“¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!”
Con ese grito en gallego, fácil de entender, comienza una
novela que cuando se publicó en 1972 cambió, y cómo, el panorama literario
español, “La saga/fuga de J.B.” del genial Gonzalo Torrente Ballester. Un libro
difícil, no es de los que se pueden leer viajando en el tren o echados en la
cama, pero que hice mío en cuanto ojeé la solapa de la edición que en 1988 sacó
primorosamente a la calle el Círculo de Lectores, coincidiendo con el
quincuagésimo aniversario de la primera publicación de Torrente.
Verán, “Castroforte do Baralla es una ciudad misteriosamente
suprimida de la cartografía por una siniestra conspiración, está condenada a
desaparecer cósmicamente (levitación mediante). Solo puede ser salvada de tan
sorprendente fatalidad por un hombre cuyas iniciales sean J.B.”. Su característica más sobresaliente y que la
hace diferente al resto de las ciudades, es que cuando sus habitantes se ven
turbados por una emoción o preocupación general, la ciudad levita, flota en el
aire y comienza a elevarse. Es, Castroforte, “una ciudad a caballo entre la
existencia y la nada”.
A lo largo de toda la novela, la ciudad torrentina tendrá
que defenderse de la perfidia del pueblo de al lado, Villasanta de la Estrella.
El linaje de los J.B. (José Bastida,
Jacinto Barallobre, Jerónimo Bermúdez, etc.) encarna una misma trama a lo largo
de los siglos, enfrentándose a adversarios de la ciudad con “a” en su nombre.
No me digan que no les suena el argumento. Una ciudad que se
ha suprimido de la cartografía, que todos tratan de ocultar, a la que roban su
bien más importante, siempre en batalla con el pueblo de al lado, que cuando se
preocupan sus habitantes (salen a la calle para pedir lo que es suyo), la
ciudad levita y un J.B., que será quien la salvará.
¡Es Tomelloso, Castroforte de Baralla es Tomelloso!
La única diferencia con la imaginaria ciudad gallega es que
aquí no tenemos una saga de jotabés que nos salven de desaparecer. Tuvimos uno,
F. M., al que tampoco es que le hiciésemos mucho caso, todo hay que decirlo, pero
que a pesar de ello nos trajo el tren, pero acabó sus días en la inopia.
He vuelto este fin de semana a Torrente Ballester,
sorprendido, decepcionado, abatido por la poca consideración en la que se tiene
a Tomelloso (do Baralla, podríamos decir). Tan poca, que nuestros dirigentes
políticos hacen declaraciones —la última, del presidente regional sobre la
ampliación del Mancha Centro— sin importarles que a los tomelloseros nos van a
sentar como un jarro de agua fría.
Sistemáticamente, tirios y troyanos nos han dejado colgados
de la brocha. La de Tomelloso es una historia de decepciones, carencias,
enfados y melancolía, mucha melancolía. Y por mucho que busquemos una razón no
la encontramos, somos el tercer municipio de la provincia, el octavo de la
región y una ciudad que es contribuidora nata a las arcas del Estado (central,
autonómico, provincial y local). Es decir, echando mano de los injustos
argumentos que utilizan otros, pagamos más que recibimos. Y no voy a enumerar
nuestras carencias más allá del tren y la sanidad; todos sabemos lo que le
falta a Tomelloso, que no es poco.
¿Habrá una siniestra conspiración que nos impida tener lo
que nos merecemos como en “La saga/fuga de J.B.”?
¿Por qué a lo largo de la historia de Tomelloso ha habido
tan pocos J.B.? ¿Por qué la política, en el peor de los sentidos de esa bella y
necesaria dedicación, tiene que estar por encima de lo que es justo?
¿Por qué asumimos nuestra injusta situación? Y, por último, ¿por qué entre todos no hacemos que Tomelloso levite?
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