Hubo un tiempo en que sentí cierta predilección por los
anti-héroes. La verdad es que no sé muy bien porqué, quizás por afinidad con
esos jugadores de baloncesto que se limitaban a hacer (bien) su trabajo y que
dejaban la gloria y los honores a sus compañeros más dotados técnicamente y,
por qué no, más mediáticos.
Quiere esto decir que no me gustaba ver jugar a los grandes
jugadores que competían en N.B.A. a lo largo de los 80’s y principios de los
90’s. No, en absoluto. Disfrutaba mucho con la elegancia del tiro en suspensión
de B. Scott; los certeros lanzamientos L. Bird, o D. Ellis; los mates increíbles de
M. Jordan y D. Wilkins; los inigualables bailes en la zona de A. Olajuwon o K.
MacHale; los espectaculares contraataques de J. Worthy; la seriedad
imperturbable de R. Parrish y la magnífica inteligencia en la dirección del
juego de E. “Magic” Johnson o I. Thomas. En aquel entonces la diferencia entre
la N.B.A. y el baloncesto europeo era insalvable.
Pero al terminar de ver un encuentro me volvía a acordar del
esfuerzo de los anti-héroes. Cuanto de su trabajo había contribuido a la
victoria de su equipo en unas noches en las que no gastaba pereza para
acostarme tarde o incluso levantarme de la cama para no perdérmelo. Eran los
tiempos en que el evento deportivo del año era el llamado “partido de las
estrellas”, East vs West. Justo lo que no es ahora.
Estos anti-héroes, jugadores duros de verdad, marrulleros e incluso violentos o simplemente
aguerridos, se convirtieron en el sello de identidad de algunos de los equipos
más laureados de esa época.
En necesario comprender que en ese momento, en la N.B.A. no
existían las faltas tiquismiquis, las
faltas eran faltas y en comparación con el baloncesto de hoy, unas serían
antideportivas y las otras descalificantes. Hasta tal punto eso fue así, que
tras ganar los Bad Boys de Detroit
sus dos anillos consecutivos en los años 1989 y 1990, la N.B.A. tuvo que
intervenir para proteger más al buen jugador y a un espectáculo que se le
estaba yendo de las manos.
Quedan ya lejos los años 80’s y los recuerdos se van
desvaneciendo con el paso inexorable del tiempo, pero si me gustaría recordar
nuevamente a aquellos jugadores que dejaron un recuerdo indeleble en mi memoria
y que me ayudaron a fomentar mi pasión por el baloncesto.
Estos jugadores a los que me refiero y de los que el
estilismo no fue su principal virtud fueron: Kurt Rambis , Billy Laimbeer y
Ricky Mahorm.
Kurt Rambis (1958). Ala-pivot de los Ángeles
Lakers. Llegó a la costa oeste en el momento en que los Lakers practicaban un
baloncesto conocido como el Showtime.
Era habitual ver en la fila cero del Forum Inglewood a las grandes estrellas del
Hollywood del momento como Jack Nicholson, Denzel Washington o Dustin Hoffman.
Formó parte de un equipo de finos estilistas en el que asumió
la parte menos glamurosa del juego, la de dar y recibir mandobles. No fue un
jugador que portase en su interior la semilla del mal, a diferencia de los que
citaré a continuación, pero nunca se amilanó ante nada y ante nadie, de ahí que
se vio inmerso en más peleas de las que seguramente hubiese querido.
No fue un jugador dotado técnicamente, el mismo lo asumió
cuando en su regreso a los Lakers después de algunas temporadas ausente, dijo:
durante mi ausencia no he perdido ni tiro ni salto. . . ya que nunca lo he
tenido.
Gran verdad, ya que durante sus catorce temporadas en la
N.B.A. lanzó doce veces a canasta desde el triple consiguiendo un
manifiestamente mejorable 0/12 con una media de puntos por partido de 5,2. A
veces, los puntos de sutura en su cabeza superaban a los puntos conseguidos en
la cancha.
Sin embargo, y una vez retirado, en un partido de
exhibición/benéfico, lanzó 5 veces convirtiendo todos los intentos. Cosas de la
vida.
Inconfundible, con sus gafas de pasta atadas a la parte
posterior de su cabeza, gafas ordinarias de ver, no de marca deportiva, se
dedicó a hacer todo el trabajo duro que se requería de él, esos intangibles que
no salen en las estadísticas pero que ayudan a conseguir títulos.
Se peleó con lo más granado de la N.B.A., que es tanto como
casi decir que con todos. Memorables fueron sus peleas con K. MacHale o R.
Mahorm. Al final de su carrera fue perdiendo paulatinamente peso en el equipo
en favor de un jugador más joven y atlético llamado A.C. Green. Se retiró tras
terminar la campaña 94/95 tras conseguir 4 anillos de la N.B.A.
Billy Laimbeer (1957) y Ricky Mahorm (1958). No me atrevo a hablar de ellos por separado
ya que fueron el germen fundador y socios honoríficos de los Bad Boys de Detroit.
Fueron una pareja que infundió el terror por toda la N.B.A.
Intimidadores como ellos solos aplicaron todas las malas artes que se pueden
dar en un partido de baloncesto: codazos, patadas, empujones, manotazos ¡Ay
Madre, que manotazos!
Uno blanquito y con cara de niño bien, el otro de color y con
cara de niño malo, hermanos en el noble
arte del atizar que llevaron a su máxima expresión la idea de que una canasta de un jugador rival nunca
conlleva tiro adicional. Jugadores dadivosos que jamás negaron un buen
mandoble a todo aquel que se lo solicitó, incluso a los que no lo pidieron.
Temidos y odiados por todos los rivales, en caso de Laimbeer,
incluso después de su retirada. Fue apodado The prince of Darkness (El príncipe
de las tinieblas) y considerado el jugador más sucio y villano de toda la
N.B.A. Cosa que a él nunca le importó. Ni siquiera el temido inspector de
policía Harry Callahan (Harry el Sucio) estuvo nunca a su altura.
De los tres, Laimbeer fue el más dotado técnicamente pues
tenía un lanzamiento más que aceptable desde el triple, consiguió desde esta
distancia un porcentaje del 32,7%, convirtiendo 202 triples en sus 14
temporadas en la N.B.A.
Siempre he pensado que estos dos angelitos (Laimbeer y
Mahorn) serían una magnífica pareja de porteros en las discotecas de Magaluf.
Nadie se colaría sin pagar.
La media naranja de Laimbeer, Mahorn fue considerado el más malo de todos los chicos malos. Bonita
tarjeta de presentación. Junto con Laimbeer imprimieron carácter y dureza al
equipo de Detroit, muy bien acompañados por el resto de jugadores que,
casualmente, tampoco eran hermanitas de la caridad.
Después de una estancia en un college menor nivel, Hampton, donde consiguió aceptables
estadísticas. Fue seleccionado por
Washington Bullets y jugó allí cinco temporadas en las que no aportó nada
espectacular al equipo. Allí, junto con su compañero Jeff Ruland, aprendió el
oficio de mandoblista. (el que da
mandobles).
Su traspaso a Detroit le hizo caer como pez en el agua, allí
desarrolló todo su arte, o mejor dicho, sus malas artes. Se peleó con todo
aquel que pasaba cerca de su aro. Espectaculares fueron sus peleas con Charles
Oakley y B. Cartwright (Chicago), Pat Ewing (New York) y Moses Malones (Hawks).
A este último le hizo una falta tan terrorífica que recomiendo verla en youtube
para que calibréis al personaje.
Se retiró tras dieciocho temporadas en activo y ganó el
anillo con Detroit en 1989.
Algunas veces me he preguntado si existe una pócima universal
para el éxito. Probablemente y en deportes individuales la pócima sería muy
similar para todos los deportistas de élite y vendría a ser algo así como:
entrenar, comer, descansar y volver a entrenar. Pero en los deportes de equipo
la receta es más complicada.
Los Bad Boys de
Detroit consiguieron dos anillos (1989 y 1990) con un jugador estilista, Thomas
o Dumars y cuatro angelicales,
Laimbeer, Mahorn, Salley y un jovencísimo D. Rodman, aún sin tatuajes pero que
ya apuntaba maneras.
Los Lakers consiguieron en la misma década cinco anillos:
1980/1982/1985/1987 Y 1988 con cuatro estilistas, M. Johnson, Worthy, Kareem
Abdul-Jabbar y B. Scott y un angelical,
Rambis. Dos configuraciones distintas para un mismo éxito.
Por eso entiendo que no vale tener solo talento, sino que hay
que trabajarlo y tener también en el equipo otras aptitudes. . . divinas.
Este es mi pequeño recuerdo a aquellos jugadores que
aportaron a sus equipos otras maneras de
entender el juego, y por los que
quedaron marcados para toda su vida.
Antonio Muñoz Serrano.
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Domingo, 22 de Marzo del 2026
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