Opinión

Ciudades sin bibicletas

Bernardo Fernández-Pacheco | Jueves, 29 de Octubre del 2026
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El progreso debió haberse

detenido cuando el hombre

inventó la bicicleta.

Elizabeth West

El célebre escritor inglés H.G. Wells, quien no llegó a conocer la invasión de vehículos a motor que se apoderaría de las ciudades a partir de la segunda mitad del siglo XX, afirmaba que “la bicicleta devolvía a las personas a la escala humana”, frente al ruido y el tráfico de los automóviles en las metrópolis. Y llegaba aún más lejos cuando decía “cada vez que veo a un adulto en una bicicleta, ya no me deprimo por el futuro de la raza humana”.

El caso de Wells no es aislado. Incontables personalidades de la cultura occidental (ciencias, artes, política, etc.) se han manifestado a favor del uso de la bicicleta, muy en especial durante las últimas décadas. La que llega más lejos a la hora de ponderarla es la escritora Elizabeth West, quien manifiesta: “Cuando el hombre inventó la bicicleta llegó al pico de sus logros. He aquí una máquina de precisión y balance para la conveniencia del hombre. Y, a diferencia de otras invenciones, cuanto más se la usa, en mejor estado físico se está. Por primera vez, tenemos un producto del cerebro humano que es completamente beneficioso para aquellos que lo utilizan, y que ningún daño o irritación causa a los demás. El progreso debió haberse detenido cuando el hombre inventó la bicicleta”.

Si se recorre Europa y se visitan ciudades como Amsterdam, Copenhague, Gante, Ferrara o Basilea (por citar solo algunas de las más representativas entre otras muchas) es cuando se comprueba hasta qué punto la bicicleta ha sido y sigue siendo la solución para circular por la ciudad. Después de haber tenido esa experiencia, observar una ciudad sin bicicletas circulando por sus calles transmite una imagen desoladora, que dice mucho de las gentes que la habitan y la gobiernan.

La mayoría de los pueblos manchegos se levantan sobre una superficie plana y, salvo raras excepciones (pienso en Campo de Criptana o en La Solana), son completamente llanos. Esta circunstancia, una vez que las calles perdieron el empedrado de cantos y se revistieron de asfalto, hubiera podido augurar el seguro éxito de la bicicleta como medio de transporte. Si a esto le unimos los inconvenientes del coche, la bicicleta se encumbraría más aún como el instrumento ideal para moverse dentro de ellas. Y, sin embargo, nada más lejos de la realidad. Los pueblos de la Mancha están completamente tomados por vehículos a motor, preferentemente por los coches, y son muy pocos los vecinos que se desplazan en bici. Incluso en localidades de acreditada tradición ciclista, como es el caso de Tomelloso (lugar en donde vivo), resulta raro observar a personas que la utilicen dentro de la localidad.

Uno de los mayores contrastes que puede apreciarse, si se compara el tráfico de los núcleos urbanos del centro y el norte de Europa con los españoles, es el constante ir y venir de ciclistas por las calles de los primeros, frente a la escasez o completa ausencia de estos en los segundos. Y no hablamos solo de los Países Bajos, Bélgica o Dinamarca. Las ciudades del norte de Italia, por ejemplo, baten records en el uso de la bici, hasta el punto de requerir normativas locales que regulen su convivencia con otros vehículos y con los peatones. En todas ellas, el fluir permanente de ciclistas, la existencia de numerosas zonas de aparcamiento para bicicletas o la presencia de estas en los vagones de trenes o del metro es algo corriente. Las bicicletas se acumulan por miles en los aledaños de las estaciones, sin importar las condiciones meteorológicas, lo que indica la continuidad de su uso durante todo el año.

A pesar de las zonas restringidas al tráfico, la presencia de coches se sigue agudizando en las grandes capitales. Las normativas que lo regulan solo han servido para paliar una parte mínima del problema, no para resolverlo. Por esa razón, recientemente, París ha saltado a la palestra informativa al haber conseguido reducir en un 30% los vehículos a motor de sus calles e incrementar en un porcentaje extraordinario el número de ciclistas que circulan por las mismas. Este sería el camino a seguir. Un objetivo que, de momento, en ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia ni siquiera se ha intentado.

El escaso uso de la bicicleta no es una particularidad exclusiva de la Mancha, salvo raras excepciones, el fenómeno es común en el resto de las regiones españolas. Y para intentar buscar una respuesta a la pregunta ¿por qué los españoles no la usan para desplazarse dentro de sus pueblos o ciudades? Intentaremos despejar algunas de las claves principales, a sabiendas de que para realizar un análisis exhaustivo habría que manejar diferentes variables y de muy diversa índole.

En primer lugar hay que destacar que el uso de la bici presenta numerosas e incuestionables ventajas y que si conlleva algunos inconvenientes estos serían de muy poca monta. Pero no vamos a entrar en ese balance de pros y contras, ya que se ha realizado hasta la saciedad y el reconocimiento del valor del uso de la bicicleta hace tiempo que fue reconocido y dejo de ser discutible. Nos centraremos, pues, en tratar de buscar una explicación a la ausencia de ellas en nuestras calles.

Una de las principales razones, la más obvia, tiene que ver con la comodidad que el coche ofrece. Quien la conoce no renuncia a ella fácilmente. La búsqueda de confort es una constante característica de la especie humana, como lo es también su egoísmo. El hecho palpable es que a una parte mayoritaria de la población poco le importa la congestión de las calles, la contaminación por gases tóxicos que ellos mismos están provocando, el ruido que contribuyen a aumentar o el espacio que roban a los viandantes. “Ande yo caliente y ríase la gente”, deben decir para sí. Ni las dificultades para encontrar aparcamiento ni el costé del mismo cuentan. Ni siquiera anima a dejar el coche en casa el espectacular encarecimiento del precio de los combustibles. En la jerarquía de necesidades de muchos, igualada con el pan de cada día, si no antes que él, está la gasolina.

En relación con este asunto, una de las mayores paradojas de los tiempos que corren la encontramos en la puerta de los gimnasios, esos locales que tan de moda se han puesto. Durante las horas de mayor afluencia, el parking de estos establecimientos y las calles próximas se encuentran plagados de coches. Son vehículos de personas que acuden allí para hacer ejercicio y, en muchos casos, para caminar sobre una cinta mecánica o para pedalear subidos en una bici estática. El popular divulgador científico americano Bill Nye (conocido en USA como el science guy), abordando esas paradógicas conductas, declaró: “Algo no va bien en una sociedad que va al gimnasio en coche para allí montar en bicicleta”.

Pero la búsqueda de confort por sí sola no explicaría la cuestión que nos planteamos, ya que, en ese sentido, el español no es diferente del neerlandés, el belga o el danés. Por consiguiente, es necesario recurrir a otros argumentos a la hora de explicar la ausencia de bicicletas en nuestras calles.

A nuestro parecer, pesa mucho el prejuicio social que recae sobre los usuarios habituales de ellas, un prejuicio que representaría una de las más potentes limitaciones. Conviene recordar que en la España de los años cuarenta, cincuenta e incluso sesenta, la bicicleta fue el vehículo de las clases más populares. En nuestra tierra, albañiles, jornaleros y obreros se desplazaban con ellas hasta sus lugares de trabajo. Para ciertos sectores de la sociedad, el acceso a la bicicleta supuso un avance considerable que introdujo importantes mejoras en sus vidas; ya que, gracias a ella, podían regresar a dormir a sus casas e incluso, si la distancia no era excesiva, volver a mediodía para almorzar con sus familias. En los pueblos manchegos, era muy frecuente ver a los jornaleros del campo acarreando el azadón y otras herramientas agrícolas atravesadas en el portaequipajes o a los empleados en fábricas, talleres y bodegas circulando con la talega del almuerzo colgando del manillar.

Forman parte de la historia de Tomelloso los viajes que, en los tiempos del estraperlo, durante los años de postguerra, realizaron algunos ciclistas de la localidad. Audaces viajeros que, para ganarse el sustento, iban en desvencijadas pero resistentes bicicletas hasta los pueblos del norte de Jaén. Allí cargaban con aceite varias cántaras de metal, que llevaban acopladas en soportes al cuadro y al portaequipajes, con el fin de revenderlo en su pueblo. Si duro era el viaje de ida, mayor aún era el de vuelta; pues, además del peso que transportaban, para que no los multaran y les confiscaran la carga, volvían por caminos poco frecuentados. Así evitaban los controles de las rutas principales, en un trasiego de constantes idas y vueltas que se mantuvo activo durante varios años. Para conmemorar aquellos viajes y rendir homenaje a los esforzados ciclistas que los llevaban a cabo, actualmente se viene celebrando una prueba ciclista denominada “Marcha del Estraperlo”, que va por su 5ª edición, y une Tomelloso con la Puerta del Segura, siguiendo los 180 kms del recorrido que solía hacerse antaño.

En los albores del siglo XX, en Tomelloso, sin saber cómo ni por qué, ya había calado el uso deportivo de la bicicleta. En las exposiciones de fotos antiguas, se puede apreciar cómo algunos vecinos hacían gala de poseer extraordinarios ejemplares de competición; bicis de carrera importadas de Francia o Inglaterra, que no estaban al alcance de cualquiera. Muchos han sido los ciclistas de la localidad que han destacado a nivel nacional y famosa en toda España fue la pista de ceniza del antiguo campo de futbol. En ella se organizaban espectaculares critériums con la participación de las mejores figuras locales del momento y la presencia de reconocidos campeones internacionales (afamados corredores como Fausto Coppi o Federico M. Bahamontes, Felice Gimondi o Julián Berrendero, entre otros, aquí vinieron a correr. La ciudad ha seguido dando excelentes corredores, y para el ciclista aficionado, es un verdadero paraíso; tanto por las espléndidas y variadas rutas por las que se puede practicar el deporte de las dos ruedas, sin alejarse excesivamente de la ciudad, como por los numerosos grupos de ciclistas aficionados que salen a las carreteras o a los caminos rurales y al monte. Pues bien, a pesar la histórica tradición y de la gran afición ciclista, la bicicleta no tiene apenas repercusión en las calle de Tomelloso ni se aprecia en el tráfico urbano de la ciudad, donde los coches son los reyes absolutos de la circulación.

El hecho de que durante varias décadas la bicicleta fuera el vehículo por excelencia de las gentes humildes, de los que no podían permitirse comprar un vehículo a motor, ha quedado grabado en la sociedad española. Una circunstancia que asociaba la bicicleta a la pobreza, un prejuicio cultural que se instaló firmemente entre las gentes de la Mancha, constituyendo uno de esos curiosos fenómenos que, según explican los psicoanalistas, sirven para construir el “inconsciente colectivo” de los pueblos.

El prejuicio señala que quien se mueve en bicicleta pertenece a una baja categoría social y, por las actitudes que genera, no se trata de una cuestión baladí. Entre amigos, cuando surge el tema, me gusta contar, como anécdota personal, algo que me sucedió con una compañera de trabajo. Durante mi vida laboral, preferentemente dedicada a la orientación en centros educativos, siempre me desplacé en bicicleta, con frío o calor, con buen tiempo o con lluvia y nieve, llevando un maletín y alguna carpeta en el portaequipajes (una carga que a veces resultaba algo embarazosa) y sujetándome la pernera del pantalón con una pinza, para no mancharla con la grasa de la cadena. Pues bien, una compañera, que anteriormente había sido alumna mía en la universidad y nunca me había visto de esa guisa, no pudo reprimirse y me dijo: “Pero cómo, ¿vas en bici? ¡Así pierdes mucho!”. En ocasiones como esta, incluso a través de comentarios investidos de cariño y familiaridad, el prejuicio salta a la luz y se hace explícito. Seguro estoy de que mi anécdota no es un hecho aislado, sino que a más de uno le habrá pasado algo similar.

En colegios e institutos, de manera más o menos sistemática, por exigencias legales, se aborda el tema de la educación vial. El colectivo de los profesionales docentes proclama la necesidad de limpiar de humo las ciudades y garantizar la salud y la seguridad de todos los que circulan por calles y carreteras, defendiendo, por supuesto, el uso diario de la bicicleta. Sin embargo, el parking de los centros y/o los aledaños de los mismos están copados por sus coches. Y si alguno de ellos va y viene en bicicleta se trata de un caso raro, casi testimonial: la excepción que confirma la regla.

Algo similar sucede con la inmensa mayoría de los alcaldes y concejales. Los programas electorales suelen presentar pequeñas medidas favorecedoras para ciclistas. En numerosos ayuntamientos se celebra el día de la bicicleta y en muchos se invierte parte del presupuesto municipal en carriles bici. La primera es una manifestación anual, aislada y sin más repercusión, mientras que la segunda pretende ser una supuesta solución (polémica y controvertida) que, en el día a día, no suele ayudar a incrementar el uso de la bicicleta. Con esas dos iniciativas se quiere dar la impresión de estar incidiendo en la mejora de la condiciones del tráfico. ¿Pero en qué localidad se puede ver a un alcalde o a algún concejal usando la bicicleta para desplazarse por la ciudad que gobiernan? Yo no conozco ningún caso. Y el ejemplo del gobernante usuario habitual de la bicicleta sería un reclamo publicitario mucho más potente que todas las fiestas anuales y los carriles bici.

La triste realidad es que los pueblos de la Mancha están invadidos y a

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