Delirios fruto del desvarío de las neuronas. Disparates irreales que solo pueden achacarse a la fantasía de la mente. Aunque a veces pueden ser inducidos, recurrentes, interesados o agitando añoranzas, pero que no siempre recordamos.
Aquella mañana andaba inquieto, dubitativo, el trabajo en su máquina no
daba para más y, más pronto que tarde, tendría que pedirle al encargado que le
destinase a otra tarea. Desempeñar un cometido distinto le causaba inseguridad
porque no dominaba tantos utensilios, además la revolución tecnológica le
exigía salir de su burbuja de confort. Les pasaba a casi todos los compañeros
pero casi ninguno lo reconocía, cambiaban de labor como si tal cosa, ajenos a
la nueva dificultad, disimulando el reto que suponía rendir en un puesto
distinto. Como si el defensa de un equipo de fútbol tuviese el encargo de ser
el mayor goleador del equipo. Sin embargo, a él aquellos cambios le provocaban
desazón; tanto, que muchos años después seguía soñando con aquella sensación de
agobio y se despertaba sobresaltado.
De cualquier manera, la fábrica funcionaba bien, cada empleado defendía con suficiencia su puesto y, aunque a veces necesitaban cambiar de faena, más o menos se apañaban.
Quizás el más criticado era el encargado — aquel con nombre de cetáceo—
que debía lidiar entre los jefes y los trabajadores, siempre en la cuerda floja
y sujeto a las tensiones lógicas. Sus compañeros le reprochaban por detrás que
no dominara todas las fases de producción, pero eso no hacía falta. Lo
importante, como buen entrenador, era que sabía gestionar bien y donde colocar
al operario para que rindiese mejor.
Junto a ellos compartía el descanso del bocadillo y demás ratos de ocio,
aparentemente era uno más, aunque todos sabían que tenían que obedecer sus
indicaciones, Delfín era un buen tipo.
Quizás lo más extraño de su comportamiento era la opacidad sobre su vida
privada pues todos, en algún momento confesaban alguna que otra intimidad que
los desnudaba ante los demás, eso era bueno o malo en función de si terminaba
constituyéndose en un cotilleo, aunque, por otra parte, esas confesiones
creaban una fingida unidad en la plantilla.
Todos intuían que su vida personal no era fácil, pero nadie se atrevía a
abrir el melón, ya que él solamente
mostraba sus aficiones por el fútbol y los logros de su equipo favorito
en conversaciones intrascendentes, siempre tratando de actuar con naturalidad.
Pero era evidente el peso emocional que soportaba y que, además, intentaba
disimular.
También había que reconocer que aquellos empresarios, otrora
trabajadores, eran emprendedores y osados. Tolerantes con un personal que
conocían por haber compartido trabajo y, en general, respetuosos con los nuevos
empleados contratados. Es cierto que la coyuntura les era favorable, el boom de
la construcción, el de la natalidad, el desarrollo industrial y tecnológico y,
sobre todo, eran un equipo que sabía lidiar con la administración y los
sindicatos del momento.
La empresa subió como la espuma porque todos estaban implicados, hasta los trabajadores estaban pendientes si los camiones iban repletos de mercancía, o se interesaban de cómo iban los pedidos y las ventas.
No, aquella apuesta empresarial no fue un sueño porque tuvo un recorrido
de algo más de dos décadas y, como es natural, transitó por su ciclo de vida
cumpliendo en cada momento punto por
punto. Sin embargo, la época de madurez duró muy poco, y ya se sabe lo que
sucede, todo lo que sube rápido baja rápido. Autocomplacencia y algunos errores
de gestión precipitaron el declive.
De aquellos primeros años de bonanza recuerda las celebraciones de
navidad y sobre todo las generosas primas. Era evidente que tras el exceso de
osadía y las fallidas apuestas tecnológicas llegaría el ocaso. Una decadencia
difuminada por las habituales y cíclicas crisis económicas y sociales que ha
sufrido el país.
No valían lamentaciones, con más experiencia pero con más años,
concluida la etapa otra vez había que empezar de nuevo.
Ahora, aunque ha pasado mucho tiempo, si lo pretende, todos esos
momentos y situaciones los puede recordar con nitidez. Sin embargo, de vez en
cuando aún le despierta el agobio de emprender una tarea farragosa o
complicada. Menos mal que tras la zozobra llega el relax de un tiempo donde las
preocupaciones son otras.
Además de ese sueño que suele repetirse de vez en cuando, también en
alguna otra ocasión, surge la ansiedad cuando le exigen volver al servicio
militar. Y así, por más que intenta demostrar que ya cumplió con el deber
exhibiendo la "blanca", los nuevos requerimientos del subconsciente
acaban por angustiarle.
Tampoco tiene particulares malos recuerdos de su estancia en aquella
ciudad africana tan de triste actualidad y en boca de todos estos días.
Por eso, alguna madrugada ante el duermevela sale a la terraza
intentando desconectar de la inquietud.
Como tantas noches no corre ni una brizna de aire. Y así, apoyado en la
barandilla observa a una luna en cuarto
menguante, a esas horas el planeta apenas se percibe opacado por la calima,
mientras, un borracho pasa junto a las vías del tranvía.
Desde la esquina de la terraza observa cómo sobrevuelan la ciudad los
aviones buscando el aeropuerto de la capital, espaciosamente uno tras otro
recorren ese pasillo aéreo con sus luces intermitentes y, por la baja altura,
es totalmente audible el ronroneo de sus motores en el silencio de la
madrugada.
Aburrido vuelve a la cama tratando de conciliar el sueño y piensa... un día más, y también un día menos. Como todos, con sueños, ilusiones y pesadillas... es la vida.
Escribe Antonio Tabucchi en "Sostiene Pereira": Escuche, doctor, respondió Pereira, mi padre me enseñó que nuestros sueños son la cosa más privada que tenemos y que no hay que revelarlos a nadie.
Tampoco es para tanto o al menos la gran mayoría de lo que soñamos, creo
yo. Los referidos en este relato quizás sean ciertos, pero también pueden ser
una fantasía del autor, allá el lector con sus conclusiones.
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Martes, 15 de Septiembre del 2026
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