Opinión

La cruz hace pensar a Ciri

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 11 de Abril del 2026
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Os comento “soto voce”, no quiero que me oiga Ciri que acaba de empujar la puerta, que los dos viernes últimos no  hemos coincidido en la cafetería, se había ido de viaje con un grupo de jubilados acogidos al IMSERSO. En algún mensaje manifestaba su falta de entusiasmo cuando no su enfado por, textualmente, aquello no coincidía con lo  prometido en la propaganda de inscripción.

De todos es conocido el apego de mi amigo por el vivir confortable rozando a veces el confort total, posiblemente de ahí su incomodidad con la aventura de esta semana santa.

—¡Sin procesiones! ¡Me he quedado sin ver ningún desfile esos días!. Playa, excursiones a la montaña y visitas a empresas alimenticias en donde, después de una conferencia inaguantable, nos vendían sus productos “a precios muy asequibles”, insistían.

Tal es su comentario, mientras esperamos el santo advenimiento de nuestros cafés maridados con las magdalenas.

—La verdad es que no sé el porqué de tus quejas, no eres aficionado a ver los desfiles procesionales; alguna vez has hecho comentarios que podríamos calificar, de modo suave, como  no favorables al respecto.

—Te equivocas —corta Ciri imponiendo la voz—, no me gusta aguantar de pie horas y horas contemplando, pero a mí me encanta el papel de los que van organizando, con su traje negro acompañado de camisa blanquísima y corbata azul, paseando arriba y abajo del recorrido, saludando a amigos y conocidos, báculo en mano, acelerando el paso de los pasos o retrancando a veces. En ese puesto soy feliz.

Lleva unos momentos sin despegar la lengua el compañero, pensativo, creo que más bien imaginativo; con el placer del último bocado se le ha ido el santo al cielo y él detrás procesionando por las calles al ritmo del olor del incienso que va circunvolando el turiferario.

—¡Baja, Ciri! Llevas un rato surcando los cielos visionarios en plan presidencial, —le susurro mientras golpeo suavemente su antebrazo— y atiende que quiero hacerte una pregunta y un comentario que te van a resultar algo capciosos.

—¡Uy! Me ha jugado la imaginación una escena asaz interesante sobre lo que hablábamos. Inquiere lo que quieras, soy todo oídos, dime.

—Si tuviéramos que escoger un símbolo de los días de Semana Santa ¿cuál elegirías que mejor reflejara el pensamiento de la gente?

Creo que he sorprendido a mi amigo; toma un sorbo de la taza, se pone pensativo, medita, se le nota indecisión…

—Para mí el símbolo más importante es el del sepulcro vacío, o sea, la Resurrección. Pero, si tengo que responder por el sentir de la sociedad, te digo la Cruz.

—Coincidimos en la apreciación, querido colega; con lo cual se confirma el adagio, seguimos mirando el dedo que señala las estrellas.

—Tendrás que aclararme a dónde quieres llegar, no veo lógica alguna —exige Ciri.

—Lo que pienso es que desde hace siglos el Cristianismo, en un afán catequético, ha enfatizado exageradamente la parte trágica de esos días, de modo especial en el símbolo de la cruz. Puedes verlo en las procesiones, liturgias en los templos, predicaciones, meditaciones, etc.

—Y crees que eso no es lo más importante, entiendo. Pues ya me dirás porque todo gira en torno a la cruz durante estas fechas y todo el año. He observado que llevan un tiempo poniendo otra encima del altar donde se celebra la Eucaristía.

—Donde yo pongo el foco de atención es en el hecho de que quien se ha dejado matar en un suplico tan horroroso, Jesús de Nazaret, ha tenido un motivo excepcionalmente importante. Que también se habla de él, pero en segundo término.

—El motivo es evidente —responde el compañero con total contundencia— muere en la cruz  para salvarnos, por nuestros pecados, para que Dios pueda perdonarnos.

—Eso podríamos discutirlo otro día. Lo que se nos pasa por alto es que ese tal Jesús tuvo la decisión personal más fuerte: Demostró con hechos y palabras durante su vida la imprescindible necesidad de que las personas nos amarnos, incluso llegando a la muerte, lo que hizo con total libertad, podría haber abdicado de su decisión al ver la tormenta que le llegaba. No se arredró y murió ajusticiado colgando de una cruz.

—Efectivamente así fue.

—Ciri, entonces lo importante no es el elemento cruz, sino la persona que muere en ella y la causa por la que lo hace. Es como si tuviéramos como símbolo una guillotina, una espada, hoy día una ametralladora, con la que han asesinado a una persona santa.

Esto no termina el compañero de digerirlo, se pone serio, niega con la cabeza y no responde…

—Anímate, nombre, tú tienes las ideas claras aunque con algunas dudas, como observo. Continuaremos hablando y despejando incógnitas que surgen cuando ponemos en tela de juicio lo que venimos tragando desde pequeños.

En eso está de acuerdo mi amigo, igualmente en compartir la mistela que aproxima el empleado de la cafetería.

Hay que pensar, dudar, discurrir y también disfrutar; evidentemente.

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