Opinión

A la orilla del aire

Eva María Baos | Martes, 14 de Abril del 2026
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Puso la providencia a Tomelloso en mitad de una llanura tan desaforada que, a falta de castillos y torreones, sus naturales hubieron de levantar la grandeza sobre la tosca. Es esta una tierra donde el horizonte no es frontera, sino desafío, y donde el hombre, sabiéndose pequeño bajo la cúpula de los cielos, ha hecho de la perseverancia su más alta hidalguía y de la viña su escudo de armas. Hay una forma de concebir el mundo que solo se entiende cuando el ojo se acostumbra a la línea recta de La Mancha. Aquí se habita —como bien decía Francisco García Pavón— «a la orilla del aire», en una campaña tan dilatada que el mismo firmamento parece asentarse sobre las cervices de sus naturales.

No hay en estos campos soberbias de linaje, sino el orgullo de la empresa común: la de un pueblo que ha hecho de la cal y el bombo su fortaleza frente a la intemperie. Es un piélago inmenso de cepas donde la vida se abre paso con la paciencia de antiguos estoicos, alzando piedras secas sin argamasa que las trabe, encajando los días y los afanes con la misma terca mansedumbre con que se teje el abrigo contra la escarcha.

Pero ese «cuerpo de cal y canto» que tan magistralmente describió el poeta Eladio Cabañero, ese organismo forjado en el andamio y el sudor de la vendimia, no es invulnerable. La misma altivez con la que el tomellosero mira al horizonte se torna en fragilidad cuando la salud flaquea. Porque en una tierra donde la naturaleza es tan vasta, el hombre se sabe desamparado si no cuenta con una mano que lo sostenga. Es ahí donde la lírica de la llanura se encuentra con la urgencia de la medicina.

Si uno rastrea la memoria de esta tierra, descubre que la sanidad siempre tuvo aquí más de intuición y "paisanaje" que de ciencia fría. En el universo de Plinio, asoma la figura del médico rural que no solo auscultaba los pulmones, sino también la genealogía y los silencios de la alcoba. Ese poso humano lo dejaron héroes como Don Eduardo López, voluntario en la viruela de 1892, o Don Manuel Ortiz Saiz-Pardo, que recorría quinterías para recetar consuelo antes que botica.

La «terquedad constructiva» de este pueblo alcanzó su cénit cuando decidió que la salud no podía ser un viaje incierto. La conquista del Hospital General fue la respuesta de una ciudad que se negó a aceptar que su vida tuviera que medirse en kilómetros de asfalto e incertidumbre. Aquel logro no se limitó a erigir una estructura de cemento y cristales, sino que fue el acto de rebeldía de quien se sabe dueño de su propia suerte; la evidencia rotunda de que en mitad de la llanura el futuro no es un privilegio, porque tener un hospital cerca no es un lujo, es la abolición del desamparo. Es la garantía de que, cuando el cuerpo se quiebra, no comienza un exilio forzoso a la soledad de lo ajeno.

Nadie imaginaba que aquella conquista se convertiría en el epicentro de una batalla que marcaría nuestra historia. Durante la pandemia de 2020, el hospital se erigió como el último baluarte. Fue allí donde nuestros sanitarios, convertidos en los «albañiles de la vida» que cantara Cabañero, sostuvieron el pulso a la muerte. Como bien dijo el poeta Félix Grande, «donde hay dolor, hay un lugar sagrado», y los pasillos de nuestro hospital se convirtieron en tierra santa gracias a la entrega de hombres y mujeres que fueron el aire que a otros les faltaba.

Es imperativo hablar aquí de una institución que en su madurez ha pasado a ser el sistema nervioso de nuestra identidad sanitaria: el SESCAM. El Servicio de Salud de Castilla-La Mancha ha trascendido el papel de los organigramas para convertirse en una trama de manos entrelazadas; una red invisible que sostiene el aliento de dos millones de personas sobre la inmensa y desafiante geografía de nuestra llanura. Nos referimos a un entramado que se ha curtido hasta obrar lo que parecía inalcanzable: domar nuestra vasta geografía y vencer el abismo de la dispersión. Esta red sanitaria es, en esencia, el compromiso ético de que la soledad de un consultorio local no reste un ápice de dignidad clínica a quien lo habita frente a la magnitud de los grandes hospitales de la capital. Lejos de ser un gigante ciego, nuestro sistema ha demostrado tener la lucidez necesaria para atraer ciencia de vanguardia a la llanura confirmando que en Tomelloso no hay profesionales de segunda, sino una vocación inquebrantable que ha aprendido a hacerse fuerte allí donde la adversidad más aprieta.

Para que la geografía no sea destino de muerte ni el reloj un juez implacable, el ingenio humano ha buscado elevarse sobre el barro. Es aquí donde nuestra sanidad ensaya su propio «vuelo sobre el calvero», esa imagen mística de la mirada que domina la llanura. Pero a diferencia del buen Sancho Panza, que necesitó vendarse los ojos para imaginar que surcaba los cielos a lomos de Clavileño, nosotros no podemos permitirnos el lujo de la ceguera.

El médico que hoy tripula los helicópteros del SESCAM despoja al cielo de su romanticismo para dotarlo de una mirada que es un "bisturí de vigilia"; una pupila que, como pedía Félix Grande, se niega a ser «un testigo indiferente» y se vuelve un ojo herido de lucidez. Sobre una inmensidad de casi ochenta mil kilómetros cuadrados, nuestra sanidad alza el vuelo conjurando a sus Gigantes del aire: los Airbus H135 y H145, que en nuestras manos dejan de ser ingeniería para ser esperanza, son auténticos hospitales de cuidados intensivos en el aire que aterrizan en cualquier rincón remoto en apenas 15 minutos.

Este pulso manchego ha trascendido las fronteras de Europa con dos proezas que rozan el milagro: la conquista definitiva de la noche trazando una constelación de helisuperficies para burlar las sombras, y el prodigio de transfundir sangre universal en la mismo lugar donde acecha la tragedia. Más allá de cualquier estadística, nuestra hazaña es la victoria de la equidad frente al aislamiento; la demostración de que, en la inmensa llanura, el cielo no conoce fronteras cuando se trata de arrebatarle una vida a la muerte.

Mirar el mapa de nuestra sanidad nos obliga a enfrentarnos a un espejo que no admite filtros. El análisis de nuestra realidad nos dice que somos gigantes en el aire pero aún vulnerables en el suelo. Nuestra fortaleza es esa terquedad genética que levantó un hospital contra viento y marea, pero una de nuestras debilidades es un sistema que aún permite que el talento se nos escape como el agua entre las cepas.

La administración tiene el deber ineludible de estar a la altura del carácter de este pueblo. El potencial existe, pero las carencias también, y reconocerlas sin miedo es el primer paso para diseñar soluciones: mejorar condiciones laborales, estabilizar plantillas, modernizar tecnología y asegurar una cobertura urgente homogénea. No hacerlo nos conduce inexorablemente al éxodo de médicos especialistas que desangra nuestra capacidad asistencial. Así, Tomelloso, que en la pluma de Pavón aparecía tantas veces como esa «tierra de paso donde parece que no se queda nadie», vive hoy la paradoja más cruel de esa sentencia: el talento que brota de nuestras facultades se ve forzado a seguir de largo por falta de incentivos. Como advertía Félix Grande, no podemos pedir a un médico que sea un héroe eterno si el sistema le niega raíces.

Reconocer estas grietas no es lamento, es la hoja de ruta de quien sabe que para consolidar el cielo primero hay que asegurar la tierra. El progreso aquí no es una herencia, es una conquista que nos obliga a seguir trabajando sin descanso. 

Tomelloso ha demostrado que la vanguardia no es una simple coordenada en los mapas, sino una forma de plantarle cara a la intemperie. Porque aquí, en este lugar de La Mancha donde el carácter fragua más duro que la cal de los bombos, hemos entendido que la verdadera hidalguía no reside en la herencia de la sangre, sino en la grandeza de nuestras acciones. Ya nos dejó Cervantes la medida exacta de esa nobleza: "Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro".

En honor a ello, hemos dejado de ser el escudero que se venda los ojos para no ver el vacío y miramos el abismo de frente sabiendo de dónde procedemos y quiénes somos. Venimos de una llanura donde la grandeza se alzó sobre la cal, el bombo y la viña para levantar catedrales de voluntad y fuego; venimos de médicos que recorrieron quinterías cuando la ciencia era intuición, de un hospital conquistado por la fuerza de la razón, de una pandemia que nos enseñó de qué estamos hechos. Somos la certeza de un pueblo que confía en sus propias alas para abrirse al mañana, que aprendió a vencer la dispersión desde el aire, con helicópteros que borran distancias y anticipan el futuro, y somos la conciencia crítica que no acepta seguir siendo tierra de paso ni permitir que el talento se escape entre las manos.

Decía Félix Grande que "la memoria es un territorio donde la dignidad no puede ser derrotada": porque en esa memoria habita todo lo que hemos sido capaces de levantar contra pronóstico. Y es precisamente el abrazo entre esa raíz profunda —la que hunde sus dedos en la llanura— y el acero que nos salva desde el cielo lo que demuestra que esta tierra ya no camina con complejos. En ese encuentro entre origen, lucha y porvenir, Tomelloso —a la orilla del aire— deja de esperar que otros decidan por ella y asume, con pulso firme, la autoría de su propio destino.

 

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