Fieles a la cita de los viernes nos hallamos Ciri y yo en la cafetería de costumbre y a la hora pertinente.
Faltamos la última tras aviso del colega de ausencia por causas mayores: Su señora le había pedido-ordenado acompañarla al cementerio, para adecentar las tumbas de los abuelos. La orden fue superior en determinación y graduación al sueño de la degustación cafetil y magdalenil.
Quería Ciri disculparse, pero no se lo he permitido, “lo primero es antes” y más en asuntos conyugales.
Me remuerde una duda irresoluble, junto a la razón que aportó mi amigo justificando su ausencia yace un rechazo irrefrenable hacia la fiesta de Halloween y un repudio al estilo fantasmal, sanguinolento, mugriento y de mal gusto de los aparentes muertos vivientes. Pero no puedo dirimir la causa real.
—Cualquier día de estos me hago ateo y me quito de preocupaciones —anuncia en voz muy baja mi compañero, después de la degustación imprescindible de los manjares situados sobre la mesa—, hay asuntos que me ponen la cabeza como una olla guisando un cocido.
Imposible refrenar la risa imaginando la comparación tan materializada de su cabeza, pero de inmediato rectifico y lo miro muy serio. Comprende y continúa:
—Pues con todo este lío de los muertos, las animas, rezar por las almas del purgatorio, las indulgencias plenarias, las parciales, las que liberan de tantos o cuantos años de penar. Es que me imagino a San Pedro sentado en una mesa, rodeado de ángeles con auriculares escuchando los rezos misas, trisagios, misereres, rosarios y toda clase de súplicas emitidas por los humanos en rescate de sus difuntos. Y cuidadito con que un espíritu alado de estos se equivoque y aplique la intercesión a un alma distinta de la del objetivo de la oración.
Ahora sí que no aguanto, me asalta una carcajada estruendosa, necesito taparme la boca con la servilleta, so pena de embadurnar al amigo de magdalena y café. Ciri continúa serio con su preocupación irresoluble.
—No te rías, —me reprende— porque mi respeto y veneración por todos los asuntos religiosos es innegable, a pesar de que los de esta línea me dan, como sabes, algo de desasosiego, cercano al insomnio nocturno.
—En esto no has avanzado desde tu niñez, y ya va siendo tiempo de superar el oscurantismo que te tortura.
Comprendéis amigos y amigas lectores que esta faceta de mi colega no es extraña, la sufren muchas personas. A él se le junta esa aprensión con la no inteligibilidad de la situación post mortem, o dicho de otro modo, el desconocimiento al pasar el umbral de la muerte.
Le palidece la cara y casi tartamudea, pienso que eso ya roza el absurdo, pero debo respetar sus sentimientos.
—¡A las buenas tardes, amigos!
Es Julián otro tertuliano, a veces nos acompaña, opina sobre los temas que tengamos entre manos y en muchas ocasiones nos orienta con sus opiniones muy acertadas.
—¡Buenas las tenga usted con nosotros! —Le respondo con sonrisa de bienvenida—, acerca una silla y siéntate.
—Gracias, por vuestra acogida. Os he visto muy desaforados, tú no paras de reírte y Ciri con cara compungida te comenta su angustia ante la negritud de los primeros días de noviembre y sus recordatorios de difuntos. He puesto atención no porque sea indiscreto, sino porque me interesa la temática.
Mientras me dedico a mi café y magdalena, el colega refiere y concreta de manera detallada la causa de su intranquilidad e incluso en algunos momentos miedo.
—Que tema tan difícil, porque no se trata de comprender con el entendimiento o razón, —interviene Julián inmerso ya en nuestra disquisición. Desde la sola inteligencia no comprenderemos nada, porque nos movemos en las coordenadas espacio y tiempo.
—Claro, no había caído yo en esta variante —aporta Ciri muy interesado y con gesto de pensador.
—En asuntos propios de religión un punto fundamental es que del Dios de Jesús no sabemos, ni podemos saber nada, lo dice Juan en su prólogo del evangelio: “A Dios nadie lo ha visto”. Y, lo poco que sabemos es lo que Jesús nos dice en el evangelio, para mí, —continúa Julián— cuando dice: “El Padre os ama”. No habla de un ser, una divinidad, nada concreto, se está refiriendo a su manifestación en el universo. Se manifiesta en cada persona, animal o cosa: una flor, un río, montaña, en la belleza, en la verdad, en el AMOR. Necesitamos diferencia que Él es AMOR, no el amor. Por eso no está separado de nosotros, en el cielo ...está tan cerca que compartimos identidad con Él. Por eso, para orar no es necesario ir a ningún sitio, observemos el universo en silencio y ... nos llenamos de Dios.
—¿Y qué tiene que ver esto que dices, Julián, con el tema de la muerte, oración por la ánimas, y todo lo que hemos hablado antes?
—Sencillo, querido Ciri. Si Dios es Amor y además es Padre ¿cómo va a tratar a uno de sus hijos o hijas cuando haya terminado su vida en la tierra, cuando la parte material de su persona haya muerto? ¿Qué haces tú cuando un hijo tuyo vuelve a casa?
—Le doy un abrazo apretado y muchos besos, también me gusta acariciarlo, con todo el cariño de que soy capaz.
—Pues de modo parecido, me imagino yo que hará nuestro Papá-Mama Dios, cuando nos reciba en el Cielo. Él no necesita que nosotros, los que quedamos todavía aquí, le digamos lo que tiene que hacer con las almas de nuestras personas queridas. No necesita misas ni rezos, esas son nuestras costumbres creyendo que el Dios de Jesús utiliza una justicia vengadora o distributiva.
Este Julián es extraordinario. Le doy un aplauso reconociendo la calidez y veracidad de sus palabras. Ciri sonríe. Entiende ahora que un padre y más Papá-Dios, siempre siente ternura por sus hijos, nunca les hará sufrir ni en el infierno (venganza contraria al Amor) ni en el purgatorio (invento medieval) para purificarnos.
La reunión termina con un abrazo de los tres y la alegría en nuestras mentes y corazones.
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Sábado, 7 de Noviembre del 2026
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