Tomelloso

Arroz con Costra actualiza a Molière y convierte «Las preciosas ridículas» en un espejo de las redes sociales

La compañía ilicitana divirtió al público del Marcelo Grande con una entretenida adaptación que demuestra la vigencia de los clásicos

Francisco Navarro | Martes, 3 de Noviembre del 2026
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«Los clásicos —por eso lo son— nunca pasan de moda», aseguraba Marcos Altuve sobre el proscenio del Teatro Marcelo Grande, minutos antes de que comenzara la representación de «Las preciosas ridículas». La compañía ilicitana Arroz con Costra puso en escena este lunes festivo la punzante comedia de Molière, una sátira de la vanidad y las apariencias que, casi cuatro siglos después de su estreno, sigue teniendo mucho que decir. Y, a juzgar por lo visto sobre las tablas, también mucho de lo que reírse.

Altuve, director de la función y adaptador del texto de Poquelin, explicó antes de levantarse el telón que la crítica que el prolijo autor francés dirigía a la alta sociedad de su tiempo, a su banalidad y a sus desmedidos anhelos de aparentar, puede trasladarse perfectamente al siglo XXI. Basta con cambiar los salones aristocráticos por las redes sociales. Las ansias de conseguir likes, la virtualidad de nuestras existencias y la necesidad de exhibir ante un dispositivo móvil una vida que quizá no sea tan deslumbrante como parece alcanzan, en ocasiones, cotas de ridiculez enfermiza.

El público se divirtió con la función. Aunque habría que replantear la frase. El público se divirtió con la función, pero una parte del respetable más que otra. Los más jóvenes, quienes manejan el lenguaje de las redes, viven el social media como algo natural y se desenvuelven entre likes, follows, engagement, hashtags, reels, stories, directos o filtros, se lo pasaron especialmente bien. Quienes solo tenemos diez amigos en Facebook y escribimos los WhatsApp con un dedo necesitamos quizá algo más de tiempo para descifrar tanta modernidad. Las personas de juventud prolongada, que dijo Altuve, nos reímos, ma non troppo.

Y es que «Las preciosas ridículas» constituye una magnífica oportunidad para que el público más joven se acerque al teatro. La propuesta de Arroz con Costra tiende un puente entre el siglo XVII y nuestros días sin convertir el clásico en una pieza de museo. Al contrario, lo despoja de solemnidad y lo acerca a un universo que los espectadores reconocen perfectamente.

Molière tenía razón, también en la era de Instagram

La historia conserva el armazón de la comedia original. Magdelón y Cathos llegan a París en busca de amor y sofisticación, pero su obsesión por la moda, las apariencias y el lenguaje afectado las convierte en caricaturas de sí mismas. Se consideran mujeres extraordinarias, dignas de admiración y de un trato exquisito. Su tío Gorgibus, mientras tanto, intenta encontrarles pretendientes adecuados. La Grange y Du Croisy, hartos de sus desplantes, urden una venganza en la que el criado Mascarilla se hará pasar por un aristócrata, un falso marqués capaz de deslumbrar a las dos jóvenes con su impostada distinción.

Marcos Altuve traslada esa afectación al ecosistema digital. Los personajes barrocos conviven con móviles, mensajes, hashtags y un vocabulario tecnológico que irrumpe en el espacio escénico para buscar la complicidad del espectador. La palabrería de las redes se convierte en un nuevo lenguaje de la impostura. Cambian los complementos, pero permanece intacta la necesidad de aparentar.

La puesta en escena juega con esa dualidad. El vestuario, las pelucas, las cintas, los adornos y los postizos componen una exuberante caricatura de la sofisticación, mientras los intérpretes despliegan una expresividad gestual deliberadamente exagerada. Todo está al servicio de una farsa en la que los personajes parecen vivir por encima de la cotidianidad, empeñados en ser figuras excepcionales, casi divinas, merecedoras de la adoración de sus semejantes.

La escenografía y la dirección de Altuve, junto con la música, la iluminación y el vestuario, contribuyen a construir ese universo disparatado. La complicidad entre los cinco intérpretes que pisan el escenario —Allende García, Estefanía Botella, Gabriela Torres, Roberto Rodríguez y Adrián Rico— sostiene el ritmo de una función que encuentra en el gesto, la exageración y el juego con el espectador buena parte de su eficacia cómica. Los vídeos proyectados, con la participación de Paco Peraile y Jaime Contreras, completan la propuesta.

Guiños a Tomelloso y ovación final

Tampoco faltaron los guiños a la localidad. La compañía se acordó de Tomelloso, del propio Marcelo Grande, de la Virgen de las Viñas y hasta de Carmen Pitu López, presente entre el público. Pequeñas complicidades que hicieron aún más cercana una representación que, sin renunciar a la universalidad del clásico, supo mirar también a la platea que tenía delante.

Al final, Arroz con Costra recibió una gran ovación. Un reconocimiento a una propuesta que demuestra que los clásicos no necesitan permanecer encerrados en su época para conservar su fuerza. Molière se burlaba de quienes confundían la distinción con el artificio y el valor personal con la apariencia. Hoy quizá habría tenido que abrirse una cuenta en Instagram para seguir haciendo lo mismo.

Porque, entre pelucas, marqueses impostados y teléfonos móviles, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cuánto de lo que mostramos al mundo somos realmente nosotros y cuánto es puro escaparate? El dramaturgo francés dejó escrita la respuesta hace siglos. Solo hemos cambiado el filtro.

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