Opinión

Trato sin truco

José Vicente Cepeda Plaza | Martes, 3 de Noviembre del 2026
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El enigmático e inquietante tema de la muerte ha estado siempre muy tenido en cuenta por todas las civilizaciones. No es para menos, porque si a todos nos preocupa el futuro, mucho más lo que será de nosotros después de la muerte.

Sin embargo, en nuestra época, la tendencia que parece querer imponerse por diferentes vías es vivir ajenos al pensamiento, a la reflexión y a profundizar sobre el sentido de la vida. Para muchos, la vida transcurre aplicando el cuestionable carpe diem para soslayar la pregunta de para qué vivimos.

Es mejor vivir, o querer vivir, con una inmadurez supina en «Los mundos de Yupi», haciendo guiños, burlas y demás banalidades aparentemente graciosas a la muerte. Halloween es un ejemplo preciso. Esta celebración, implantada ya en España con un claro sometimiento aparentemente ingenuo entre nuestros niños y jóvenes, tiene ya un claro asentamiento. ¡Como si a niños y jóvenes, a sus edades, les supusiera un trauma el fin de nuestra existencia! El descreimiento de la trascendencia será el denominador común de las próximas generaciones si no cambian las tornas; o dicho con más sentido de la responsabilidad, si los que creemos que la muerte es el comienzo de una nueva vida, infinitamente mejor de la que nos desprendemos, no somos capaces de transmitir aquello que nos mueve y da sentido a nuestras vidas.

Aun así, la realidad de la vida, a veces tan cruda, interpela este nuevo posicionamiento. Todavía lo estamos experimentando estos días con el fatídico accidente ferroviario en Urda, donde 69 personas han perdido la vida. No creo que los jaleadores de Halloween consigan consolar a las familias de las víctimas convenciéndolas de que a la muerte se la oculta de nuestras mentes con ironías, burlas y mofas. El «ja, ja, ja» no se dará en las postrimerías de nuestras vidas. Llegará el último momento para todos, y el recuerdo de la risotada de la famosa calabaza iluminada no será suficiente para despedirnos de esta vida con «buen rollo», por decirlo de una manera distendida.

Antonio García, el farmacéutico de Urda, relata una conversación entre un herido en el accidente y su mujer. Viendo próximo el fin de su vida, él le dice: «Maite, quiero que sepas que te quiero muchísimo. El Señor es bueno, siempre está con nosotros y nunca nos abandona. Que Dios te bendiga, te cuide y te llene de amor y paz». Después se supo que Mario había salvado la vida; pero sus palabras ante la cercanía de la muerte distan mucho de lo que esta fiesta importada —a la que yo llamaría una «invasión del descreimiento»— quiere inculcar en las conciencias.

No solo hay una respuesta a la muerte, sino una victoria contundente y definitiva que tuvo lugar hace veintiún siglos. Fue a las afueras de Jerusalén. El único armamento, un madero. El protagonista, Jesús de Nazaret. Murió en una cruz. Sus seguidores fueron los hombres más frustrados de todos los tiempos, pero solo por unos días porque al tercer día resucitó. Nos lo recordaba en la homilía del Domingo de Pascua el Papa León XIV: «El poder de la muerte no es el destino último de nuestra vida. Estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en Cristo resucitado también nosotros hemos resucitado». Aquí no hay truco, sino trato, porque Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.

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