Opinión

San José amigo de Ciri

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 21 de Marzo del 2026
{{Imagen.Descripcion}} San José con el Niño dormido en brazos (Museo del Prado) San José con el Niño dormido en brazos (Museo del Prado)

No sé si será porque esta tarde a las 15,46 hora UTC+1 entraba la estación que llamamos primavera (datos fidedignos copiados al señor Brasero) o por qué, pero Ciri se presenta más dicharachero y sonriente que los viernes últimos. Viene tocado con una gorra nueva, elegante y de buen gusto, no como las que acarrea en la mollera cierto presidente de tonalidad zanahoria. No, mi amigo la luce con orgullo, sabe llevarla elegantemente, así se lo hago saber de modo sincero y sin “segundas”, lo cual agradece con sonrisa complaciente.

—Mis hijos —comenta con satisfacción— me la han regalado en el día del padre, siempre tienen algún detalle y mucho cariño.

—Me apunto a tu comentario —respondo con una sonrisa— también me han regalado otra prenda de vestir, un pijama para el verano, muy gracioso con figura de Stewie Criffin

—Tuve ayer una ocurrencia —aporta Ciri terminado el bocado de magdalena, sabrosísimo por lo que denota su cara y pasando a seriedad— en la festividad de San José, creo que es un santo de segunda fila. 

—¿Qué dices…? Compañero, no me imagino los santos colocados, en según qué posición, dada su importancia. Es de las ideas más peregrinas que hayas tenido últimamente —le respondo con la duda de siempre, no sé si apunta una broma o por el contrario es idea interesante, a ver por dónde sale.

—Facilísimo de entender. Piensa en algún santo: Antonio, Eduviges, Gualberto, Apolinar, Cirilo, Leocricia, Juana, Petra, ya de por sí son de primera línea, porque no tuvieron a su alrededor nadie más importante, pero San José al lado de María Santísima, Jesús, San Pedro…, no me dirás que no parece estar de reserva y en el banquillo… Además antes lo llamaban “padre putativo”, de ahí el familiar de Pepe (Pater Putativus); no sabes lo que, siendo niño, se me ocurría con el fastidiado epíteto, sin poder encajarlo en el concepto que para mí tenía una palabra parecida.

Imposible aguantarme la carcajada al imaginarme a Ciri de niño pensando, gesticulando con la cara y manos e intentando comprender lo incomprensible.

Necesito el intermedio de varios tragos de café y porciones de magdalena, para poner orden en las ideas disparatadas que me surgen como respuestas. Además los vecinos de mesa, como otras veces, escuchan, la señora mayor está ofendida o apunto, se llama Pepa y hace referencia directa a su onomástica, deduzco que no le está gustando el comentario del colega.

—Queridísimo Ciri —reduzco el volumen de mi voz para avisarle  que la señora vecina está pendiente de los disparates que escucha y por las apariencias no le agradan; ya en voz normalizada le recuerdo que la imagen que tenemos de San José no es la que le pertenece en justicia. Es evidente que por ensalzar las figuras de María y Jesús, tanto los artistas, como los teólogos rancios han dejado en mal lugar a nuestro patrono.

—Recuerdo en cuadros de pinturas de San José un señor muy anciano junto a María jovencita y al Niño. La explicación a esa diferencia de edad se debía, según me informaron, a que el artista subrayaba la virginidad por la incapacidad del esposo para la sexualidad. 

—Un detalle cariosamente olvidado es que en tiempos de Jesús,—aporto a la conversación— los niños y niñas estaban al cuidado de las madres hasta cerca de los cinco años. A partir de esa edad las niñas continuaban con las madres, mientras que los padres se encargaban de educar al niño.

—No conocía este detalle tan interesante.

—Se responsabilizaban de prepararlo en todos los ámbitos que iba a necesitar cuando mayor: En el social ejercitando las virtudes de un varón hebreo respetable, uniendo el aprendizaje de escritura y lectura. En el laboral enseñando casi siempre el oficio ejercido por el padre, en este caso, de sobra conocido, la carpintería, lo que conllevaba no solo el conocimiento en la manipulación de la madera, si no también gran parte de lo que conocemos hoy como albañilería.

—O sea que José demás de trabajar la madera también tenía habilidades para hacer una casa de aquel tiempo.

—Ciertamente. Y el otro aspecto, para mí más importante que los anteriores es que José se ocupó de educar religiosamente a Jesús, enseñándole además de la Torah, los conocimientos de un buen judío relativos a la Ley de Moisés y su cumplimiento. Este punto, Ciri, a penas es conocido por la gente de nuestro tiempo. Imagínate que la personalidad religiosa tan grandiosa que fue Jesús de Nazaret, Jesucristo, tuvo las bases inconmovibles en las enseñanzas de José. El vuelco tajante que dio al concepto de Dios (justiciero, castigador, vengador, duro, necesitado de sacrificios y holocaustos en las fiestas del Antiguo Testamento) al de Dios como Abbá (en hebreo) en español “Papá o Papaíto”. Solo te doy este detalle para mí totalmente iluminador de la figura excepcional que habría sido José para su familia y, en especial, para aquella personita que corría por su casa.

—Me estoy quedando perplejo —exclama el compañero boquiabierto— a penas conocemos nada del patrón de los padres, cuantas beaterías transmitidas como aparentes virtudes sin sentido. Lo que más me extraña es que, según los evangelios, las decisiones importantes las tomaba mientras dormía, en sueños.

—¡Bien Ciri! Ese es otro capítulo muy interesante. Las disposiciones que toma José con respecto a María y Jesús siempre van precedidas de un sueño en el que se le aparece el Ángel del Señor. El evangelista Mateo (1), judío y conocedor profundo de la Torah es quien nos detalla esas apariciones. En el A T  existía el convencimiento que Yaweh hablaba a las personas en sueños, tenemos innumerables ejemplos desde Jacob a los profetas. El sueño era para ellos como un momento de contacto directo con Dios durante el cual Él comunicaba lo que habría que hacer al despertar.

Hoy sí hemos terminado con el dulzor de la mistela. Ciri ha brindado por haber aprendido que San José no es un santo de segunda línea, sino de los más trascendentales.

Nota: Los textos a que hace referencia se encuentra en Mt. 1, 20-25; Mt2, 13-15 y Mt. 2, 19-22.


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