El otro día en vi en la plaza a un niño que señalaba al
cielo y con entusiasmo gritaba “¡Mira, papá, un elefante!”. El padre levantó la
vista, miró las nubes y dijo: "Sí, hijo, un elefante". Yo también
miré. No vi trompa ni colmillos. Vi una nube. Una nube con forma de nube. Pero
nadie —ni el padre, ni un servidor— corregimos nada. Me quedé pensando que así,
exactamente así, hemos convertido la mentira política (el bulo, la mentira
piadosa, la mentirijilla, la verdad a medias, la falacia…) en algo natural
Llevamos años viendo elefantes donde solo hay nubes. Y los
periodistas —yo el primero, tengo que decirlo— levantamos la vista, asentimos y
tomamos nota. Luego lo publicamos con solemnidad: “Fuentes políticas confirman
la presencia de un paquidermo”. Ni preguntamos por el tamaño del animal, ni si
es macho o hembra, si es africano o asiático, ni señalamos (como en el traje
nuevo del emperador) que aquello es un amasijo de vapor de agua, no un elefante.
Porque decirlo sería tomar partido. Hemos decidido que la neutralidad consiste
en repetir todas las “verdades poliédricas”.
Un político afirma que el paro ha bajado cuando los datos
dicen lo contrario. Otro asegura no conocer a alguien con quien posa en más
fotos que con su familia. Y lo contamos así, con una equidistancia quirúrgica:
“El Partido A sostiene esto, el Partido B lo niega”. Como si las cifras del SEPE
fueran opinables. Como si dos y dos pudieran sumar cinco en función del cargo
que ocupe quien hace la cuenta.
Decimos que no queremos influir en la opinión pública, pero
al reproducir falsas verdades sin someterlas al mínimo contraste estamos
enseñando algo mucho más peligroso, que los cuentos salen gratis, que la
palabra ha dejado de tener peso. Aquí en Tomelloso y entre la gente del pueblo,
estas cosas las entendemos bien, hay que demostrar lo que se dice. Si alguien presume
que ha vendido las uvas el doble de caras que en la cooperativa le van a pedir
los “vales” y la liquidación. Y si algún comercio vende género de tercera a
precio de primera se queda sin gente. Pero en la res pública hemos suspendido
esa lógica. Hemos creado un territorio donde la mendacidad no solo se tolera,
sino que se da por descontada.
Estoy generalizando y esta, como todas las generalizaciones
es injusta. Hay honrosas excepciones de lo que digo. Me atrevería a decir que
son más los cargos públicos que no usan la trola como bandera. Pero los otros
hacen más ruido.
Quienes mienten lo hacen porque pueden y porque les compensa.
De todo esto, lo inquietante es que hemos asumido los periodistas el papel de
fedatarios de la trola. Levantamos acta, transcribimos declaraciones, reproducimos
comunicados de prensa y nos lavamos las manos. Orwell decía que el periodismo
consiste en contar aquello que alguien preferiría que no se cuente. Hoy parece
que consiste en difundir aquello que alguien quiere que se cuente, sea verdad o
no, siempre que luego se reproduzca también la versión contraria. Hemos
reducido el oficio a un servicio de mensajería.
Tal vez deberíamos volver a aquella plaza y a aquel niño
señalando el cielo. Un padre que deja que su hijo vea elefantes imaginarios
está alimentando su fantasía. Un periodista que deja que la sociedad vea
elefantes donde solo hay nubes está renunciando a su oficio. Está colaborando a
la desafección, poniendo un ladrillo más en el muro que separa a la ciudadanía
de la verdad. Y cuando ese muro sea lo suficientemente alto, ya no importará
quién gobierne ni qué prometa, porque nadie creerá nada.
Lo irónico es que el niño, con el tiempo, aprenderá que las
nubes son solo nubes. Los adultos, en cambio, parece que hemos olvidado que una
mentira sigue siéndolo, aunque muchos finjan verla con forma de elefante.
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Miércoles, 11 de Febrero del 2026
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