Opinión

Un cadáver en la sala (X)

Juan José Sánchez Ondal | Domingo, 31 de Mayo del 2026
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CAPÍTULO XI.- Donde se cuenta la información aportada por la señora del cine que interrumpió la sesión con sus gritos.

Iban a bajar a tomar un tente en pie cuando:

— ¡Cervera!, le gritó un compañero.

— ¿No lleváis vosotros el caso del muerto en el cine? Una señora quiere hablar con el que lo lleve.

— Subinspector Cervera al habla, dígame.

— Mire, acabamos de ver por televisión lo del crimen del cine. Quería informarle que mi madre y yo estuvimos en esa sesión y en esa sala a ver la película y a mi madre le dio un ataque de pánico y nos tuvimos que salir y venirnos a casa.

— Sí, tengo noticia de ello por el personal que trabaja en el cine. Me gustaría hablar con ustedes más detenidamente y a ser posible en persona. ¿Podrían acercarse por la comisaría?

— Verá es que mi madre está delicada, es mayor, y desde ese día está afectadísima, pero dice que quiere informar de algo que vio. Yo no le hacía caso, pero al ver ahora la noticia… pues…

— ¿Pude darme su dirección y nos acercamos nosotros a su domicilio?

— Sería lo mejor. Calle Al….., 42, 3º, F.

— Si no tienen inconveniente en unos minutos estamos ahí.

— Gracias.

— Ramiro, ¡nos vamos!

— Sigo buscando el cabo de la madeja, pero no aparece. ¿A dónde vamos ahora?

— A casa de la señora y la hija que se salieron del cine.

Les estaban esperando. Abrió la puerta la hija y les hizo pasar al salón, en el cual, en un sillón, viendo la televisión, se encontraba la madre.

— Si tienen la bondad de darme sus datos personales para hacerlos constar en la declaración, se lo agradecería, le rogó Ramiro.

La hija resultó llamarse Diana Antúnez Pretel, natural de Madrid, soltera y de cincuenta años y la madre Dolores Pretel Sanabria, viuda, natural de Somontes de Pisuerna, de sesenta y nueve, datos de los que, con los números de los carnés de identidad, tomó nota.

— Pues, como le dije por teléfono, comenzó Diana, ambas estuvimos en el cine en la sesión en que mataron al pobre hombre ese. Yo, que madrugo mucho, cuando se apagaron las luces y empezaron los anuncios y la película, me quedé un poco traspuesta, cuando de pronto mi madre dio un grito y me dio un apretón en el brazo que me despertó sobresaltada. ¿Qué le pasa madre? Y ella agarrándose a mí, no hacía más que decir a gritos: ¡Que viene, que viene! Entonces tres señores que estaban unas filas delante se acercaron y le decían. “Cálmese señora, cálmese”. Pero mi madre se ponía aún más nerviosa y empezó a temblar y a mostrar un pánico como nunca le había visto. El resto de los espectadores comenzaron a pedir silencio y que la sacáramos de allí, así es que, ayudada por los tres señores y a pesar de su resistencia, la sacamos al vestíbulo donde la dieron un vaso de agua, buscaron un taxi y nos vinimos. En el taxi no hacía más que decir: ”¡Lo ha matado, lo ha matado!”. Yo pensé que se referiría a alguna escena de la película y no le di más importancia. Le di la pastilla de dormir con un vaso de leche y unas galletas y la acosté.

Al día siguiente se despertó más excitada que de costumbre y, recriminándome que yo nunca me enteraba de nada, que no la hacía caso y que la tomaba por loca y me contó lo que quiero que oigan de su boca, a lo que tampoco presté crédito, hasta que esta tarde he visto la televisión.

— A ver, doña Dolores, ¿qué es lo que vio usted en el cine que la alteró tanto?, le preguntó Cervera.

— ¿Ustedes son policías de verdad?, preguntó recelosa, Dolores.

— Sí señora, subinspector Cervera y oficial González y aquí tiene nuestras credenciales.

— Es que lo que vi fue muy grave y quiero saber a quién se lo digo.

— Me parece muy bien, ya ha visto que somos policías. Somos los encargados del crimen ocurrido en el cine aquel día. Cuéntenos con el mayor detalle posible lo que vio que tanto le asustó, le dijo Cervera.

— Pues, mire, al poco de empezar la película, me llamó la atención que uno que estaba unas filas delante de nosotras, se levantó y se sentó detrás de otro que estaba solo y al poco el que se había cambiado de sitio debió sacar un cuchillo o una navaja, eso no lo distinguí, pero brilló la hoja en ese momento, se la puso en el cuello al de delante y le dio un tajo, mientras con la otra mano le tapaba la boca. Como yo grité se vino hacia mí como disimulando y diciendo ¿Qué le corre?, cálmese señora, cálmese, con lo que yo muertecita de miedo empecé a sentir un temblor que creí morirme. Los espectadores comenzaron a pedir silencio y que me sacaran de la sala y yo me resistía, pero me cogieron y, casi a rastras, en volandas, me sacaron a pesar de mis quejas. Un momento antes de salir al vestíbulo, por lo bajo, el asesino, apretándome el brazo hasta hacerme gritar, me susurró: “señora usted no ha visto nada y no va a contar nada si no quiere ir a hacerle compañía”. Yo pedía que me soltaran, completamente aterrorizada, me sentaron en el vestíbulo, me dieron un vaso de agua, no sé cómo los tres desparecieron y entre el portero y mi hija me sacaron del cine a un taxi que esperaba en la puerta. Se lo conté a mi hija tal cual, y ésta, que me tiene ya por loca, no me hizo caso, hasta que ahora ha visto en televisión la noticia de que degollaron a un espectador y les ha llamado.

— ¿Recuerda usted algún detalle de esos individuos, estatura, aspecto vestimenta, cualquier cosa que nos ayudara a dar con ellos?

— Solo recuerdo que uno era alto y delgado, otro, mayor, más bajo, fuerte, y del que más me apretaba el brazo y me amenazó en la oscuridad del cine, no distinguía bien sus rasgos. Comprenderá que en una situación así, una no está para fijarse demasiado.

— ¿Los reconocería si viera sus fotografías?

— Del que me amenazó tengo grabada a miedo una cara a centímetros de la mía, que me da pánico su gesto. Esta noche he soñado con él. Pero ya no sé si la cara que recuerdo es la original o la soñada. Fue el primero que desapareció. A los otros que los vi a la luz del vestíbulo, tal vez.

— ¿Cree que venían juntos o que se conocían?

— No le sabría decir, el fuerte y el alto creo que sí.

— ¿Y sabe cuál de ellos fue el que cometió el crimen?

— Como se mezclaron los tres, sólo estoy segura de que el más alto no fue.

— ¿Reconoce a alguno de ellos en estas fotografías?, le preguntó Cervera mostrándole las de Segundo y la de Eutimio.

— No. No creo haber visto nunca a estos señores. No se parecen a los recuerdos que tengo de los de esa tarde, pero se cambia tanto en las fotos… y al que le vi en la oscuridad… no sé.

— Trate de precisar todo lo posible. Es muy importante.

— Ah, yo diría que no guardan parecido con los que recuerdo.

— Pues muchas gracias por su colaboración. Si recuerda algún otro dato, sobre todo referido a los individuos, no dude en llamarme a este teléfono, le dijo Cervera y le dio una tarjeta suya.


Ya en el ascensor, bajando, Ramiro, que pensaba en voz alta y no era capaz de callar, comentó:

— Pues parece, jefe, que la anciana, no vio visiones. Según lo cuenta y lo que han declarado los demás, pudo perfectamente cualquiera de los falsos samaritanos ser el sicario ejecutor que, como le decía en mi pálpito, facturaron al otro mundo al mellizo primer nacido, confundiéndole con el segundonato, Segundo.

— Y tú ¿qué sabes quien nació primero?

— Natural, jefe, los nombres cantan: Primitivo y Segundo.

— Pudiera ser, pudiera ser, “Pli ni llo”.

— Jefe, unas veces hablamos de gemelos y otra de mellizos ¿Hay diferencias?

— Sí, aunque unos y otros nacen de un mismo parto, y antes no se diferenciaba, con los avances médicos se sabe que los mellizos proceden de dos óvulos y dos espermatozoides, como hermanos nacidos a la vez y los gemelos son de un mismo óvulo y espermatozoide que se divide en dos y por eso, son iguales y del mismo sexo. Estos eran gemelos, dado el parecido.

— Pues con los datos que tenemos, como no ocurra un milagro, “busca a Perico en Londres”, replicó el oficial.


Al llegar a la comisaría, Cervera tenía sobre su mesa una copia del informe de la autopsia. Poco ayudaba.

— Hora de fallecimiento, leyó, entre las 18 y las 20 horas.

— Éste ya tenía noticia de cuándo sacó la entrada, no como la del SAMUR, comentó Ramiro, sonriendo con malicia.

— Causa: parada cardiorespiratoria a consecuencia herida cortante de arma blanca producida de izquierda a derecha, que secciona cuello y yugular con hemorragia incompatible con la vida. No se advierten contusiones ni quemaduras.

— Estos forenses... –exclamó “Plinillo”… ¡Coño, tos nos morimos de parada del corazón y de los pulmones! ¡Cuando dejas de resollar y el corazón dice hasta aquí, pues la espichas! ¿No jefe?

— Elemental, querido Watson.

— Jefe, ¿ahora de Sherlock Holmes?

Como pista nos da que el carnicero era diestro, continuó Ramiro. Diestro con el cuchillo porque le bastó un solo tajo. Y diestro de mano. O sea, que no era zocato el feligrés. Con eso ya podemos ir haciendo las gachas. Buscar a un flaco, alto, joven, que no fue el que mató, pero que iba con otro mayor, más fuerte, que pudo ser o no ser el diestro y a un tercero que la hermana asustá solo recuerda en sueños, y buscar tres agujas en un pajar, igualico. Ya decía yo que oscuro se presentaba el reinado de Witiza. Digo oscuro, más negro que la tizne. Y el Mercedes y el gemelo dos, sin aparecer. Hemos consumido la mañana entre declaraciones comisariales y a domicilio sin sacar na en limpio y con un teórico sospechoso más: el méndigo como dice mi amigo Santi, que se ha evaporao.


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