Cada
24 de enero, la comunidad internacional se detiene a mirar aquello que,
aun siendo cotidiano, sostiene silenciosamente todo lo demás: la
educación. No es una efeméride retórica. Es
una fecha que nos recuerda que educar no es un gesto accesorio ni un
servicio más, sino la condición de posibilidad de una sociedad libre,
justa y democrática. Como recuerda la UNESCO, sin educación no hay
desarrollo sostenible, ni igualdad real de oportunidades,
ni ciudadanía crítica.
Educar
es siempre una tarea compartida y, al mismo tiempo, profundamente
humana. La pensadora política Hannah Arendt advertía que se puede
enseñar sin educar, pero no educar sin enseñar.
En esa distinción late una verdad esencial: la educación no se reduce a
la transmisión de contenidos, sino que implica acompañar, orientar y
ofrecer sentido. Educar es ayudar a comprender el mundo y a comprenderse
en él, es ofrecer herramientas para pensar,
para convivir y para decidir con responsabilidad.
Nuestro
alumnado no es un mero destinatario pasivo del conocimiento. Es, y debe
seguir siendo, el centro del sistema educativo. Niñas, niños y jóvenes
que llegan a las aulas con preguntas,
inquietudes, miedos y talentos diversos. Sabemos —y la ciencia lo
confirma— que aprender es un proceso activo, emocional y social. Por
eso, la educación de hoy no puede basarse en la repetición mecánica ni
en el silencio impuesto, sino en la curiosidad, el
diálogo, la cooperación y el pensamiento crítico. Educar es enseñar a
preguntar, incluso —y sobre todo— cuando no tenemos todas las
respuestas.
En
ese camino, el profesorado ocupa un lugar insustituible. Enseñar es un
oficio paciente en una época acelerada, un oficio que trabaja a largo
plazo en un mundo que exige resultados inmediatos.
Las y los docentes organizan el saber, lo relacionan, lo contextualizan
y lo humanizan. Enseñan para la libertad, no desde la complacencia,
sino desde la exigencia justa; no desde la indiferencia, sino desde el
compromiso. Ninguna tecnología, por avanzada
que sea, podrá sustituir la mirada que detecta una dificultad a tiempo,
la palabra de ánimo necesaria o la firmeza educativa cuando es
imprescindible.
La
educación, además, no se agota en las aulas. Se construye cada día en
las familias, en los centros culturales, en las bibliotecas, en el
deporte, en el arte y en la convivencia cotidiana.
Es un entramado colectivo que transmite valores, memoria y futuro. Como
escribió Hesíodo hace más de dos mil años, la educación ayuda a las
personas a ser lo que son capaces de ser. Esa idea, antigua y vigente,
nos recuerda que educar no es moldear, sino abrir
posibilidades.
En
Castilla-La Mancha sabemos que la educación es un “bien verdadero”:
nadie puede arrebatarnos lo aprendido, lo pensado, lo comprendido. Por
eso, este Gobierno regional mantiene un compromiso
firme con una educación pública de calidad, inclusiva y equitativa.
Invertir en educación es invertir en cohesión social, en igualdad y en
futuro. Es apostar por centros mejor dotados, por profesorado formado y
reconocido, por inclusión educativa y por oportunidades
reales para todo el alumnado, viva donde viva y sea cual sea su punto
de partida.
Hoy,
Día Internacional de la Educación, es un día para agradecer y para
reafirmar convicciones; para agradecer al profesorado su profesionalidad
y vocación, a las familias su implicación
constante y al alumnado su esfuerzo diario; y para reafirmar una idea
sencilla y poderosa: la educación no es solo preparación para el mañana,
es ya una forma de construir el presente. Porque educar es cuidar, es
proteger y es confiar. Y porque una sociedad
que educa es una sociedad que no renuncia a sí misma.
Emiliano García-Page Sánchez
Presidente de Castilla-La Mancha
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Viernes, 23 de Enero del 2026
Sábado, 24 de Enero del 2026