Hay amistades que nacen cuando todavía no sabemos nada de la vida y, precisamente por eso, terminan sabiendo casi todo de nosotros. Son los amigos de la infancia: aquellos que conocieron nuestras primeras risas, nuestros juegos y nuestros sueños antes de que el tiempo nos enseñara a crecer.
Amigos de aquel tiempo ya lejano de tardes que parecían no saber despedirse y de juegos en los que el mundo era tan grande que bastaba una risa para abrirlo de par en par. Hay amistades que nacen cuando la vida todavía huele a recreo y a bocadillo de media tarde. Surgen sin esfuerzo, como nacen las cosas verdaderas: un día compartes un juego; al siguiente empieza a formar parte de tu historia.
Los amigos de la infancia llegan antes de que sepamos quiénes vamos a ser. Los conocemos con las rodillas raspadas, los bolsillos llenos de canicas o de sueños, cuando el mundo cabía en una calle y la tarde parecía no terminar nunca. Con ellos aprendimos a reír sin motivo, a inventar aventuras con muy poco y a contar aquello que no nos atrevíamos a decir en casa.
La infancia fue un jardín donde crecíamos sin prisa, sin saber todavía lo que era la vida. En aquellas tardes de polvo, carreras y risas sin medida, fuimos construyendo, casi sin darnos cuenta, una parte de quienes llegaríamos a ser.
Luego la vida se pone sería. Llegan las prisas, los trabajos, las responsabilidades y las ciudades distintas. Cada uno sigue su camino y el tiempo, silencioso, va poniendo distancia entre aquellos días y nosotros. Pero hay algo que no cambia.
Cuando vuelves a encontrarte con un amigo de infancia, ocurre algo extraño y hermoso: como si los años hubieran pasado por fuera, pero no por dentro.
Tal vez por eso estas amistades tienen algo de raíz. Son parte de lo que fuimos y también de lo que somos. En un mundo que cambia tan deprisa, aquellos de nosotros que el tiempo no ha conseguido borrar.
Y quizá ahí reside su verdadera belleza: en saber que, pase lo que pase, hay alguien que recuerda exactamente de dónde venimos. Alguien que estuvo allí cuando todavía no sabíamos que aquellos juegos, aquellas tardes interminables y aquellas risas acabarían convirtiéndose en recuerdos para toda la vida.
Porque crecer no significa dejar atrás todo lo que fuimos. A veces significa descubrir que, entre tantos caminos y tantos años, hay personas capaces de devolvernos, con una sola sonrisa, al lugar donde empezó todo.
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Sábado, 26 de Septiembre del 2026
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