Opinión

Borrico, burro, asno, pollino, rucio…

Salvador Jiménez Ramírez | Lunes, 28 de Septiembre del 2026
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Cuando andábamos a gatas y cuando  “montados en el borrico” creíamos ir camino de otros mundos…, en  campos y pueblos  de las dos Castillas y en tierras andaluzas, abundaba la subraza torda. El borrico, burro o asno, descendiente del onagro o asno salvaje procedente de Arabia, se propagó a Persia y países mediterráneos ribereños; y al igual que el perro, pasaría al estado doméstico en alguna fase del periodo Neolítico. Siendo domado en el antiguo Egipto, con anterioridad al caballo.

El asno es un mamífero perteneciente al orden de los ungulados, suborden de los perisodáctilos y a la familia de los équidos. El Equus asinuus es su género. Aunque existen razas diversas, dos se han venido diferenciando entre sí en la península Ibérica, teniendo una, subrazas bastante definidas… Había una raza ibérica de considerable alzada, (alrededor del 1,50) y otra de origen africano de alzada media, de pelaje gris, con franjas oscuras a lo largo del dorso y listas o franjas, prácticamente negras en las patas. Otra subraza era (es) la de pelaje negro y lustroso en el morro; con ribete, cerco de los ojos y el vientre, frecuentemente, blancos. Algunos expertos reiteran que, la raza africana de la Península Ibérica, es de origen africano, traída por los musulmanes; naciendo el mulo de su apareamiento con el Equus caballus.

Al clasificar los animales domésticos en grupos de defensa, guarda, de labor,  explotación y de entretenimiento, (muchos de continuo “enjaulados”) el asno, que no siempre recibía alimento con la misma regularidad que otros animales domesticados, por lo que, sobre la marcha tenía que triturar cardos (ahí lo de “cardo borriquero”) y multitud de yerbajos…, se podría decir—excepciones aparte—que ha sido el peor tratado de todos los animales domesticados… Utilizado como “bestia” de tracción y carga; maltratado de palabra y con instrumentos mortificantes…, soportando el frío, el calor extremo, la lluvia… Y hasta se ha venido denominando  a ciertos seres humanos (testarudos, rudos, brutos…), con el despectivo epíteto de “borrico”, “burro”…

Las familias campesinas de España, principalmente en las gentes más pobres, que tanta necesidad padecían y contemplaban…; en tiempos no tan lejanos, el tener en propiedad un par de burros, era un signo de incipiente riqueza y prestigio social en la vecindad… Cierto es que había hogares y familias (incluyo la morada de mis padres) en los que, entre el asno y la familia regía una especie de “orden”; de armonía y simbiosis nada egoísta y en absoluto despiadada…

Entre la familiaridad y evocación mudas de lo pasado y la lectura del “insomnio” y apresuramiento de la sociedad actual con sus vastos sistemas de inconsciencia, ficción y virtualidad del nuevo “universo”, medito desde un “adoratorio” montano, sobre la audacia, docilidad, utilidad y padecimiento de nuestro mulo “Romero” y de nuestro entregado borriquillo “Chato” (donado mal en su vejez), con la carga y el carro de acá para allá y mi madre obsequiándolos con mendrugos de pan cuando mi padre los entraba en la cuadra. Aquello cuando el censo asnal de España, en 1959, era de unos 700.000 ejemplares; de los cuales 22.000, correspondían al registro de la provincia de Ciudad Real y entre sesenta y setenta a la comarca de las Lagunas de Ruidera. Siendo los de mayor renombre —recopilados gracias a la sabiduría y lucidez de don Eulogio, vecino de Carrizosa, ya fallecido—. Éstos eran: “Carrillo”, “Laña” y “Cachuela”. Pertenecían a los últimos pescadores de barco y trasmallo del Alto Guadiana: Demetrio López Astilleros, su hermano Patricio López y su padre Santiago; que moraban en chozos junto a la finca de don Eulogio. Todos naturales de Daimiel, donde residía otro hermano: Remedios López, que era guardia civil en esa localidad. Con aquellos borricos, con esperanza, fidelidad y firmeza, porteaban en banastas y aguaderas, la pesca que capturaban, para venderla, de puerta en puerta, en los pueblos limítrofes… “Valeriana”, “Telares”, “Pintora”, “Golondrina”, “Archidona”, “Guerrero” (nota de don Rafael Mora Alcázar, juez de Paz de Ossa de Montiel), “Pardo”; este último del “Hermano Astiles” de Ruidera y “Huevo” del “Hermano Gregorio”. Y “Tardío”, raudo hasta hace unos años, de Antonio Sevilla, en Ossa de Montiel (nos aporta don Rafael Mora Alcázar) fueron otros tantos  asnos dóciles de aguante sufrido que, en tiempos de la posguerra, relevaron a sus dueños de las más pesadas tareas de transporte y carga, en las faenas del campo y en quehaceres de supervivencia…

“…; y Balaam se enojó y azotó al asna con un palo”. “… ¿Qué te he hecho, —le dijo el asna—que me has azotado hasta tres veces?”. “… Sobre mí has cabalgado desde que tú me tienes hasta este día; ¿He acostumbrado a hacerlo así contigo? Y él respondió: No”. (El Ángel y la asna de Balaam. Números, 22). “El forraje, el palo y la carga para el asno; el pan la corrección y el trabajo para el siervo”, (Aforismo en el Eclesiastés).

Cuando en el siglo IV, se instalaron en Roma molinos de agua en el monte “Janicus”, conectados al acueducto, que recibía agua del lago Bracciano, muchos borricos que impulsaban los antiguos molinos, a la par con caballos y esclavos, fueron “recompensados” y condecorados, adornándolos, engalanándolos con collares de flores y panes; dedicándoles el día de la diosa Vesta, el nueve de Junio. Los buros de mejor calidad, los de Reata, en los mercados de Roma, costaban la friolera de entre sesenta mil y cien mil sestercios.

 “Oh hijo de mis entrañas—exclamaba Sancho cuando le robaron el rucio—nacido en mi mesma casa, brinco de mis hijos, regalo de mi mujer, envidia de mis vecinos, alivio de mis cargas”.

Observaba  a un grupo de gente, que estaban muy eufóricos yantando junto al aguazal. De repente una madre se exaspera, (el que parece ser el padre se acalora poco) tildando de “Borrico” a su retoño, cuando éste da a un gozquecillo, al que llama “Felipe”, unos restos de comida, envueltos y reliados en un material no digerible, para que se trague entero el envoltorio. El “Pollo”, que se va “desgajando” del consejo paterno, pregunta mientras trata de descoyuntar un columpio ¿qué cosa es un borrico? Que vayan al supermercado a por uno, porque él no ha visto ninguno… El pimpollo, que llama tío al papá (¿?), arroja basura y huesos para pescar cangrejos y para que el perro “Felipe” busque el zancarrón… El can olisquea y mueve el rabo animoso… La mamá grita: “¡So borrico que el perro se va a ahogar con eso!... Esperemos que los progenitores vayan reconduciendo al “pollo” (que no al pollino), para que deposite la basura donde corresponde; para que sepa que los mecedores del parque no están diseñados para sus pezuñas… Cada asno con su…, tamaño… Y que lo instruyan…, que si busca y encuentra borricos en los supermercados… ¡A verlos vamos…!

       

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