Tomelloso

Dany Cuadrado: «Si no se hace algo en invierno, vamos a tener incendios cada vez más voraces»

El bombero forestal, que ha trabajado durante las dos últimas campañas en la Comunidad de Madrid, defiende mantener los dispositivos de extinción durante todo el año, reforzar la prevención y escuchar a quienes trabajan sobre el terreno

Carlos Moreno | Viernes, 23 de Octubre del 2026
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Los grandes incendios forestales de los últimos veranos han puesto a prueba la capacidad de respuesta de los equipos de emergencia y han dejado imágenes difíciles de olvidar. Dany Cuadrado, bombero forestal natural de Tomelloso que ha trabajado en el Ayuntamiento y en la Comunidad de Madrid, conoce de primera mano la dimensión de estos episodios y tiene claro que la lucha contra el fuego no puede limitarse a los meses de mayor riesgo. «Si no se hace algo en invierno, vamos a tener incendios cada vez más voraces», advierte.

Cuadrado considera que el verano pasado fue especialmente duro, no tanto por la superficie quemada como por la cercanía de las llamas a los núcleos de población. Según explica, aunque las estimaciones sobre hectáreas afectadas varían según las fuentes, "el principal problema este año ha sido la necesidad de defender más pueblos y afrontar numerosas evacuaciones. La presión sobre los equipos de emergencia ha sido especialmente intensa en zonas como Madrid y Guadalajara, donde los incendios han amenazado directamente a la población".

«No estamos preparados», afirma sin tapujos cuando se le pregunta si los dispositivos actuales pueden hacer frente a incendios de semejante magnitud. No obstante, matiza que el problema no reside únicamente en la falta de recursos. España cuenta, a su juicio, con un sistema de extinción potente, medios aéreos modernos y buenas estrategias de intervención. "La dificultad aparece cuando la virulencia del fuego supera la capacidad de respuesta, incluso con numerosos efectivos desplegados".

Incendios que desbordan cualquier estrategia

Entre las intervenciones que recuerda con mayor intensidad destaca el incendio del Pico del Lobo, el año pasado, en la zona del puerto de la Quesera. Las dificultades del terreno, el viento y la rapidez con la que avanzaban las llamas convirtieron aquel operativo en una experiencia especialmente complicada.

Cuadrado recuerda que su unidad llegó por la mañana, cuando el incendio afectaba a unas 800 o 900 hectáreas, y se retiró por la tarde después de que las estrategias empleadas no consiguieran contenerlo. Para entonces, la superficie quemada se había acercado a las 1.600 o 1.800 hectáreas. Ni siquiera la presencia de numerosos medios terrestres y de la Unidad Militar de Emergencias (UME) permitía frenar con eficacia el avance del fuego.

«Hay situaciones en las que trabajas y parece que no te vale de nada», relata. Entre los recuerdos más dolorosos de aquella intervención está la imposibilidad de proteger algunos nidos de buitres negros. Una experiencia que refleja no solo la dificultad técnica de combatir determinados incendios, sino también el impacto emocional de contemplar cómo desaparece aquello que se intenta defender.

En el frente, el trabajo transcurre entre el ruido de los camiones, las bombas de agua, los helicópteros y las comunicaciones por radio. Aunque la intervención está organizada, Cuadrado describe una sensación de caos cuando el incendio alcanza grandes dimensiones. «Estás diciendo: llevo una manguerita y tengo 30 metros de llama aquí delante. No le estoy haciendo nada», solía pensar.

El cambio climático y la acumulación de factores de riesgo


Para explicar la rapidez con la que se propagan las llamas y el incremento de los incendios, el bombero señala la coincidencia de varios factores. "El cambio climático, las olas de calor prolongadas, las temperaturas extremas, el viento y la abundancia de vegetación tras un invierno húmedo crean unas condiciones especialmente favorables para los grandes incendios".

Cuadrado insiste en que el cambio climático no provoca por sí solo el inicio de un fuego, pero sí contribuye a que, una vez declarado, pueda avanzar con mucha más rapidez. Recuerda que este verano se han encadenado episodios de calor intenso, con temperaturas superiores a los 40 grados, mientras que el viento y la baja humedad han complicado las labores de extinción.

En este contexto, menciona la conocida regla del 30, utilizada como referencia para identificar condiciones especialmente adversas: más de 30 grados de temperatura, menos del 30 % de humedad y viento superior a 30 kilómetros por hora. Según explica, durante buena parte del verano se han dado estas circunstancias, aumentando considerablemente el riesgo de que un incendio se descontrole.

A ello se suma el cansancio físico de los profesionales, que trabajan con equipos de protección y ropa de manga larga bajo temperaturas extremas. «Yo trabajo mejor a 30 grados, aunque pase calor, que a 40», señala. Con el calor intenso, la deshidratación llega antes y obliga a realizar más paradas.

La prevención, una tarea para todo el año

Si hay una idea que Cuadrado repite a lo largo de la entrevista es que la prevención debe convertirse en una prioridad permanente. A su juicio, mantener los dispositivos de bomberos forestales durante todo el año permitiría aprovechar los meses de invierno para realizar trabajos que después resultan fundamentales cuando llega el verano.

Entre las medidas que considera necesarias figuran el mantenimiento de cortafuegos, la creación de franjas de protección alrededor de pueblos y urbanizaciones, los clareos para reducir la continuidad de la vegetación y las quemas controladas cuando proceda. También apunta al abandono rural y a la disminución de la ganadería extensiva como factores que han reducido el mantenimiento tradicional de muchos montes.

El profesional pone como ejemplo los daños sufridos en urbanizaciones amenazadas por las llamas y defiende que disponer de áreas de protección bien conservadas puede contribuir a reducir el riesgo. Sin embargo, advierte de que no basta con abrir grandes cortafuegos: algunos incendios han demostrado que pueden superar incluso líneas de defensa de 40 o 50 metros de anchura en cuestión de minutos.

Por eso, reclama una planificación adaptada a cada territorio y una mayor continuidad de los trabajos forestales. «La prevención es muchísimo más barata que la extinción», sostiene, al recordar el elevado coste de movilizar helicópteros y otros recursos de emergencia.

También considera necesario mejorar la coordinación entre administraciones. A su entender, los retrasos en la toma de decisiones y las dificultades para movilizar recursos de distintos territorios pueden hacer perder un tiempo precioso. «Se tarda mucho en tomar ciertas decisiones», lamenta, y pide que las necesidades operativas prevalezcan sobre los intereses políticos.

A estas medidas añade una tercera línea de actuación: la concienciación ciudadana. "Sería muy bueno organizar charlas en colegios e institutos y jornadas en localidades situadas en zonas forestales para acercar a la población el trabajo de los profesionales y explicar cómo prevenir los incendios".

Un reconocimiento creciente, pero con mucho por hacer

Cuadrado percibe que la sociedad reconoce cada vez más la labor de los bomberos forestales. Cuenta que durante este verano algunas personas se han acercado a él y a sus compañeros para agradecerles su trabajo, una visibilidad que también relaciona con la presencia de los incendios en los medios de comunicación y las redes sociales.

Sin embargo, considera que esa conciencia social tiende a desaparecer cuando termina la temporada de incendios y llegan las lluvias. "La responsabilidad no debe recaer exclusivamente en los servicios de extinción: quienes viven junto al monte también deben mantener sus parcelas y las franjas de protección de sus viviendas".

En cuanto a las condiciones laborales, defiende que los profesionales sean escuchados cuando se diseñan las políticas forestales. Asegura que la población suele mostrar interés por sus recomendaciones, pero que las administraciones prestan menos atención a sus reivindicaciones, tanto en materia de condiciones laborales como de continuidad de los dispositivos durante los meses de invierno.

El desgaste que llega después del incendio

La intensidad de las intervenciones no termina cuando se apagan las llamas. Cuadrado explica que, durante el incendio, la adrenalina y la concentración permiten mantener el ritmo de trabajo durante muchas horas, con descansos y pausas para comer, refrescarse y recuperar fuerzas. El cansancio más evidente aparece después, durante el regreso a la base.

El desgaste mental también puede aflorar una vez concluida la campaña. El bombero recuerda que el año pasado recurrió a una psicóloga y tiene previsto hacerlo de nuevo. "De hecho, este año me he propuesto parar y dedicar más tiempo a su familia, sus amigos, la escritura y otras aficiones".

Su vocación nació de la combinación de dos intereses: las emergencias y la naturaleza. Tras una etapa como voluntario y sus primeras experiencias en incendios de pastos y forestales, encontró en este trabajo una profesión en la que quería quedarse. Asegura que, "más que miedo, siento respeto por el fuego, el humo y los riesgos que entraña cada intervención".

Ese vínculo con el entorno natural hace especialmente doloroso contemplar la destrucción que dejan las llamas. Cuadrado recuerda con emoción los incendios de Guadalajara, "una zona con la que mantengo una relación personal por mis vínculos familiares y por los montes en los que pasé parte de mi vida".

La recuperación del monte llevará años

Una vez extinguido el incendio, comienza un proceso de recuperación largo y complejo. Las primeras lluvias pueden arrastrar cenizas, barro y nutrientes, favoreciendo la erosión del terreno. Aunque algunas zonas de matorral empiezan a mostrar brotes verdes relativamente pronto, la recuperación de grandes masas forestales puede prolongarse durante años.

"Además de los árboles, el fuego destruye hábitats, nidos y colonias de aves, afecta a la fauna y altera ecosistemas enteros. A ello se suman las emisiones de dióxido de carbono y otras consecuencias ambientales que pueden prolongarse mucho después de la extinción", explica.

Para Cuadrado, esa pérdida es una de las partes más duras de su profesión. «No me gusta que el monte se queme», aclara. Lo que le gusta de su trabajo es precisamente poder defender la naturaleza, aunque en ocasiones los medios disponibles y la fuerza de las llamas no permitan evitar la destrucción.

Su reflexión final apunta a una idea esencial: la lucha contra los grandes incendios forestales no puede depender únicamente de los recursos desplegados cuando el fuego ya está fuera de control. Mantener los montes, proteger las poblaciones, reforzar los equipos durante todo el año y escuchar a los profesionales son pasos fundamentales para afrontar un problema que, según advierte, puede agravarse en los próximos años.


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