Opinión

Las mujeres que nos sostienen el mundo

Cristina Grueso García | Domingo, 3 de Mayo del 2026
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Hay palabras que parecen pequeñas para todo lo que contienen. “Madre” es una de ellas. Cabe en dos sílabas, pero dentro guarda una vida entera de gestos invisibles, de sacrificios callados y de amor que no pide nada a cambio.

En este Día de la Madre, pienso en la mía como en un territorio firme al que siempre se puede volver. Una mujer que ha sido madre y padre a la vez, sin manual, sin descanso, sin tregua. Ha trabajado toda la vida para que a sus hijos no les faltara nada, incluso cuando eso significaba que a ella le faltara todo. Y lo ha hecho sin épica, sin discursos, sin reconocimiento: simplemente porque sí, porque amar, para ella, ha sido siempre una forma de resistir.

Mi madre es fuerte, pero no de esa fuerza que se exhibe, sino de la que sostiene. De la que aguanta cuando todo se tambalea y permanece cuando otros se derrumban. Y, sin embargo, en esa fortaleza convive una ternura infinita: una manera de mirar, de cuidar, de estar que roza lo sagrado. Es complaciente, amorosa, capaz de darse sin medida ni cálculo. Y en ese equilibrio —casi imposible— entre la firmeza y la dulzura, ha tejido un hogar que no es un lugar físico, sino una forma de sentirse a salvo en el mundo.

Pero hoy no solo pienso en las madres, sino en esa red silenciosa de mujeres que también nos han criado, protegido y querido sin ocupar necesariamente el centro del relato.

Pienso en las abuelas. En la mía, "abue" y madrina, que es amor en estado puro. Única, protectora, con esa risa que no solo se escucha, sino que irrumpe como una corriente de luz capaz de devolvernos a lo esencial, como si en ella habitara una forma primitiva y luminosa de la vida. Hay algo en las abuelas que trasciende el tiempo: son memoria viva, refugio incondicional y raíz profunda. Su amor no conoce la prisa ni la exigencia; es un amor que acoge, que envuelve, que permanece.

Y pienso también en mi tía abuela.  Cuidadora incansable, siempre disponible, siempre presente en los márgenes donde más se la necesita. De esas personas que no reclaman lugar porque su manera de habitar el mundo ya es, en sí misma, una forma de entrega absoluta. Su amor es constante, cotidiano, silenciosamente firme. Un amor que no se anuncia, pero que sostiene con la misma intensidad que los grandes gestos.

Hoy celebro a todas ellas. A las que estuvieron, a las que están y a las que, de una forma u otra, nos enseñaron a vivir.

Porque comprender el amor de estas mujeres no es un acto inmediato, sino un proceso lento, casi revelador, que llega con los años y con la conciencia. Es entonces cuando uno advierte que aquello que parecía cotidiano era, en realidad, extraordinario; que cada renuncia escondía una forma de cuidado y que cada gesto mínimo contenía una entrega inmensa.

Y cuando esa comprensión finalmente se abre paso, ya no basta con nombrarlas.

Se vuelven, entonces, origen. Y también destino.

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