En esta vida, todo tiene
sanación, si cultivamos la cordialidad; que radica en amar sin medida ni
correspondencia, para que la duda quede saciada por la dulzura de las bondades
y verdades vertidas, ausentes de temores. Realmente, no fuimos hechos para una
existencia donde todo sea bueno y seguro; sino para un itinerario a descubrir,
y no a encubrir, que nos concilie, regenerándonos continuamente con el don del afecto
entre análogos. Por tanto, nada es fácil, pero tampoco nada es imposible. De
ahí, lo importante que es generar climas de concordia, hacer familia y sentirse
rama entre semejantes de un tronco común; porque, hoy como ayer, el mundo
anhela también la paz, pero a menudo la buscamos con medios inadecuados, en
ocasiones incluso recurriendo a la fuerza del poder.
Vuelva la pasión, en esta
santa semana de Semana Santa, a reconvertirnos y a purificar los empedrados latidos.
Sin duda, no hay mejor terapia, que la caricia de una mirada extendida sobre
nuestros pasivos cuerpos. Precisamente, yo mismo me paso los días, reivindicando
la cultura del abrazo sincero como lenguaje, junto al brío donante y en guardia
permanente, como el verídico poeta. Porque los deseos de unión y de unidad
brotan y maduran como fruto de la renovación de la mente, de la negación de uno
mismo y de una viva expansión interna. Se siente cada vez más la exigencia
anímica de la entrega, para poder sobrellevar el aluvión de cruces que nos
remitimos unos a otros continuamente, para que la humanidad supere las razones
de las desavenencias y de los conflictos.
Desde luego, es cierto que
los calvarios no cesan, pero la fuerza reconstituyente del amor siempre revive
en nosotros y nos pide afrontarlo todo con paciencia y comprensión, sin llevar
cuentas del mal sembrado. Pongamos, pues, nuestra mirada en el futuro. Tal vez,
entonces, descubramos que seducir sin cláusulas y de corazón, es aprender a
reprenderse, a caminar por este orbe. En Jesús resucitado, la vida ha vencido a
la muerte. Esta fe pascual alienta y alimenta nuestra esperanza. Ojalá que, bajo
estos aires, de la pasión a la gloria; también nosotros, ya seamos creyentes o
no, hallemos un tiempo para la reflexión. No olvidemos jamás, que uno tiene que
quererse primero, para poder querer a los demás. Bajo este níveo cariño, manado
y emanado de nuestro interior, todo se restablece.
La querencia nos enraíza en
la comprensión, llevándonos a una sentida valoración de cada ser humano,
reconociendo su derecho a la felicidad; que no está tanto en vivir, como en
saber hacerlo, sin hacer alarde ni agrandarse, ya que nadie somos superior a
nadie. Estamos aquí para proporcionar savia, no para quitarla. A veces ocurre
que practicamos la exclusión, contraria a ese espíritu fraterno para el que
hemos sido convocados. Esto nos demanda sentimientos de humildad unos con
otros, si en verdad queremos ser maestros en lo armónico, destronando de
nuestro horizonte la competición para ver quién es más inteligente o poderoso,
porque esa estupidez acaba separándonos. Las gentes que se aman, respetan el
vínculo incondicional y desprecian los intereses mundanos.
El camino correcto pasa por
madurar y crecer en el aprecio, sobre todo hacia aquellos que se mueven a
nuestro lado. Desmontemos los andares del odio, el rencor y la indiferencia,
para que podamos ser instrumentos de reconciliación; y, por ende, medios de
apoyo y confianza. En consecuencia, pongamos en nuestro itinerario el
peregrinaje de la tristeza al gozo. Deliberemos sobre ello, hagamos un alto en
el camino. Son jornadas para la meditación, días de vivir con sobriedad la
pasión y muerte de Jesús, para después celebrar, rebosantes de alegría, la
gloria de la resurrección. Que este espíritu reconcentrado ilumine nuestras
mentes y convierta nuestras entretelas, haciéndonos conscientes del valor de
toda existencia, que ha de ser siempre de acogida, de protección y de estima.
{{comentario.contenido}}
Eliminar Comentario
"{{comentariohijo.contenido}}"
Eliminar Comentario
Domingo, 29 de Marzo del 2026
Domingo, 29 de Marzo del 2026
Domingo, 29 de Marzo del 2026