Opinión

Renegado

Gera Miller | Lunes, 23 de Mayo del 2022
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Bajo a la calle con los auriculares puestos.

Me los coloco antes de atravesar la puerta del piso. Justo en el marco comienzo a subir el volumen hasta un umbral que sea lo suficientemente bajo como para poder oír despedirme y al final tan alto como para no escuchar el portazo.

Camino por el pasillo diez metros escasos hasta que pulso el botón de llamada al ascensor. Se ilumina en rojo. Espero. Llega y se abre la puerta. Le doy rápidamente y repetidamente al botón de planta baja. Noto ese vacío de gravedad de pocos segundos cuando se desplaza hacia abajo y enseguida se abre la puerta.

Ha habido suerte, no he tenido que compartir este viaje de un minuto con nadie.

Salgo por el portal del bloque a la calle y ya me empieza a llegar el sonido ambiente de la avenida. Coches de fondo, bullicio y tintineos del vidrio proceden de la gente que está en la terraza del bar que hay bajo casa. Se intuye el murmullo de las charlas de los que pasean y especialmente se escucha a los pesaos que se pasan el día arreglando España, sentados en el banco frente a la puerta principal, mientras trasiegan litros de cerveza y apuran las colillas.

Como detecto excesivo ruido ambiente, subo otro poco el volumen de los auriculares. Ahora ya si, ya no puedo ni escuchar mis pensamientos.

Salgo a mano izquierda, dirección al supermercado. Llevo la lista de la compra en una nota del móvil.

Comienzo a caminar de forma decidida la escasa distancia que me separa de mi objetivo.

A ver cómo explico esto…

Voy absorto. Si pasas a mi lado ni te voy a ver. Me inunda una ceguera social que me impide ver más allá de la siguiente baldosa que voy a pisar. Es una decisión consciente, miro al frente, pero hacia abajo. Eludo los ojos de la gente. Los que pasan no me ven, o si, pero me da igual porque yo no lo hago.

Me ahorro el saludo pasante, ese saludo que no es ni un hola, sino un adiós que se dice mientras continúas caminando y te giras levemente. Pues ni ese saludo voy a dar. Si no te andas listo puedes acabar en un qué tal, como va tu padre, tu madre, tu pareja y tu vete tú a saber. Preguntas sin hambre. Para continuar con una conversación insulsa llena de clichés sociales, frases hechas y deseos de buena voluntad. El tiempo es oro y mi tesoro lo guardo encerrado en casa.

Por la acera de enfrente veo a lo lejos alguien que creo conocer, así que agacho más la cabeza y acelero el paso. Por mi visión periférica veo que gira la cabeza y posiblemente me haya visto. Sigue mirando. ¿Cómo lo sabes si tú no miras directamente? Es algo que se nota, se sabe, no ves porque no observas directamente, pero si intuyes las formas borrosas y el movimiento, hasta parece que te duele la cabeza del lado que te están mirando y están esperando que te gires para alzarte la mano. Hacerme el despistado es la estrategia.

 

A los pocos segundos, alguien más pasa cerca y con la misma de antes noto que se gira un poco, yo creo que me ha reconocido de algo, quizá ya es paranoia. Pero ni él ni yo vamos a tener tiempo de pensar mucho más, porque en una jugada maestra me cruzo por el paso de peatones al otro bulevar de la avenida, cuando veo que la persona que pasaba por enfrente ya se ha alejado lo suficiente.

Éxito.

Continúo. Más gente esperando a comprar el pan, o hablando cerca de las mesas de los bares, ya incorporados, cuando termina el café o cuando están a punto de empezar la cerveza. Los esquivo a todos. Medalla de oro para este atleta de la indiferencia.

Mi avance es felino, lento pero constante, sin hacer ruido, sin perturbar a nadie. Sin perturbar el ambiente ni robarle ni un segundo de sus vidas a otras personas.

No lo he comentado, pero por mis auriculares si hace buen día lo que sonará es música, posiblemente rock o punk. Punk ligero no se vayan a pensar. Si es en inglés mejor, porque así no me detengo en las letras. Pero el sonido estridente de las guitarras y los gritos me ayudan a animar el paso.


Hace sol, pero no hace calor. Es el tiempo perfecto. Cuando la gente no sabe si ponerse en manga corta o llevar chaqueta, porque no ha visto venir la primavera, parece que todavía no salen tanto. Abril es la fecha clave. Me viene genial porque reduce la afluencia de personas presentes en la vía pública y así el riesgo de contacto visual, táctil, sonoro, olfativo o de cualquier tipo (aunque no creo que nadie piense en ir por ahí pegando lametones).

 

Me da alergia el contacto social. No es broma. En una conversación que dure más de dos minutos empieza a enrojecérseme la piel. Si se llega a los cinco minutos ya me estaré rascando. El único tratamiento es evitar el contacto con lo que produce el sarpullido.

Por fin llego al supermercado. Será rápido. Aquí las herramientas de distracción son todavía más potentes: escoger bien la fruta, elegir una marca de arroz u otra, mirar las fechas de caducidad, alzar la ceja al ver los precios, comprobar en la pantalla del móvil la lista de la compra. Son muchas las herramientas que me ayudan a no verte, a que no me veas o a que si me ves pases de mí porque comprobarás que estoy muy concentrado. Es estupendo.

El primer y único buenos días de la mañana de este sábado se lo lleva la cajera. La saludo mientras que bajo un auricular. Lo hago por respeto a su trabajo. También me sirve a mí, porque necesito escuchar bien el resultado de la cuenta. Saco la tarjeta. Pago. Y hasta luego y que tengas buen día mientras me vuelvo a colocar mi auricular en su sitio.

A estas alturas ya se habrán dado cuenta de lo que van estas letras y estarán pensando que las escribe un “asqueroso” o un “antisocial”. Pero es que no es así. Yo no tengo nada de anti, no tengo nada en contra de nadie, ni tampoco en contra de la masa social. Es más fácil, no tengo desarrollado ese apetito del contacto con otras personas, me basta con la familia y cuatro amigos.

¿Fácil de entender?

No me da miedo la soledad, muy al contrario, me encanta mi claustro, disfruto de mi soledad, mi autosuficiencia, mi independencia, conectar con mis emociones y pensamientos. Incluso ocasionalmente apetecen esas conversaciones que duran horas, pero con una persona que tenga fondo, que haya palabras con calado. Por qué perder el tiempo eludiendo pensar. Por qué perder el tiempo buscando evadirse. Lo superficial me aburre y las apariencias me abruman. Soy asocial. No busco el contacto porque no lo necesito.

En cambio, llevo la sonrisa en la boca cuando veo a ese niño bromear con su madre. Me derrite la imaginación de esa niña hablando con su padre, aunque él esté demasiado ocupado pasando fotografías de las envidiables vidas de sus amigos en el móvil. Me despierta una simpatía enorme ver a esos señores de 70 años como pandilla de amigos hablando de la vida, de sus recuerdos, de sus problemas y hasta se me cae una lágrima si mencionan al que ya no va a sus parlamentos desde la semana pasada.

Podría poner ejemplos infinitos de lo maravillosos que podemos llegar a ser. Observar a personas tan puras y sin odio es estupendo. Aprecio sinceramente las relaciones humanas y me alegra la felicidad ajena.

La cosa es que mi experiencia directa no ha sido muy buena. En mi vida siempre me he sentido solo rodeado de grandes grupos. No comulgo con las ideas generales y tiendo no ser lo que esperan de mí. El resumen general es que parece que cada persona quiere algo de ti y mientras que se lo proporciones eres excelente, pero al revés no es así. La otra cuestión son los roles clásicos, siempre se erige un líder, siempre hay un gracioso/a, siempre hay un guapo/a, etc. ¿Qué careta tengo que ponerme yo? ¿Tengo que reírme de esa broma que no tiene gracia? ¿Tengo que ir donde no me apetece porque van los demás?

También hay un poco de auto-boicot. Sabes que tienes habilidades para ser como los demás y que muchas veces has encajado. Hasta con cierta popularidad. Has podido integrarte y destacar en algo. Que te valoren. Con el tiempo acabas aprendiendo que las relaciones humanas son sencillas. Pero escoges no usar tus herramientas.

Por otro lado, no soy pesimista, lo he intentado muchas veces. He cambiado de grupos. He conocido nuevas personas. Me he reencontrado con otras. Pero como vas y vienes al final se aburren de ti y eso termina por entristecerte. Unos te tachan de raro, otros de prepotente y la mayoría sencillamente no te entiende. También hay decepciones mutuas.

Por todo ello, práctico la distancia social desde hace años.

Después de esta reflexión personal que surge con la música, el sol, el paseo y la compra, enfilo por fin la vuelta a casa. Cojo aire y resoplo antes de que se terminen de abrir las puertas automáticas del establecimiento. Ahora veo la calle con claridad. Otra carrera de obstáculos más hasta casa. La vuelta será más lenta porque hay más peso del que esperabas y con los bultos se hace más complicado esquivar al personal.

Salgo y nada más pisar la acera pasa un coche con la ventanilla bajada. Me pitan y me saludan. MIERDA. Se ha desvelado mi coartada. Ya te puedes quitar los auriculares, ahora todos en la calle saben que existes.

 

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