Se nos marcha
septiembre y en este mes, los pueblos de La Mancha se transforman para revivir
su rito ancestral: la vendimia. Las cooperativas locales se convierten en
escenarios grandiosos donde las mañanas tibias se inundan del aroma
inconfundible del mosto recién extraído. Es el paisaje tradicional de una
región esculpida por generaciones de viticultores que convirtieron la vid en su
motor económico, su libertad y su mayor orgullo de casta. Sin embargo, bajo esa
estampa romántica que tanto atrae a críticos, poetas, pintores y escritores, se
esconde hoy una realidad dramática y silenciosa: el campo manchego se está
muriendo por falta de rentabilidad y desprecio institucional.
La cosecha
actual transcurre bajo el peso de una profunda melancolía. A pesar de que los
parrales y los sarmientos han resistido con una fuerza heroica el calor extremo
y la preocupante falta de lluvias, el esfuerzo de los agricultores apenas
encuentra recompensa. El regreso de los remolques y las vendimiadoras
automáticas del jaraíz ya no es motivo de celebración, sino el preludio de un
fracaso financiero anunciado. En la balanza de pagos de las familias agrarias,
el euro es escaso; los precios de ruina que se imponen a la uva en el mercado
actual ni siquiera cubren los costes de producción ni el sudor invertido
durante todo un año de cuidados.
Este
descalabro no es un hecho aislado, sino la consecuencia de una tormenta
perfecta que combina la inacción política, la voracidad fiscal y las reglas de
un mercado globalizado que penaliza al productor de origen:
Es la asfixia
fiscal convertida en un río de malas finanzas: Mientras las economías
familiares del campo se desploman, los viticultores se ven cargados de
impuestos en un momento crítico. Los trabajadores de la tierra asisten con
indignación a lo que consideran una gestión gubernamental deficiente que drena
sus recursos sin ofrecer ayudas directas ni protección real al sector
estratégico del agro español.
Es la venta a
pérdida de la vieja Europa: En el tablero de la globalización, la Unión Europea
da la espalda a sus propios productores. Las normativas comunitarias abren los
mercados de par en par a las importaciones de terceros países, como Marruecos,
que operan sin las estrictas trabas arancelarias, medioambientales ni
fitosanitarias que se exigen aquí. El campo español no puede competir con
frutas y productos elaborados en el extranjero a base de sueldos indignos y
total ausencia de gravámenes.
Es esta una
crisis agraria estructural: La caída del valor de la uva no llega sola. Este
año, el precipicio económico se ahonda al coincidir con la ruina en las
campañas de los melonares y una bajada drástica en el precio del aceite de
oliva. Los pilares de la economía manchega se tambalean en cadena ante la
pasividad de los reguladores.
El impacto más
doloroso de esta crisis no se mide en los mercados financieros, sino en la
demografía y el tejido social de nuestros pueblos. Al no haber ganancias
garantizadas, la memoria familiar se difumina y el relevo generacional se
vuelve una utopía. Los hijos y las hijas del agro español se ven obligados a
vender un legado histórico que ya solo genera deudas.
Los campos
quedan abandonados o caen en manos de grandes explotaciones gestionadas por
trabajadores asalariados; manos que ganan un sueldo legal, pero que no sienten
el arraigo, el pulso ni el amor por la tierra que caracterizaba a los antiguos
viticultores. Es una pendiente peligrosa, es la herida abierta que está dejando
deshabitados y envejecidos los municipios manchegos.
Detrás de cada
botella de vino excelente que se exporta al mundo, hay un ecosistema humano que
la burocracia actual está anulando. Los viticultores manchegos, hombres y
mujeres pegados a la tierra desde el amanecer hasta el crepúsculo, custodian lo
que es, en esencia, el jardín e identidad de La Mancha. Si las administraciones
públicas y las políticas de la España comunitaria no protegen de inmediato este
mar de viñas frente a la competencia desleal y los precios abusivos, el verdor
de nuestros campos se perderá para siempre. Es hora de valorar lo que tenemos
antes de que el desvarío de la globalización termine por enterrar nuestro
futuro.
Si las
administraciones no protegen de inmediato este mar de viñas, nos hundiremos de
forma irremediable, perdiendo no solo nuestra principal riqueza, sino nuestra
propia identidad.
Una vez más no
escribo mi crónica como poeta; la describo como hija de esta tierra que amo por
encima de mi propia vida, aunque como mujer no se valore mi queja y mi angustia
por la realidad actual.
Natividad Cepeda
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Lunes, 28 de Septiembre del 2026
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