“La
razón y no la fuerza deben decidir la suerte de los pueblos. Trabajemos los
vínculos, fomentemos los acuerdos y las negociaciones, el arbitraje y no el
ultraje; laboremos esa mentalidad pública, esa conciencia común que nos da
ánimo, para un buen hacer y un mejor obrar”.
Los excesos no son convenientes, ni siquiera en lo bueno.
Tanto es así, que la vida deja de ser aceptable, cuando somos incapaces de que
cohabite en nosotros cuerpo y espíritu, o de convivir entre unos y otros; lo
que requiere cultivar el amor y aprender a amar, como la primera condición para
saber vivir. En la desconsideración residen todos los males, con su aluvión de
perversidades, que nos deshumanizan por completo. El miramiento hacia lo que
nos rodea es realmente lo que nos alienta y armoniza. Apreciémonos y pronto nos
daremos cuenta, que cuando los que disponen pierden la vergüenza, los que
obedecen también abandonan la estima. De
hecho, una sociedad vive en el hermanamiento, cuando ha llegado a un consenso,
sobre el carácter trascendental de su propio ser.
Sin embargo, los desequilibrios y la falta de sueños nos
están dejando sin nervio solidario, mientras aumenta el número de las
pesadillas, cada día más tormentosas. Estamos, pues, todos obligados a
recapacitar y a preguntarnos hacia donde queremos ir o hacia donde nos estamos
arrojando. Quizás debiéramos modificar actitudes, para conciliar realidades y
fundamentos que parecen contradecirse. Es vital dar pasos decisivos en el
camino del desarme, hallando el modo de sustituir el ordeno y mando del terror,
por el equilibrio de la confianza en el servicio y en la disposición hacia
cualquier persona semejante a nosotros, miembro de la familia humana, que se
beneficiará del progreso colectivo y contribuirá a restablecer más sólidamente
la concordia.
Hoy más que nunca, hace falta sumar pulsos pensantes para
concertar moderación, pues también la tierra pierde su ponderación y entra en
números rojos al retener más calor que el que emite. Son, justamente, las
actividades que generamos a diario; las que alteran cada vez más el aplomo natural
en esta época de continua destrucción del espíritu humano, donde nadie respeta
nada, porque el dominio del poder no tiene principios ni fundamentos morales. Olvidamos
que los endiosamientos nos vuelven estúpidos y rencorosos. En consecuencia, necesitamos
tanto como el comer, tomar otras realidades, que nos ayuden a organizar
situaciones con la sensatez del orden originario, iluminando de este modo el
desconcierto de nuestras existencias.
Metámonos esto en la cabeza. Se requiere el valor de todos
los órganos del gran tronco de las naciones para poder pasar del peso del miedo
al contrapeso de la confianza. Pensemos en que la paz tampoco es la ausencia de
guerras, más bien es una virtud, un estado de la mente, una disposición a la
generosidad, al compañerismo y a la ecuanimidad. Sea como fuere, es tiempo de
no desfallecer en el objetivo de un mundo más unido, desvinculado a los
intereses particulares y a las rivalidades, con una compenetración de ayuda
mutua y alcance de resultados concretos y universales. Ciertamente, la
avenencia es fundamental en un orbe global, para impedir que se repitan
historias trágicas, que lo único que acrecientan es el estado salvaje y el
desánimo.
La razón y no la fuerza deben
decidir la suerte de los pueblos. Trabajemos los vínculos, fomentemos los
acuerdos y las negociaciones, el arbitraje y no el ultraje; laboremos esa
mentalidad pública, esa conciencia común que nos da ánimo, para un buen hacer y
un mejor obrar. Nos hemos globalizado, es un buen signo, pero aún mejor
será fraternizarnos, más que otra fórmula humanitaria. Las naciones no avanzan
en un asiento precario. Además, nada se puede reconstruir sin quietud, ni
tampoco vivir sin sosiego; precisamos sociedades con atmósferas tranquilas, que
fomenten la cultura del abrazo sincero, con el bienestar de sentirse arropado
en todo momento y ante cualquier situación. Por ello, solicitamos ponernos al
servicio del auténtico querer para poder legarse. Hagámoslo de corazón.
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