Opinión

El tomellosero melómano

Juan José Sánchez Ondal | Viernes, 4 de Abril del 2025
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Ya en el artículo TOMELLOSO EN EL MADRID CÓMICO IV. LAS DE TOMELLOSO Y PEPITO TOMELLOSO, (La Voz de Tomelloso, 6 oct 2022) traje a colación artículos del periodista, humorista y escritor Luis Taboada y Coca (Vigo, 6 de octubre de 1848-Madrid, 18 de febrero de 1906). De nuevo encuentro un escrito suyo en el que centra su humor en un supuesto o imaginario tomellosero, estrafalario operámano y fracasado hostelero, al que sitúa en una ciudad portuguesa. Taboada no desperdicia la ocasión, traída por los pelos, para dejar en el último párrafo de su humorada, una punzada política.

Esta vez acude a un extravagante personaje de Tomelloso en la sección “EN BROMA” de El Imparcial de 23/8/1898.[1] 

Tras referirse a la abundancia de sesiones líricas por la mañana, tarde y noche, con las que los fanáticos de la música estarán allí de enhorabuena, escribe: 

“Hay aquí un señor de Tomelloso que goza lo indecible oyendo tocar fantasías de ópera. Siempre que un sexteto ejecuta algo del Trovador, rompe a llorar como una criatura, porque dice que se acuerda de cuando estaba en Madrid estudiando la cirujía (sic) menor; y lo que más rabia le da es que los oyentes no guarden el necesario silencio. La otra noche los músicos tocaban el famoso Miserere, y el de Tomelloso lo oía con verdadero arrobamiento. De pronto, al llegar el canto dulcísimo en que el tenor se despide de su amada, un niño de pocos meses comenzó a dar berridos, pidiendo desesperadamente el dulce jugo materno.

—¡Que maten a ese niño! — gritó el fanático por la música—y tuvieron que sujetarle entre todos, pues quería arrojarse sobre la criatura y destrozarla.

El de Tomelloso no se ve harto de música, y se pasa el día hablando con los profesores, cuando éstos descansan.

El otro día, con motivo de la función a la Virgen, quiso llevar por su propia mano desde el café Chinés al coro da la iglesia, el violoncello de Calvo, y lo llevó, henchido de orgullo. Ahora está viendo la manera de irse a vivir con uno de los contrabajos, y casi todos los
días le dice:

—¿A Vd. qué más le da? Me manda Vd. poner una camita en cualquier sitio. Yo lo que quiero es vivir cerca de Vd. y oírle ensayar.” 

Tal vez, en este punto, se le fue a don Luis la inspiración sobre los excesos musicales del manchego, o le vino al magín algún otro recuerdo bufo que atribuir al innominado tomellosero y le asignó esta distinta serie de excentricidades:  

“A este pobre señor le han pasado las cosas más serias del mundo; pero él, en dándole música, todo lo demás le importa un rábano.

Vino a Espinho hace dos meses a abrir un café y en vista de que nadie tomaba nada, tuvo que cerrarle.

Todas las noches decía al cocinero:

—Manolo, tenga Vd. ocho chocolates hechos, por si vienen parroquianos.

El cocinero obedecía, y el de Tomelloso comenzaba a pasear per el establecimiento esperando al público.

 Trascurría una hora, y nada; transcurría otra hora, y lo mismo, hasta que él, por no desperdiciar los chocolates, se los iba sorbiendo uno tras otro con la mayor amargura del mundo, y hubo noche en que se tomó diez, a consecuencia de lo cual tuvo una irritación tan grande, que le dieron los Sacramentos.

Pero no se murió, y lo primero que hizo al verse salvado fue cerrar el café. Después comenzó a beberse los licores y a comerse poco a poco los azucarillos que le habían quedado, y por último, se trasladó a vivir a una fonda, donde continúa esperando que el músico se resuelva a admitirle en su casa.”

Ya, relleno el espacio periodístico acostumbrado en sus artículos con la morcilla del fracaso cafetero del inmigrado, recuperado éste del subidón de azúcar chocolatero y en cuadradillo y se supone que de las trompas licoreras que, por pocas existencias que tuviera, debieron ser grandes y frecuentes, Taboada vuelve al delirante despropósito operístico del tomellosano.

“La afición de este hombre por la ópera italiana llega hasta el delirio. A mí me ha dicho que en Tomelloso había un joven dependiente de ultramarinos que tocaba el acordeón y él le puso casa solo para tener el gusto de oírle tocar dos cosas de Rigoletto y una de Hernani. El joven, que era muy delicado, cogió un enfriamiento y se murió.

Desde entonces el de Tomelloso busca otro acordeón por el mundo y no lo encuentra.

Le hablaron de uno que hay en Lisboa, muy bueno, y quiso ir a buscarle, pero ha desistido al saber que el sujeto en cuestión es ministro de la corona.

 Y como cierre, en igualdad de países, Portugal y España (“aquí, como ahí”) la puya:

 Pues también aquí, como ahí, hay ministros cuyo mérito consiste solamente en saber tocar un instrumento cualquiera.

Luis TABOADA”

…………

[1] El Imparcial (Madrid. 1867). 23/8/1898, p. 2.

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