Mover las líneas rojas según
conviene nos mantiene ignominiosamente firmes «De aquí no paso», «hasta aquí
podíamos llegar», «es la última vez» o «ya no me engañas más» levantan el ánimo
a corto plazo, brindando un respiro con el que hacer la vista gorda sobre todo
aquello que consideramos, por el momento, intolerable. A la próxima, eso sí,
seremos implacables.
No hemos hecho otra cosa en la
vida que desplazar los topes de nuestras propias líneas rojas y eso lo saben
muy bien los padres y las madres, acostumbrados a tragar toneladas de reproches
que, llegado el caso, es mejor callar, por memoria histórica y porque, más pronto
que tarde, ellos se reconocerán en nosotros.
En el trabajo, en casa y, sobre
todo, con nosotros mismos, vejamos sin piedad la línea roja que marcamos
anoche, cuando el héroe se había apoderado de nuestro yo. Desde el estudiante
hasta el anciano cegado por las cataratas, sordo por soledad, triste por el
futuro cierto, todos somos conscientes de una sola cosa: la vida nos lleva a señalar
la violación de las líneas rojas del resto, mientras que, a sabiendas, cambiamos
de sitio las nuestras, evitando pisarlas para poder seguir portando capa.
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Sábado, 30 de Mayo del 2026
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