Soy hijo y hermano de agricultores. Por razón de edad, heredé el título de cooperativista, he tenido viñas sin pisarlas, nací y crecí entre vides, aunque desconozca el color de las pámpanas por haber arrimado mis intereses a otras lindes. En el alma me considero un agricultor por dos razones fundamentales que se encuentran en el camino: porque he vivido de la beneficencia de sus frutos y porque no es posible la vida sin agricultura, sin agricultores. El ser humano se desarrolló cuando conoció el beneficio de la agricultura. Esto lo saben todos excepto los que nos gobiernan, acaso por habernos deparado el tiempo presente malas añadas de gestores, individuos con másteres en todo menos en conocimiento de la vida.
Desde mi atalaya madrileña, contemplo con
admiración y envidia a los valientes que hoy, aupados a sus tractores, hacen
oir su protesta sabiendo en su interior que predican en el desierto. Yo, en su
situación, sería uno de ellos. Y, si en mi supuesto soñado, el arte de las
tijeras de podar se confabulara con el de la pluma, les pondría cada día las
peras al cuarto a los que dirigen nuestros destinos sin avales. Les díria a los
progresistas que la globalización es un genocidio que únicamente ha servido
para engordar a los pocos y arruinar a los muchos. No, el señuelo de que
nuestros socios de ultramar nos comprarán productos y servicios industriales
hasta igualar la balanza, no cuela con pocos dedos que tenga la mente. Al poco,
nuestra agricultura desaparecerá por imposibilidad de competir. Una ocupación menos para los jóvenes. Y
cuando los partos de nuestra industria sean caros por el continuo aumento del
precio a cuenta del estado del bienestar, inexistente allende el Atlántico,
dejarán de comprarnos y tendremos que comer tornillos. Que se lo digan al
textil catalán, al calzado alicantino... a tanto. Como antes y hoy, los
gestores se aprovechan de nuestra mala memoria: compra de voluntades mediante
subvenciones, ayudas hasta que se apaguen las voces. Para entonces ya no
tendremos campo que cultivar, como no tenemos ropa, calzado ni otros miles de productos propios.
Pero España va bien. Sí, si tenemos en cuenta que vivimos de pasear, entretener
y dar de comer a los foráneos que nos visitan. Honroso oficio.
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