Nos hemos acostumbrado a hablar de los
jóvenes desde una posición bastante cómoda: la de quienes observan sus
comportamientos y los juzgan con las categorías de una sociedad que ya no
existe. Les hemos puesto nombres —«generación de cristal», generación frustrada,
generación que no tolera el esfuerzo— y hemos construido alrededor de ellos una
explicación aparentemente sencilla: tienen menos tolerancia a la frustración,
quieren resultados demasiado pronto y no están dispuestos a asumir los
sacrificios que asumieron sus padres. Pero quizá antes de diagnosticar a toda
una generación deberíamos preguntarnos qué es exactamente aquello que le
estamos pidiendo que soporte. Porque una cosa es exigir esfuerzo a alguien que
tiene delante un horizonte de posibilidades y otra muy distinta exigirle
esfuerzo cuando, después de años de formación, preparación y trabajo, descubre
que las condiciones materiales para construir una vida estable se han alejado
considerablemente. La frustración no nace siempre de querer demasiado; en
ocasiones nace de haber cumplido con aquello que se esperaba de uno y descubrir
que, aun así, las reglas del juego han cambiado.
El problema se hace especialmente evidente
cuando hablamos de jóvenes cualificados. Personas que han dedicado años a
estudiar, que acumulan seis, siete o más años de formación y experiencia
profesional y que, pese a ello, no necesariamente pueden plantearse la vida que
durante décadas se consideró razonable para alguien con una profesión
consolidada. La aspiración ya no tiene por qué ser comprar una vivienda o
alcanzar una cierta estabilidad económica. En muchos casos empieza por algo
mucho más elemental: poder pagar el lugar donde vivir. Veinticinco o treinta
metros cuadrados pueden convertirse en una expectativa razonable; compartir
piso deja de ser una solución provisional asociada a los años universitarios y
se convierte en un modelo de vida que puede prolongarse hasta bien entrada la
edad adulta. Se comparte con amigos, con la pareja, con compañeros de trabajo
o, simplemente, con desconocidos que se organizan entre dos, tres o cuatro
personas porque individualmente no pueden asumir el coste de una vivienda. Y lo
más significativo no es que esto ocurra, sino que estamos empezando a aceptarlo
como algo normal.
Durante mucho tiempo existió una expectativa
social bastante sencilla. Una persona que llegaba aproximadamente a los
veinticinco o treinta años, tenía una nómina estable y había adquirido una
determinada cualificación podía aspirar a emanciparse y comenzar a construir un
proyecto propio. Podía alquilar o comprar una vivienda, disponer de cierta
capacidad de ahorro y, con mayor o menor dificultad, imaginar los siguientes
pasos de su vida. No estamos hablando de una época idílica en la que todo el
mundo viviera bien ni de negar las dificultades que existieron en otras
generaciones. Estamos hablando de una expectativa de estabilidad. De la
posibilidad de que el esfuerzo, la formación y el trabajo permitieran alcanzar
determinadas condiciones materiales. Hoy esa relación parece haberse roto para
una parte importante de la población. Y lo paradójico es que no podemos
responsabilizar de ello a quienes ahora llegan a la edad adulta, porque ellos
no han construido el mercado laboral, no han diseñado las políticas de
vivienda, no han determinado el precio de los alquileres ni han decidido
convertir progresivamente la vivienda en un elemento central de inversión
financiera. Buena parte de este escenario es consecuencia de decisiones
acumuladas durante décadas y, por tanto, también es responsabilidad de la
sociedad que hemos construido.
La vivienda es probablemente el ejemplo más
evidente de esa contradicción. Todos podemos reconocerla como una necesidad
básica, pero acceder a ella puede exigir hoy unas condiciones económicas que se
aproximan más a las de un bien de lujo. Y aquí aparece una pregunta que debería
estar en el centro del debate: ¿cómo puede ahorrar para comprar una vivienda
una persona que apenas consigue llegar a final de mes? La dificultad no empieza
necesariamente con la hipoteca. Empieza mucho antes, cuando el alquiler absorbe
una parte sustancial de los ingresos y deja poco margen para generar el ahorro
necesario para una entrada y los gastos asociados a una compra. Se produce
entonces una especie de círculo cerrado: no se puede comprar porque no se puede
ahorrar y no se puede ahorrar porque hay que pagar una vivienda. Podemos
discutir sobre salarios, productividad, fiscalidad o condiciones laborales,
pero ninguna de esas discusiones puede ignorar una cuestión elemental: cuando
el coste de acceder a una vivienda crece mucho más deprisa que la capacidad de
ahorro de quien trabaja, la emancipación deja de depender exclusivamente del
esfuerzo individual.
Tampoco resulta razonable convertir esta
cuestión en una batalla simplista entre propietarios y quienes buscan vivienda.
No todo propietario es un especulador. No es lo mismo una persona que ha
heredado una vivienda y decide alquilarla, o alguien que dispone de dos
inmuebles, que grandes estructuras de inversión que pueden adquirir paquetes de
centenares de viviendas y tratarlas como activos financieros. Son realidades
diferentes y requieren análisis diferentes. Precisamente por eso el debate
debería ser mucho más serio que la búsqueda de un culpable genérico. Cuando la
vivienda entra en una lógica financiera, el inmueble deja de ser exclusivamente
el lugar donde vive una familia y pasa también a formar parte de una cartera de
activos cuyo valor y rentabilidad se gestionan dentro de una estrategia de
inversión. Al mismo tiempo, si la vivienda social resulta insuficiente para
atender las necesidades existentes, una parte creciente de la población queda
atrapada entre un mercado privado difícilmente asumible y un parque público que
no tiene capacidad suficiente para absorber la demanda. La consecuencia es que
aquello que debería constituir una condición básica para desarrollar una vida
independiente termina convirtiéndose en una de las principales barreras para
conseguirla.
Y entonces aparece una transformación todavía
más profunda: los jóvenes empiezan a incorporar la posibilidad de marcharse a
sus planes de futuro mucho antes de incorporarse plenamente al mercado laboral.
En las aulas de Bachillerato ya no resulta extraño encontrar estudiantes que
hablan de hacer una estancia internacional, estudiar fuera, aprender idiomas
con una finalidad profesional concreta o buscar oportunidades académicas y
laborales en otros países. No siempre hablan de viajar. Hablan de construir su
futuro. Europa aparece como una puerta abierta y, para quienes cuentan con una
buena formación y pueden desenvolverse profesionalmente en inglés u otras
lenguas, la movilidad internacional puede convertirse en una estrategia vital.
También quienes tienen una visión más vinculada a permanecer en España pueden
plantearse qué provincia ofrece mejores oportunidades laborales, dónde pueden
estudiar o dónde existe una combinación más favorable entre empleo, vivienda y
posibilidades de emancipación. Es decir, incluso quienes no quieren marcharse
al extranjero empiezan a asumir que quizá tendrán que marcharse de su ciudad,
de su comarca o de su comunidad para encontrar las condiciones que necesitan.
Y aquí es donde la etiqueta de «generación de
cristal» empieza a quedarse demasiado corta. Puede existir un cambio cultural
en la forma en que los jóvenes afrontan la frustración, en sus expectativas, en
su relación con el esfuerzo o en la manera en que interpretan determinadas
dificultades. Pero sería demasiado sencillo convertir todas esas diferencias en
un defecto generacional sin observar el contexto material en el que se
producen. Una persona puede tener poca tolerancia a la frustración, pero
también puede estar reaccionando a un entorno extraordinariamente incierto.
Puede querer emanciparse demasiado pronto, pero también puede haber recibido
durante años el mensaje de que estudiar, formarse, especializarse y trabajar
permitiría construir una vida estable. Puede aspirar a determinadas condiciones
materiales, pero también puede estar comprobando que aquello que antes se
consideraba normal ahora resulta extraordinariamente difícil de conseguir. La
frustración, por tanto, no siempre es consecuencia de unas expectativas
excesivas; a veces es la consecuencia de la distancia entre lo que una sociedad
promete y aquello que realmente está en condiciones de ofrecer.
Por eso también deberíamos revisar la manera
en que hablamos de sus aspiraciones. Se les reprocha querer un coche nuevo, una
vivienda propia, viajar o disfrutar de determinadas comodidades, como si el
problema consistiera en que quieren vivir demasiado bien. Pero incluso si
eliminamos todas esas aspiraciones y reducimos el objetivo a lo esencial, la
dificultad permanece. No hace falta querer una vivienda de lujo para no poder
pagar un alquiler. No hace falta querer un coche de alta gama para no tener
capacidad de ahorro. No hace falta exigir una vida extraordinaria para querer
disponer de un trabajo que permita emanciparse. El problema no es
necesariamente que hayan aumentado las expectativas de consumo; es que, en
determinados ámbitos, incluso las expectativas más básicas se han vuelto
difíciles de alcanzar. Y cuando eso sucede durante años, resulta comprensible
que una persona empiece a mirar hacia otros lugares donde las oportunidades
profesionales y las condiciones materiales puedan encajar mejor con su proyecto
de vida.
Hay además una consecuencia colectiva que
quizá todavía no estamos valorando suficientemente. Una sociedad invierte
enormes cantidades de recursos en formar a sus ciudadanos. Desde la educación
obligatoria hasta la universidad, la formación profesional y la especialización
posterior, existe una inversión pública y privada destinada a generar
conocimiento, capacidades y profesionales. Si después de ese proceso una parte
de esos profesionales considera que para desarrollar su carrera y construir una
vida independiente debe marcharse, la cuestión deja de ser únicamente personal.
Que alguien quiera trabajar en otro país porque desea conocer otras culturas o
desarrollar una experiencia internacional es perfectamente normal en una
sociedad abierta. Pero otra cosa muy diferente es que una persona empiece a
contemplar la salida porque percibe que quedarse no le permite desarrollar unas
condiciones mínimas de autonomía. La movilidad puede ser una oportunidad; que
la salida se convierta en una necesidad percibida es otra cuestión.
Quizá por eso deberíamos dejar de utilizar la
expresión «generación de cristal» como una explicación suficiente. Es demasiado
fácil decir que los jóvenes son menos resilientes cuando no nos preguntamos qué
les estamos haciendo resistir. Les pedimos que estudien más, que acumulen
experiencia, que aprendan idiomas, que sean flexibles, que cambien de ciudad,
que se adapten a un mercado laboral cambiante y que sean competitivos en una
economía global. Pero al mismo tiempo les ofrecemos una vivienda cada vez más
difícil de asumir, una capacidad de ahorro limitada y un horizonte de
estabilidad que se retrasa cada vez más. Les exigimos movilidad y después nos
sorprende que se marchen. Les pedimos formación y después comprobamos que otros
países pueden beneficiarse de profesionales que hemos ayudado a formar. Les
hablamos de esfuerzo y, cuando realizan ese esfuerzo, descubrimos que el premio
ya no es necesariamente el que les habíamos prometido.
El problema, por tanto, no es simplemente que
una generación tenga menos tolerancia a la frustración. El problema es que
hemos construido un escenario en el que la frustración puede aparecer incluso
después de haber hecho las cosas que se suponía que había que hacer. Estudiar,
formarse, trabajar y adquirir experiencia ya no garantizan por sí mismos una
vivienda, capacidad de ahorro o la posibilidad de construir un proyecto de vida
independiente. Y cuando una sociedad convierte esas aspiraciones básicas en
objetivos extraordinarios, corre el riesgo de confundir la adaptación de sus
ciudadanos con la solución de sus problemas.
Quizá deberíamos dejar de preguntarnos por
qué los jóvenes quieren marcharse y empezar a preguntarnos qué estamos haciendo
para que quieran quedarse. No porque debamos impedir que se vayan, ni porque
marcharse sea un fracaso, sino porque una sociedad que ofrece oportunidades
reales no debería necesitar que sus jóvenes renuncien a permanecer en ella para
poder desarrollarse. El verdadero debate no está en decidir si quieren
demasiado o si se frustran demasiado pronto. Está en saber si aquello que les
estamos pidiendo —formación, esfuerzo, flexibilidad, experiencia y adaptación—
guarda todavía alguna relación con aquello que pueden esperar recibir a cambio.
Porque una generación no abandona un lugar
únicamente cuando cruza una frontera. También empieza a abandonarlo cuando,
todavía viviendo en él, deja de imaginar allí su futuro.
Y quizá esa sea la pregunta que deberíamos
hacernos como sociedad: no por qué nuestros jóvenes quieren irse, sino qué
hemos hecho para que quedarse haya dejado de parecerles una posibilidad.
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Lunes, 21 de Septiembre del 2026
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