“Nosotros
los humanos, tenemos que superar la angustia diaria con la mejor manera de
subsistir, que no es otra; que la naturalidad, poniendo a la persona en el
centro de la seguridad. Paremos, pues, los temores. Debemos reaccionar, nunca
enclaustrarnos”.
Nadie llega a la cúspide de la realización consigo mismo,
dejándose acompañar por el recelo. En consecuencia, hemos de poner valor en
todo, comenzando por uno mismo, haciéndose valer; porque el buen deseo siempre
vence a la lógica del miedo, con la esperanza de poder contrarrestar el culto a
la cultura deshumanizante del poder, que no cesa de normalizar las contiendas,
para desgracia de toda la humanidad. Desde luego, somos una generación que debe
dialogar más y con todos, cuidar de las personas y de lo que nos circunda, el
medio ambiente. Apelemos a reforzar las vías del encuentro, si en verdad
queremos promover un enfoque de seguridad centrado en el ser humano, sustentado
en la confianza mutua y en la búsqueda del bien colectivo.
Quizás sea el momento de avivar un renovado compromiso
mundial con los valores democráticos. La democracia consigue su carácter a
través de la ciudadanía; incluso llega a florecer cuando se protegen los
derechos universales, especialmente a los más desvalidos, dando forma a
sociedades vivas que fomentan el entendimiento y la compresión, la
participación y la familiaridad entre sí. Sea como fuere, no podemos continuar
con esta atmósfera enferma por las incomprensiones, que genera duda y tristeza
por doquier, debilitándonos, empequeñeciéndonos e incluso paralizándonos. Salgamos
de este orbe de temeridad, el desasosiego lleva a un egocentrismo egoísta
que nos dificulta a la hora de avanzar.
Indudablemente, somos seres en continuo desarrollo, que
necesitamos oírnos entre sí, escucharnos en libertad, para conjuntamente poder
mirar hacia adelante, sin temor alguno, con el gozo de sentirnos parte y
confluencia en los avances hacia la concordia, que es lo que nos hace alegres y
no perder la calma. Sin embargo, en un momento marcado por la desinformación,
el autoritarismo y la reducción del espacio cívico, puede que sea muy vigoroso
tener tiempo para reflexionar, antes de que nos vayamos por horizontes
perversos y corruptos que nos dejen sin alma, encarcelándonos nuestro propio
entusiasmo soñador, defendiendo y salvaguardando un sistema político, que
también ha de ser más poético, como fuerza impulsora de la dignidad, la
inclusión y la conciliación.
Nosotros los humanos, tenemos que superar la angustia
diaria con la mejor manera de subsistir, que no es otra; que la naturalidad,
poniendo a la persona en el centro de la seguridad. Paremos, pues, los temores.
Debemos reaccionar, nunca enclaustrarnos. Además, resulta imprescindible el
discernimiento, que nos permitirá poner orden en la confusión de nuestros corrientes
pensantes y sentimentales, para actuar de una manera justa y prudente, sobre
todo en los momentos de prueba y de oscuridad que todos poseemos a lo largo de
nuestra existencia. De ahí, la importancia del amor que hemos de poner en cada
paso, incluso en lo que el mañana nos deparará y que no conocemos, pero que lo
hemos de tomar con valentía, asumiendo la responsabilidad, dejando fluir el
corazón y la mente.
Está visto que el diálogo, mantenido con sólidas leyes
morales, facilita la solución de los peligros y favorece el respeto vivencial.
Por eso, el recurso a las armas para dirimir las controversias tampoco tiene
sentido, representa siempre una capitulación de la razón y de la mansedumbre
humanitaria. De igual modo, la retórica confrontativa
que suele encender el clima político por todos los rincones, nunca es la
solución, sino mantener abiertos los canales de la interlocución y aprovechar
cualquier situación para consolidar los avances armónicos. Tomemos este
propósito, pues: Fomentar las alianzas en vez de los artefactos, financiar la
paz y no las guerras, protegiendo los derechos humanos, recurriendo a
herramientas como la diplomacia, la plática y
la negociación. ¡Sensato proyecto!
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Domingo, 13 de Septiembre del 2026
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