El enigmático e inquietante
tema de la muerte ha estado siempre muy tenido en cuenta por todas las
civilizaciones. No es para menos, porque si a todos nos preocupa el futuro,
mucho más lo que será de nosotros después de la muerte.
Sin embargo, en nuestra época,
la tendencia que parece querer imponerse por diferentes vías es vivir ajenos al
pensamiento, a la reflexión y a profundizar sobre el sentido de la vida. Para
muchos, la vida transcurre aplicando el cuestionable carpe diem para
soslayar la pregunta de para qué vivimos.
Es mejor vivir, o querer vivir,
con una inmadurez supina en «Los mundos de Yupi», haciendo guiños, burlas y
demás banalidades aparentemente graciosas a la muerte. Halloween es un ejemplo
preciso. Esta celebración, implantada ya en España con un claro sometimiento
aparentemente ingenuo entre nuestros niños y jóvenes, tiene ya un claro
asentamiento. ¡Como si a niños y jóvenes, a sus edades, les supusiera un trauma
el fin de nuestra existencia! El descreimiento de la trascendencia será el
denominador común de las próximas generaciones si no cambian las tornas; o
dicho con más sentido de la responsabilidad, si los que creemos que la muerte
es el comienzo de una nueva vida, infinitamente mejor de la que nos desprendemos,
no somos capaces de transmitir aquello que nos mueve y da sentido a nuestras
vidas.
Aun así, la realidad de la
vida, a veces tan cruda, interpela este nuevo posicionamiento. Todavía lo
estamos experimentando estos días con el fatídico accidente ferroviario en
Urda, donde 69 personas han perdido la vida. No creo que los jaleadores de
Halloween consigan consolar a las familias de las víctimas convenciéndolas de
que a la muerte se la oculta de nuestras mentes con ironías, burlas y mofas. El
«ja, ja, ja» no se dará en las postrimerías de nuestras vidas. Llegará el
último momento para todos, y el recuerdo de la risotada de la famosa calabaza
iluminada no será suficiente para despedirnos de esta vida con «buen rollo»,
por decirlo de una manera distendida.
Antonio García, el farmacéutico
de Urda, relata una conversación entre un herido en el accidente y su mujer.
Viendo próximo el fin de su vida, él le dice: «Maite, quiero que sepas que te
quiero muchísimo. El Señor es bueno, siempre está con nosotros y nunca nos
abandona. Que Dios te bendiga, te cuide y te llene de amor y paz». Después se
supo que Mario había salvado la vida; pero sus palabras ante la cercanía de la
muerte distan mucho de lo que esta fiesta importada —a la que yo llamaría una
«invasión del descreimiento»— quiere inculcar en las conciencias.
No solo hay una respuesta a la
muerte, sino una victoria contundente y definitiva que tuvo lugar hace veintiún
siglos. Fue a las afueras de Jerusalén. El único armamento, un madero. El
protagonista, Jesús de Nazaret. Murió en una cruz. Sus seguidores fueron los
hombres más frustrados de todos los tiempos, pero solo por unos días porque al
tercer día resucitó. Nos lo recordaba en la homilía del Domingo de Pascua el
Papa León XIV: «El poder de la muerte no es el destino último de nuestra vida.
Estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en
Cristo resucitado también nosotros hemos resucitado». Aquí no hay truco, sino
trato, porque Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.
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Lunes, 2 de Noviembre del 2026
Martes, 3 de Noviembre del 2026
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