Tal día como hoy hace mil novecientos noventa y tres años Jesús reunía
en el Cenáculo a los Doce para celebrar una cena que sería la última
antes de ser ejecutado; mientras comían partió un pan ácimo (pan sin
levadura que simboliza la pureza y la liberación
del pueblo de Israel en la fiesta de la Pascua judía) que había encima
de la mesa y una copa de vino, los bendijo y pronunció estas palabras:
Tomad y comed, esto es mi cuerpo; y cogiendo la copa se la pasó diciendo: bebed todos que esta es mi sangre...(Mt 26, 26-28)
Como es lógico, aquellas afirmaciones quedarían guardadas en la memoria
de los asistentes con muy distinta suerte: la traición de Judas, las
negaciones de Pedro...y es que la institución de la Eucaristía fue y
sigue siendo un acto que sólo se puede aceptar
desde la Fe, desde el hecho meta histórico de la Resurrección.
Es a la luz de la Resurrección cuando esa Fe hace posible la creencia
experiencial de la presencia real del Señor en el pan y vino consagrados
y es en la Eucaristía donde se conmemora y se celebra esa misma
Resurrección. De tal manera que Eucaristía, Muerte
y Resurrección forman una realidad inseparable y el núcleo que
fundamenta la vida de la Iglesia.
Les confieso que, tanto por la formación recibida como por la Fe, la
Eucaristía es en mi experiencia espiritual el misterio más atractivo, el
imán que más me une al legado que nos dejó Jesucristo. Él permanece
realmente presente en todos los templos católicos
que mantienen un lugar para el Santísimo, es decir, donde Alguien nos
está esperando. En consecuencia, cualquier persona creyente debería
dirigirse a saludar a Quien se encuentra allí viviendo para “charlar”
con Él un rato.
Dicho esto, quiero centrarme ahora en un hecho que está relacionado con
lo expresado en esto último y que me resulta descorazonador: Dentro de
los grandes templos, en especial Catedrales, existen varias capillas con
distintas imágenes dedicadas a la Virgen
y a los Santos. Y en una de ellas se encuentra el Santísimo. Pues bien,
me duele ver como la inmensa mayoría de personas que entran para rezar,
omito quienes lo hacen por una curiosidad artística por motivos obvios,
lo hacen ante las imágenes de un santo o
ante el altar mayor…ignorando la Presencia de Quien allí habita. Un
hecho que el autor de estas líneas ha observado en distintas iglesias,
dentro y fuera de España. Y digo que me resulta descorazonador, porque
es una práctica que me hace dudar sobre el hecho
de que esas personas, que se dicen religiosas y no pongo en solfa que
lo sean, faltaría más, hayan llegado a conocer el Misterio de la Fe que
radica única y exclusivamente en Jesucristo presente, reitero, en la
Eucaristía.
Y no quiero terminar sin hacer referencia a algo que me duele más aún.
(No diré las ciudades, ni el nombre de los templos por razones de
prudencia). Son esas capillas en las que se encuentra el Sagrario y más
arriba un enorme crucifijo con la imagen del Cristo
de…siendo que la inmensa mayoría de los fieles que van allí a rezar, lo
hacen a la Imagen y no a Quien está allí realmente presente. Algo que
puede determinar la diferencia entre Religiosidad y Fe.
En cierta ocasión le comenté este hecho a un sacerdote que transitaba
por el templo y su respuesta fue encoger los hombros. La mía fue: Los
protestantes rezan también ante un crucifijo pues reconocen, al igual
que nosotros los católicos, a Jesucristo como el
Hijo de Dios. No supo responderme.
Fermín Gassol Peco es Graduado en Teología por la Universidad Pontifica de Comillas.