Tomelloso

Carmen García, psicóloga tomellosera en la zona cero de Urda: «Me quedo con la generosidad de la gente»

La voluntaria de Cruz Roja estuvo desde los primeros minutos del accidente hasta las diez de la noche acompañando a víctimas y familiares y prestando apoyo psicológico en la zona cero de la tragedia

Francisco Navarro | Viernes, 30 de Octubre del 2026
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Carmen García es de Tomelloso, vive y trabaja en Toledo, donde tiene su gabinete de psicología, y lleva toda la vida vinculada al voluntariado. El miércoles, 28 de octubre, esa vocación la llevó hasta Urda, adonde llegó junto a sus compañeros del equipo de emergencias psicosociales de Cruz Roja apenas unos minutos después de recibir la activación del 112.

Allí permaneció hasta las diez de la noche, acompañando a viajeros heridos, personas que acababan de vivir una experiencia traumática y familiares que aguardaban noticias en medio de la incertidumbre. Detrás de la intervención profesional hubo también una mujer que tuvo que gestionar sus propias emociones mientras ayudaba a los demás.

Casi cuarenta y ocho horas después, todavía con la dureza de lo vivido muy presente, Carmen habla de miedo, de humanidad y de la generosidad que aflora cuando todo parece venirse abajo.

Había que llegar cuanto antes

El teléfono sonó y el equipo de emergencias psicosociales de Cruz Roja de Toledo se puso en marcha. El accidente ferroviario de Urda acababa de ocurrir y, prácticamente tres minutos después del siniestro, el 112 activó a los profesionales. Había que llegar cuanto antes.

Carmen García, psicóloga tomellosera y voluntaria de Cruz Roja, forma parte de aquel dispositivo. El trayecto desde Toledo hasta Urda fue el preludio de una jornada que se prolongaría hasta las diez de la noche y que dejaría una huella difícil de explicar con palabras.

El equipo se dirigió al pabellón donde se esperaba recibir a los heridos leves y a las personas que habían salido ilesas del accidente. Después fueron llegando también los familiares. Allí, mientras los servicios sanitarios atendían las lesiones físicas, los psicólogos comenzaron una labor menos visible, pero fundamental, la de ayudar a las personas a afrontar lo que acababan de vivir.

La primera necesidad era ofrecer a cada afectado el apoyo que requiriera en aquellas circunstancias. No todos reaccionaban de la misma manera. Algunos estaban en estado de shock y todavía no eran plenamente conscientes de lo sucedido; otros sentían miedo, tristeza, enfado o preocupación por sus familiares. «Había personas en situaciones muy distintas. Nuestro trabajo era acompañar a cada una en lo que necesitara en ese momento», explica Carmen al recordar aquellas primeras horas.

Una silla, seis horas de espera y alguien que pregunta tu nombre

En el pabellón de Urda hubo escenas que ayudan a comprender la dimensión humana de aquella jornada. Personas que habían viajado en tren sin sus familiares, que no sabían cómo llegarían a casa o que necesitaban confirmar que los suyos conocían su situación. Algunas tenían heridas; otras, aunque físicamente estuvieran bien, acababan de atravesar una experiencia que necesitaban empezar a asimilar.

«Cuando empezaron a llegar los heridos, los más leves, claro, no había nadie para recibirlos, salvo nosotros», recuerda Carmen. Los viajeros procedían de distintos lugares y muchos se encontraban lejos de sus casas, sin saber todavía cuándo podrían reunirse con sus familias. El equipo intentaba ayudarles a contactar con sus seres queridos y ofrecerles algo de tranquilidad en medio de aquella incertidumbre.

La atención comenzaba con gestos sencillos como acercarse, preguntar, conocer sus nombres y hacerles saber que podían contar con alguien. Carmen recuerda a una joven de Cádiz que permaneció unas seis horas sentada en una silla hasta que llegó una persona a recogerla. Durante ese tiempo, el acompañamiento consistió también en compartir la espera y mantener el contacto para que no tuviera que afrontar sola aquellas horas.

Con el paso del tiempo se iba creando una cercanía que permitía comprobar cómo evolucionaban los afectados. Carmen podía acercarse a quienes ya conocía, preguntarles si estaban mejor o si por fin había llegado su familia y recibir, a veces, una sonrisa como respuesta. La situación seguía siendo difícil, pero al menos algunos empezaban a recuperar cierta tranquilidad.


En aquellos momentos, la labor de los psicólogos no consistía en ofrecer grandes explicaciones, sino en estar disponibles. «Te acercas, les preguntas cómo están, si su familia sabe que están bien, si necesitan algo. Les dices que estás ahí y que pueden contar contigo», cuenta Carmen. Para alguien que acaba de sufrir un accidente y se encuentra solo, lejos de casa y sin saber qué va a ocurrir, esa presencia puede ser fundamental.

La intervención también alcanzó a los familiares. Carmen y sus compañeros acompañaron a la Guardia Civil en la comunicación de algunos fallecimientos, mientras otras compañeras se desplazaron hasta el lugar del accidente para prestar apoyo psicológico a los profesionales que trabajaban allí. La emergencia exigía atender necesidades distintas y mantener el dispositivo activo durante horas.

La emergencia termina, pero las emociones siguen ahí

El trabajo de los equipos de emergencias psicosociales tiene el objetivo inmediato de proporcionar apoyo en el momento de mayor impacto emocional. No sustituye a un tratamiento psicológico posterior ni permite realizar un seguimiento individualizado de todas las personas atendidas. Por eso, una vez superada la fase inicial, es importante que quienes sigan experimentando síntomas que les dificulten recuperar su vida cotidiana puedan buscar ayuda profesional.

Carmen conoce bien ese proceso desde su trabajo en el gabinete de psicología que tiene en el casco histórico de Toledo. Allí atiende a personas que atraviesan dificultades muy diferentes, pero que comparten la necesidad de encontrar herramientas para afrontar aquello que les está pasando. En Urda, sin embargo, la prioridad era ayudar a los afectados a atravesar las primeras horas después del accidente.

La formación permite actuar, pero no elimina el impacto de lo vivido. Durante una emergencia, la concentración y la adrenalina ayudan a responder a las necesidades más urgentes. Después, cuando llega el momento de regresar a casa, aparecen las emociones que han quedado en segundo plano.

Carmen recuerda que el equipo emprendió el viaje de vuelta a Toledo prácticamente en silencio. «Por mucha formación y muchos simulacros que hagas, la realidad siempre supera lo que has trabajado. Son situaciones para las que te preparas, pero cuando estás allí te das cuenta de lo que significan de verdad», reflexiona.

La psicóloga tampoco oculta el desgaste que supone una intervención de estas características. En el momento de actuar, el equipo debe concentrarse en las personas que necesitan ayuda. Las emociones propias quedan en un segundo plano, aunque no desaparecen.

«La vida está para mojarse»

Cuando le pregunta el periodista por qué dedica parte de su tiempo libre a atender a personas que atraviesan situaciones tan difíciles, Carmen no necesita darle muchas vueltas. «Yo llevo toda mi vida formando parte del voluntariado», responde.

Su relación con el voluntariado comenzó en Tomelloso. «Yo creo que la vida está para mojarse. No voy a salvar el mundo, pero voy a intentar salvar mi mundo», dice. Hay una frase de Eduardo Galeano que resume esa manera de entender las cosas, «mucha gente pequeña, en sitios pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo».

En Urda, esa idea tomó forma en las horas de acompañamiento, en las llamadas a las familias y en la atención a quienes tuvieron que esperar sin saber cuándo podrían volver a casa. Gestos pequeños frente a una tragedia enorme, pero que adquieren todo su valor cuando uno se encuentra en una situación así.

La psicología también debe estar al alcance de todos

Ese compromiso se prolonga en su trabajo diario como psicóloga. Carmen utiliza las redes sociales, los talleres y las actividades colectivas para acercar herramientas de bienestar emocional a personas que quizá no podrían acceder a una terapia individual. «Una terapia individual no se puede comparar con un taller, pero estas actividades permiten acercar recursos psicológicos a personas que, por sus circunstancias o por su situación económica, quizá no podrían pagarse un tratamiento», explica.

En su consulta observa que la preocupación por la salud mental alcanza a generaciones muy distintas. «Tengo chavales de 20 años, con empleos precarios, que van guardando dinero para poder pagarse sus sesiones. Para ellos supone un esfuerzo enorme», cuenta. Esa realidad le confirma que cada vez hay más personas dispuestas a cuidar su salud mental, aunque no siempre tengan fácil acceso a la atención que necesitan.

Carmen cree que la sociedad está empezando a comprender que el bienestar físico y el psicológico van unidos. «Si ponemos el foco en la salud física, también tenemos que dedicarle atención a la salud mental. No podemos separar una cosa de la otra», señala.

La terapia no cambia necesariamente las circunstancias que nos rodean, pero puede proporcionar recursos para afrontarlas de otra manera. «La vida es la que es, pero en terapia puedes aprender herramientas para relacionarte con ella de otra forma y ser un poquito más feliz», resume.

La generosidad que aparece cuando todo se detiene

Al preguntarle con qué se queda de la jornada de Urda, Carmen lo tiene claro «con la generosidad de la gente». Habla de cómo se volcó el pueblo de Urda y de la ayuda que llegó también desde las localidades de alrededor. Durante buena parte del día, las comunicaciones fallaron y apenas pudo consultar el teléfono. Cuando finalmente tuvo acceso a sus mensajes, encontró a muchísimas personas preguntando qué podían hacer para colaborar.

Pero la generosidad no estaba únicamente fuera del pabellón. También se manifestaba entre quienes acababan de sufrir el accidente. A pesar del miedo y de la incertidumbre, algunos viajeros preguntaban por las personas que tenían al lado, se preocupaban por otros afectados o pensaban en la angustia que estarían sintiendo sus familiares al no tener noticias.

Recuerda especialmente la paciencia de quienes tuvieron que esperar y la preocupación que seguían mostrando por los demás incluso en una situación tan difícil. «Había personas que estaban preocupadas por otros viajeros, por alguien que tenían al lado y del que no sabían nada, o por cómo estaría su familia sin noticias. Incluso en esas circunstancias seguían pendientes de los demás», cuenta.

Esa actitud le dejó una impresión profunda. En medio del dolor también encontró personas dispuestas a ayudar y otras capaces de aceptar esa ayuda, incluso cuando todo lo que les estaba ocurriendo resultaba difícil de asimilar. «Me gusta pensar que somos más los buenos que los malos. En situaciones así se ve la generosidad de la gente, tanto de quienes quieren ayudar como de quienes se dejan ayudar», dice. Y sin pensarlo, remata «quiero creer que podemos tener un mundo mejor».

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