Ayer, precisamente ayer, las
noticias —esas que escucho en la radio, fiel a la palabra dicha más que a la
imagen— parecían dejar tras de sí un rastro denso, como barro que no se limpia
con facilidad. En las voces de presentadores y tertulianos se entretejía un
discurso continuo que, más allá de los hechos, dejaba al descubierto una
sensación inquietante: hasta dónde puede arrastrar la ambición cuando pierde de
vista la dignidad los gobernantes actuales.
Ayer, precisamente ayer,
aquellas voces rumiaban argumentos que parecían querer sostener lo
insostenible, como si la avaricia encontrara siempre una forma de disfrazarse
de razón. Y mientras tanto, uno no puede evitar preguntarse en qué momento
dejamos de reconocer con claridad lo que es justo y lo que no lo es.
Pero ese mismo ayer amanecía
de otra manera. La brisa traía el leve aleteo de las golondrinas alrededor de
mi casa. El jazmín perfumaba, silencioso, por las acacias de la calle. Todo
parecía conspirar para recordarnos que la belleza no ha desaparecido, que el
mundo sigue ofreciendo una armonía que no depende de nosotros y que, sin
embargo, tanto necesitamos.
Y ahí surge la disonancia.
Mientras la naturaleza se presenta limpia y serena, la percepción del mundo que
nos llega —a través de ondas, antenas y pantallas— aparece empañada por una
sensación de deterioro. No solo en lo político, sino en lo cotidiano: la
dificultad para acceder a un médico en tiempos razonables, la espera que se
alarga sin explicación, los precios que pesan en la compra diaria, los retrasos
que se acumulan en lo que debería funcionar.
Ante ese desajuste entre lo
que se vive y lo que se espera, busqué comprender. Quise encontrar una voz que
ordenara, que aclarara. Pero, en muchas ocasiones, lo que aparece es un ruido
espeso, palabras cargadas de tensión, relatos enfrentados que no construyen,
sino que dividen. políticos que mienten. Y así, poco a poco, uno siente que se
instala cierta fatiga: una especie de cansancio que no proviene del esfuerzo,
sino de no entender hacia dónde se encamina todo. Hacia donde nos llevan los
que nos gobiernan.
Nos quejamos, sí. Lo
compartimos en conversaciones cercanas. Pero también seguimos adelante, como si
hubiéramos aprendido a convivir con la incertidumbre, como si esa resignación
silenciosa se hubiera vuelto parte del paisaje.
Y en medio de todo, surgen
otras preocupaciones más difíciles de nombrar: los cambios sociales, las nuevas
convivencias, las diferencias culturales que exigen comprensión y tiempo, pero
que a menudo se viven con desconcierto. No es sencillo habitar ese espacio
donde lo desconocido genera inquietud por los hechos de violencia y robos, y
donde el diálogo se vuelve más necesario que nunca, aunque difícil entre
culturas incompatibles.
Quizá lo más revelador de este
tiempo sea esa mezcla constante de extremos. Por un lado, la sensación de
pérdida, de falta de rumbo claro. Por otro, la persistencia de la vida: las
voces en la calle, los motores, los actos culturales, los intentos de crear
belleza, como si las musas —caprichosas siempre— se empeñaran en no abandonar
del todo a quienes aún escuchan.
Y entonces surge la pregunta,
casi inevitable: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Pero quizá la pregunta más
profunda sea otra: ¿en qué lugar nos situamos nosotros dentro de todo esto?
Porque, a pesar del
desconcierto, seguimos viviendo. Seguimos buscando equilibrio entre lo que nos
inquieta y lo que nos sostiene. Tal vez la clave no esté solo en señalar lo que
falla, sino en no perder la capacidad de mirar con claridad, de discernir, de
no dejarnos arrastrar por el ruido constante.
Al fin y al cabo, todo es
transitorio. Lo que acumulamos, lo que defendemos, incluso lo que nos indigna,
acabará diluyéndose con el tiempo. Y en esa certeza sencilla —que iremos sin
nada, igual que llegamos— hay una verdad serena que contrasta con la agitación
que nos rodea. A pesar de todo, seguimos.
Seguimos viviendo, trabajando,
intentando encontrar equilibrio entre lo que nos preocupa y lo que nos
sostiene. Tal vez la respuesta no esté solo en mirar hacia arriba, hacia
quienes gobiernan, sino también en reconstruir, poco a poco, la confianza en lo
cercano, en lo inmediato, en los pequeños espacios donde aún podemos hacer
algo.
Porque, al final, cuando todo pase —como siempre pasa— nos iremos sin nada, absolutamente sin nada. Tan desnudos como llegamos. Y en ese pensamiento sencillo, casi olvidado, quizá haya una verdad que convendría recordar más a menudo. Quizá, precisamente ayer, y también hoy, lo importante sea no olvidar esa verdad. Y, en medio del ruido, seguir prestando atención al vuelo de las golondrinas que fieles regresan cada año hasta nuestras calles.
Natividad Cepeda
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