Opinión

Desentierran restos humanos junto a la laguna del Rey, pertenecientes al primitivo camposanto

Salvador Jiménez Ramírez | Jueves, 21 de Octubre del 2021

  A raíz de la Guerra de la Independencia, la expansión industrial española sufrió  significativos  reveses. Entre las industrias textiles, telares laneros, molinos y otras, cabe incluir los Antiguos Molinos o Fábrica de la Pólvora de Ruidera, que en 1831 se arrendaban a los “Señores Cárdenas y Compañía”. Años más tarde los Carlistas prenden fuego a los Molinos y tras multitud de vicisitudes e inconvenientes, “Llano y Compañía” sucedía en el arrendamiento de la Fábrica a los “Señores Cárdenas y Compañía”. “Llano y Compañía”, el año 1847, en colaboración con los escasos y desventurados habitantes de la aldea de Ruidera: unos ciento cincuenta, avecindados en cuarenta y dos casucas con las techumbres de carrizo; muraron lo que sería su primer  cementerio, (dos círculos en la izquierda de la foto) en terreno de la Cañada Real de Los Serranos y Descansadero de Ganado; a escasos metros de la Laguna del Rey, donde también estaban Las Eras para trillar la poca mies que los vecinos cosechaban... El último enterramiento, en aquella modesta necrópolis, fue el de Hipólito Bascuñana, de ochenta y siete años de edad; el 20 de Noviembre de 1970.

  Allá por el año 1967, los terrenos Descansadero de Ganados y Las Eras, fueron vendidos a particulares por el Ayuntamiento de Argamasilla de Alba; figurando entre los compradores Rosa Ricardi, conocida como “La Italiana”, que prometía un fantástico complejo urbanístico para transformar la entonces aldea de Ruidera. Pero el camposanto era un estorbo junto a las rumbosas obras; por lo que la demolición se llevó a cabo con el beneplácito de todos los organismos y políticos de chichinabo  de la época… Y como nosotros, los vecinos, por lo que más pugnábamos era por ver quién era el más rico…; pues a “tragar y a hacer la vista gorda…”.


  En los años 1968-1970, con aportaciones de 1200 pesetas por vecino o “echando un jornal”, se construyó el nuevo y actual cementerio; donde el primer vecino fallecido que se sepultó fue Pedro Amador, de 59 años de edad; el día 22 de Diciembre de 1970.

  El miércoles día 6 de Mayo de 1981, con maquinaria pesada, comenzó la demolición del antiguo camposanto, por cuenta de Rosa Ricardi (con algún que otro “aporte” que nos fue imposible conocer) y traslado, a la flamante necrópolis, de las partes de los cadáveres que, más “llamaban la atención”; principalmente cráneos, depositados en sacos de plástico; sin ninguna consideración y respeto hacia aquellos restos humanos de nuestros ancestros… Otros vestigios óseos eran ignorados totalmente y se depositaban en la orilla de la Laguna del Rey. Con gran desprecio, dejaban cadáveres destrozados y tapados en los sedimentos, sin realizar la monda como era debido; transgrediendo todo lo contemplado en el Reglamento de Policía Mortuoria, principalmente el artículo 33 del Decreto 20 de Julio de 1974. Allí, la única estela, monolito o placa recordatorio, que se instaló para honrar la memoria de aquellos humildes aldeanos (no había ningún politicastro enterrado) fue un ciprés que, poco a poco, lo abrasaron con ácido muriático o “espíritu” de sal.

  Actualmente se están realizando trabajos, de zanjado para el soterramiento de tendidos eléctricos de estructura aérea, pero, paradójicamente, el trazado de la canalera o trinchera, ha sido proyectado, atravesando el perímetro de aquel camposanto; sin buscar otras posibles alternativas; por lo que al comenzar a excavar o trepanar en su superficie,  de nuevo los restos de los cadáveres han sido perturbados en sus humildes ataúdes de tierra. Por ello, como ya dijimos en otras publicaciones, la metáfora del existir y del morir de aquellos nuestros antepasados, que se merecían ser tratados con más dignidad, no debe concluir con el atropello que, con sus esqueletos y memoria, se ha venido cometiendo.  

  En una ocasión dijimos que nada permanece en un mismo estado, ni un solo instante; pero todas las sociedades, hasta las más “salvajes”, han manifestado un profundo respeto por los restos de sus difuntos… Toda la historia funeraria de la etnia social ruidereña, hasta prácticamente nuestros días, ha estado ahí en ese arramblado “Corralón de los muertos”, como se le llegó a llamar, para justificar su bárbara demolición… 

 

 

Materia aparecida, para con ella esculpir, aunque indefinibles, imágenes eternas en nuestros sentimientos…

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