La Voz en reflexión

Una calle en Tomelloso para un hombre corriente

Francisco Navarro | Viernes, 17 de Abril del 2026
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No es lo habitual —más bien al contrario— que las calles lleven el nombre de la gente corriente, del pueblo llano, que diría Bertolt Brecht. En Tomelloso, sin embargo, hay excepciones que dicen mucho de cómo se mide aquí la importancia de las personas. Algunas ya existían —como me apuntaba el investigador de nuestras rúas, Ángel Morales—: Pablo “Cota”, Marquina el de la Huerta, Antonio el “Candojo”… Y desde hace unos días hay una más. Una calle con nombre de hombre corriente, y además por aclamación popular: Jesús Andújar.

Desde el pasado sábado, la calle Zahorí ha pasado a llamarse Jesús Andújar Madrigal. El acto de dedicación fue multitudinario, celebrado precisamente en ese espacio donde Jesús —el recordado Jesús— cuidaba a sus animales, guardaba el legado de Tomelloso y de quienes lo hicieron grande, y grababa sus chistes, tan originales como, a veces, interminables. Allí estaban sus amigos del Museo del Carro, que desde 2022 son dúo en lugar de terceto, Zoilo Manteca y Ángel Canuto. También Los Canuthi, la peña que ayudó a fundar y que hoy entrega los premios que llevan su nombre. Y, cómo no, asociaciones de carreros y representantes políticos de todas las “confesiones” del consistorio. Un acto bonito —como contaba Carlos Moreno en La Voz—, de esos que logran algo cada vez más raro, reunir a gente muy distinta en torno a un recuerdo compartido.

En la placa, descubierta por el alcalde y el hijo de Jesús, puede leerse: «Calle de Jesús Andújar Madrigal, una persona llena de humor, gracia y simpatía, amante de su pueblo y sus tradiciones, que tantos ratos buenos nos ha regalado». No hace falta mucho más para entender de qué iba todo esto.

Jesús Andújar fue, como tantos, un hombre hecho a base de trabajo y de circunstancias. Empezó de vaquero, repartiendo leche en bicicleta o Mobyllette, hasta que la vida obligó a cerrar su pequeña granja urbana. De la leche pasó al mármol, hasta que un maldito infarto puso fin a su vida hace cuatro años. Su historia —la de su infancia, su juventud, su barrio de San Antonio— quedó fijada, con humor y exageración mediante, en esos chistes autobiográficos que hoy son casi un archivo oral de aquel Tomelloso de los años 60, 70 y 80.

Fue miembro fundador de la Asociación de Amigos del Museo del Carro, pieza clave de la peña Los Canuthi, y un defensor incansable de las tradiciones. Amaba las mulas y todo lo que las rodea, mantuvo y mejoró el esquileo artístico y lo transmitió a nuevas generaciones —ahí está Manuel Ortega como prueba—. Y, al mismo tiempo, supo asomarse al presente: ahí queda su canal de YouTube, donde su voz sigue contando historias como si no se hubiera ido.

Contaba Moreno que, en los corrillos del convite posterior, flotaba una sensación compartida: la de estar recordando a un hombre bueno, trabajador, de los que dejan huella sin proponérselo. Algunos lamentaban que no hubiera podido vivir este homenaje. Pero quizá no le habría dado mayor importancia. Otro Manteca, Jesús en este caso, resumía bien el espíritu con una frase que podría haber sido suya: «¿Y para qué quiero yo una calle sin hipoteca ni ‘na’?».

Uno tenía previstos para esta semana asuntos de mayor voltaje político —ahí sigue, sin ir más lejos, el debate del tren en la Diputación—, pero hay ocasiones en que conviene detenerse. Porque no es poca cosa que una ciudad como Tomelloso decida que una de sus calles lleve el nombre de un tipo corriente.

O tal vez sí; quizá eso, sea lo más importante.

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