“La
falta de entendimiento, como el aluvión de ilegalidades sembradas, aparte de
generar un caos tremendo, nos están dejando una huella imborrable, tanto por su
presión como por la prisión de pulsos; y así, muchas gentes, tampoco son dueños
ya ni de sus propios pasos”.
En cada despertar tenemos que aprender a renovarnos, a
vivir los días sin la esclavitud del miedo y sin tener que renunciar a aquello que
uno quiera ser. En consecuencia, la libertad no es simplemente una concesión
que se nos concede, ni un privilegio que se nos injerta, es una costumbre que
ha de cultivarse como gozo existencial. Esta práctica crece con el amor que
vertamos, tanto en uno mismo como en los demás; puesto que la dimensión humana
y social es vital, siendo lo que nos da fuerza para ser justos y poder mirar el
bien común y no el interés privado. Hoy más que nunca, en esta era de la
globalización, necesitamos redescubrir esa grandeza comunitaria, que no radica
únicamente en soñarla, también hace falta vivirla, sin excusas y de modo
responsable.
Indudablemente, nadie puede ser perfectamente autónomo
hasta que sus análogos lo sean. Con razón, solemos afirmar que “mi libertad
termina donde empieza la tuya”. Es, precisamente, el vínculo de la cercanía y
del apoyo mutuo, lo que nos armoniza y embellece como seres pensantes. Con buen
corazón nada se resiste y todo se reorienta hacia el horizonte de la verdad; desde
luego un camino fatigoso, pero no imposible, que dura toda la vida. Los efectos últimos están ahí, en esos
absurdos bloqueos navales, como el del estrecho de Ormuz, ocasionando un
aluvión de inseguridades manifiestas que nos dejan sin palabras o esas
embestidas a vehículos de los cascos azules, que lo único que pretenden es dar
más seguridad y socorrer a ciudadanos empujados a la pobreza.
Sea como fuere, reconozco que liberarse de tantas cadenas,
como seres en camino que somos, nunca ha sido cómodo, ahora tampoco es fácil
llegar a la verdadera plenitud, con la unidad siempre y no con la uniformidad.
Respetemos las diferencias y confluyamos en lo armónico, abriéndonos al
universalismo, con una tecnología cada vez más avanzada, que ha de facilitar el
diálogo y no el enfrentamiento, preservando el alto el fuego con el llamamiento
a la diplomacia y al cese de hostilidades. La falta de
entendimiento, como el aluvión de ilegalidades sembradas, aparte de generar un
caos tremendo, nos están dejando una huella imborrable, tanto por su presión
como por la prisión de pulsos; y así, muchas gentes, tampoco son dueños ya ni
de sus propios pasos.
Por desgracia, cada día son más las personas detenidas
arbitrariamente por su labor pacífica en favor de los derechos humanos; lo que
debe hacernos repensar que la libertad no es un vivir según la carne o según el
instinto, los deseos individuales y los propios impulsos materialistas, los
vicios y los vacíos; al contrario, radica en estar en guardia, al servicio
permanente los unos de los otros. En efecto, no hay rescate sin amor, lo que
nos demanda a ser ecuánimes hasta con nosotros mismos. Una interlocución
abierta y franca contribuirá a superar las incomprensiones y las necedades
humanas. Por otra parte, bajo este clima general de emancipación responsable,
los diversos Estados han de ser al mismo tiempo promotores y vigorosos garantes.
Es verdad que nos hemos extendido, pero no hemos activado
las relaciones sanas, hasta el extremo que son muchas las ataduras opresoras
que debemos decidir abandonar. Nos damos cuenta de ello, cuando nos falta
esperanza y vagamos existencialmente perdidos y desolados a más no poder, sin
una tierra para la concordia y sin unos moradores hacia el cual encaminarnos
unidos. Es tiempo de reflexión, momento de abandonar las falsedades que nos
circundan, instante para detenerse, hacer un alto en el camino y nos saldrán,
sin duda, los buenos propósitos, fuera de los ídolos que nos abruman y fuera de
los apegos que nos encarcelan. Comencemos,
pues, por el castigo más honesto; que es aquel que uno mismo, se propone e
impone: el reprenderse.
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Jueves, 16 de Abril del 2026
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