Por fin descubrimos al sol luciendo sin miedo entre las nubes, disfruto de él mientras marcho al encuentro con el colega Ciri.
Han ocupado nuestra mesa de costumbre. Alguien, imposible de identificar, prefiero llamarlo ser viviente, porque animal salvaje no parece, con abrigo de piel de zorro y una careta de goma también con figura de fiera; es lo que aprecio, aunque igualmente podría ser algo parecido a un perro. De lo que estoy seguro es que no se trata de una mascota por el volumen que tiene y porque están prohibidas en la cafetería.
Tampoco puede ser una máscara solitaria, el carnaval terminó la semana pasada.
Comido por la impaciencia de conocer aquel engendro me acerco con precaución, pero no observo ningún detalle elocuente que me ayude a descifrar la visión que tengo delante. Oculta las manos en los bolsillos y sentado cerca de la mesa me resulta imposible conocer más.
No salgo de mi asombro, miro al camarero que se hace el despistado disimulando atender a una clienta. Me acerco a la barra y con gestos le inquiero sobre el “bicho” de la mesa; en respuesta encoge los hombros y arruga la cara tirando de las comisuras de la boca hacia abajo, pero ni una palabra que me saque del atolladero.
Decido sentarme en el lugar más cercano para que cuando se presente Ciri me vea y no se despiste.
—Guau, gua, guau.
Me he quedado de piedra. “Aquello” ha producido un sonido gutural como un ladrido de perro…
Con una pata terminada en una manopla también con piel marrón me señala la silla que habitualmente ocupo. Entiendo que quiere que me siente en ella. Lo hago.
Intenta acariciar mi mano mientras susurra una cadencia parecida a un gato feliz. Me da alferecía que me toque y no para, lo que ya no consiento es que restriegue también su cara en mi brazo. Doy un respingo y me pongo de pie agarrando una silla como defensa, no aguanto más la escena, necesito salir a la calle de inmediato.
Es entonces cuando aquel “ser inmundo” hace estallar una carcajada haciendo retumbar la cafetería. No he de informar que los pocos clientes que hay en el bar vuelven sus caras y sus ojos a la escena que estoy protagonizando con “la cosa marrón”.
Ese modo de reír lo conozco de años. No puede ser, pero sí, lo es…
Se quita la careta y desde lo hondo de mi yo, oigo que digo con todas las fuerzas que me acompañan en la garganta.
—¡No me jodas, Ciri, no me jodas! ¡Qué tío más capullo!
Queridos lectora y lectora, os estáis imaginando perfectamente la escena, no hace falta detallar más. Es tal el enfado que me ha producido que decido salir corriendo a mi casa. Me lo impide el dueño del local también riendo, otro “que de la cueva sale”, estaba enterado de bromita.
Mientras, aprovecha mi amigo para deshacerse de las prendas carnavaleras, las introduce en la bolsa ad hoc. No puede parar de reír, tanto que, entre lágrimas toses y exclamaciones, casi morada la cara y con falta de oxígeno, se sienta en la silla desfallecido.
No me queda más que reaccionar en positivo y unirme a la fiesta. Los tres amigos del viernes pasado, presentes en su lugar correspondiente, disfrutan del espectáculo comentando entre ellos las ocurrencias del ¡amigo zorro!.
Con el ambiente más tranquilo, los cafés y las magdalenas servidos y degustados entre risas y bufidos contenidos, me pregunta Ciri.
—¿No has oído hablar de los therians? Te encuentro atrasadillo de noticias estrafalarias. Están totalmente de moda gracias a que cada vez nos funciona peor el cerebro, asunto que aprovechan los programas televisivos basura.
—Por supuesto que sí he oído hablar de ellos. Pero no los sitúo como invento actual, —respondo al compañero—. Por citarte algunos casos en la mitología egipcia ya existían los teriocéfalos. Si supieras más de lo que algunos llaman lenguas muertas comprenderías su etimología en este caso griega. Son seres de cuerpo humano y cabeza de animal o bestia, conoces a Horus y Anubis entre otros. Los faunos de la mitología romana también son muy conocidos.
—Estoy contigo —responde mi amigo—, aquí podríamos incluir la literatura y cinematografía basadas en la licantropía. Acuérdate del miedo que nos producían las películas del hombre-lobo.
Nos llama la atención el señor de la mesa contigua, desde el viernes pasado que se nos unieron en la charleta, ya lo he contado, interviene en directo:
—No olvidéis una obra literaria importantísima en Filosofía: “Metamorfosis” de Franz Kafka en la que un hombre llamado Gregor Samsa se convierte en una especie de ser monstruoso.
—Y otra obra muy importante con el mismo nombre “Metamorfosis” pero esta de Ovidio, escrita al comienzo de nuestra era —aporta la señora del anterior interviniente.
—Con una diferencia monumental —añado para completar— que las dos obras citadas tanto la de Ovidio como la de Kafka son claves, la primera analizando una evolución histórica, mítica y religiosa del mundo, de la civilización y de las personas. La segunda alecciona sobre la alienación de las personas, el menosprecio de los semejantes convertidos en máquinas de trabajo y explotación. Mientras que lo de ahora, me temo que, solo se queda en lo anecdótico, reclamando protagonismo en el mejor de los casos y en el peor rozando la enfermedad llamada teriantropía, totalmente deshumanizante en el que la padece.
No podemos terminar la sesión casi intelectual sobre los therians sin el licor no ya de animales, ni siquiera de humanos, sino de dioses. Ya somos cinco más el camarero que se unió a la charla llevado por el interés que suscitaba.
Paga Ciri en reparación por la broma del comienzo.
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