplé sus fotografías, sentí algo muy especial. Era fascinante contemplar a aquellas personas, ajenas a mí, muchas de ellas ya durmiendo eternamente. Miradas de frente, desafiando al tiempo y mostrando con orgullo su profesión de gañanes, subidos en sus carros y presumiendo de sus mulas. 

...Era como si las fotografías nos estuvieran narrando sus vidas.

Y entonces comprendí la valentía de aquellas mulas. Eran memoria, trabajo, esfuerzo. En definitiva, eran la imagen de un pueblo que tuvo que hacerse a sí mismo. Quizá es por ello que exista una cierta semejanza entre la mula y el “espíritu tomellosero”. Ambos han sido fuertes, trabajadores, resistentes y a veces obstinados.

Alrededor de las mulas surgieron numerosos oficios: arrieros, carreros, carreteros, guarnicioneros, esquiladores y braceros. Una red de trabajos que hoy en día prácticamente han desaparecido, pero que durante muchas generaciones sostuvo la vida económica y social de un pueblo.

Uno de los personajes ilustres de Tomelloso,  Francisco Martínez Ramírez, “El Obrero”, hijo de agricultor y adelantado a su tiempo, apostó por el ferrocarril para abrir las fronteras de Tomelloso y llevar el vino a otros lugares. También impulsó la idea de una cooperativa, germen actual de la Cooperativa de la Virgen de las Viñas que ha seguido esa misma estela.

Desde finales del siglo XIX hasta el siglo XX, se propiciaron un gran número de alcoholeras, las cuales mediante destilación alcohólica contribuyeron a convertir a Tomelloso en el primer productor de alcohol vínico del mundo.

De esta manera los hombres de las boinas negras que habían trabajado con sus mulas para sacar adelante sus cosechas comenzaban a convertirse también en emprendedores.

A partir de los años sesenta y setenta, los tractores fueron entrando en el campo para sustituir de manera progresiva a las mulas. Fue en ese momento que la mula comenzó a desaparecer de la vida cotidiana.

Otro de los grandes imperativos que desprende esta ciudad, declarada como tal desde el año 1927 bajo el reinado del rey Alfonso XIII,  es el tapiz que se ha ido tejiendo en torno a las artes y la cultura. Posiblemente fueron estas tierras pedregosas y los madrigales que contribuyeron a inspirar  a tantos artistas en el deseo de dejar latente su legado artístico. Eran conscientes de que estaban construyendo una leyenda mítica.

Desde el Museo del Carro y el Museo de la Cooperativa de la Virgen de las Viñas queda latente este gran esfuerzo que hicieron nuestros ancestros. Cuando los contemplamos a través de las imágenes, son tan evocadoras que nos transportan a sus tiempos. Incluso en los cuadros de Francisco Carretero, de Antonio López Torres, Ángel Pintado, Antonio López García, etc. Se ponen de manifiesto estas vivencias de antaño.

Y qué decir del ámbito de la literatura donde nuestros literatos lo han puesto de manifiesto como fueron Francisco García Pavón con sus cuentos tan entrañables o el mismo Eladio Cabañero a través de su maravillosa poesía al igual que sus coetáneos como fueron Juan Torres Grueso y Félix Grande.

A diferencia de aquellos hombres artesanos de las boinas que trabajan con sus mulas para sí mismos, almacenando sus vinos en cuevas que posteriormente fueron el preludio de las joyas subterráneas que poseemos. “El Obrero” hizo una especie de inmersión en el lienzo de la modernidad, y en vez de que los vinos se quedasen en nuestra tierra y vinieran a buscarlos. Él pensó en la operación a la inversa, llevar los vinos a través del transporte, por medio de los raíles a otros lugares y así exportar.

Esta tierra bendecida por el sol, el viento y los fríos de antaño, hoy florece como fruto del afán de sus ancestros. Honrarla es merecido tributo de los que ahora la habitamos.

Los hombres que veneran sus raíces son biennacidos y es deber para todos poner un tributo de amor al trabajo y la honestidad que nos haga dignos de ser hijos de aquellos hombres y mujeres que marcaron en los mapas un lugar tan noble. Las mulas llevan en el carro de la historia, hacia el cielo que pintó Francisco Carretero, a los héroes anónimos de esta tierra, envuelto en los vapores del noble elixir que destila su campiña.

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