“Resulta
verdaderamente sorprendente que la humanidad se halla globalizado y que todavía
no sepa vivir en paz. Quizás porque no se nos ha educado para la convivencia,
más bien para la conveniencia y el interés”.
Toca hacer propósito de enmienda y transformación honda. El
mundo está siendo atravesado por un creciente número de conflictos; que, en
lugar de cesar, toman más fortaleza; minando el espíritu armónico y la
seguridad internacionales, los derechos humanos y el desarrollo sostenible.
Indudablemente, la propagación del extremismo violento ha agravado aún más la
crisis humanitaria, que ya sobrepasa los límites de una determinada región. A
toda esta preocupación hay que sumarle, el retorno de la rivalidad entre las
grandes potencias. Menos mal que los jóvenes cuestionan cada vez más la
ortodoxia nuclear y el papel tradicional de las armas nucleares como garantes
de seguridad. Esto debe injertarnos esperanza y un mayor sentido de
responsabilidad.
El precio de la humanidad es el compromiso; y, el
conocimiento, debe hacernos ciudadanos de bien, comprometidos para restablecer
el diálogo y reducir los riesgos, pidiendo que se haga todo lo posible por
avivar la concordia. Sin duda, cuanto antes, debemos poner en orden nuestros
movimientos para encontrar sitio en las mentes y en los corazones, que
paralicen las contiendas y se ponga fin al enjambre de tragedias en curso a
través de las negociaciones, respetando el derecho internacional. Otro de los
pasos a seguir, considero que debe ser, la creación de un clima de confianza
entre territorios diversos, con la salvaguardia y la ejecución de la innata exigencia
universal, que parece ser el único camino para la tutela de la dignidad humana
en situaciones de enfrentamiento bélico.
Tanto la Estrategia Global de las Naciones Unidas contra el
Terrorismo, que conmemora este año su veinticinco aniversario, al igual que el
Plan de Acción de las Naciones Unidas para Prevenir el Extremismo violento, que
también celebra su décimo aniversario, nos recuerdan que no es suficiente con
reforzar las medidas de seguridad, se precisan además otras disposiciones
internas, cada cual consigo mismo, para poder cambiar de aires y volver a los
vientos armónicos, ampliando de este modo el espacio cívico. Desde luego, uno
tiene que aprender a reprenderse para poder convivir. Resulta
verdaderamente sorprendente que la humanidad se halla globalizado y que todavía
no sepa vivir en paz. Quizás porque no se nos ha educado para la convivencia,
más bien para la conveniencia y el interés.
El sencillo arte de vivir como hermanos aún no lo
cultivamos, generando una cruel atmósfera de frentes y fronteras, que nos dejan
sin palabras. Por desgracia, estamos más solos que nunca. Esta cultura
globaliza y unifica al mundo, pero divide a las personas y a las naciones, las
enfrenta haciendo prevalecer los intereses individuales y debilitando la
dimensión comunitaria y social de la existencia. La política ha dejado también
de ser la poética de servicio, la entrega generosa para el desarrollo de todos
y el bien común, convirtiéndola en un campo de batalla constante, con un juego
mezquino de descalificaciones, donde la mentira suele campear a sus anchas, sin
respeto alguno, ni consideración hacia nadie.
Por si todo esto fuera poco, por primera vez en más de
medio siglo, nos enfrentamos a un orbe sin límites vinculantes sobre los
arsenales nucleares estratégicos. Seguramente, la renovación deba comenzar por
imaginar un nuevo control de armas, ya que las tensiones geopolíticas aumentan
y el riesgo de uso de armas nucleares es el más alto en décadas. Debemos
invertir el rumbo, desarmarnos por completo y armarnos de paciencia, al menos
para atendernos y entendernos. Únicamente así, podremos salir de este aluvión
de agresividad vertida sin pudor alguno. Sea como fuere y, a pesar de estas
sombras densas que no conviene ignorar, nos queda saber conjugar el espíritu
positivo hacia cosas grandes, como la verdad y la bondad o la justicia y el
amor. Veremos, entonces, esclarecer.
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Jueves, 12 de Febrero del 2026
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