Tomelloso

El Marcelo Grande aplaude la descarnada mirada de Bakú Teatro a las relaciones humanas

“El juego de Gilmour” explora las grietas en los vínculos personales y la necesidad de encontrar la felicidad

Francisco Navarro | Sábado, 30 de Mayo del 2026
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Este viernes fue el turno de Bakú en la 33ª Muestra Local de Teatro José María Arcos con la representación de “El juego de Gilmour”, una obra escrita y dirigida por Fernando Ruiz de Osma. A través de varias historias que se entrecruzan, el montaje aborda sin rodeos la complejidad de las relaciones humanas en la sociedad actual y reivindica que la felicidad está, muchas veces, más cerca de lo que creemos. El público respondió con una larga y merecida ovación a una función sostenida por un sólido trabajo actoral.

La soledad como punto de partida

Ruiz de Osma pone en boca de uno de sus personajes una frase que resume el sentido de “El juego de Gilmour” y, seguramente, buena parte de nuestra propia existencia: “cada uno nos libramos del miedo a la soledad como podemos”. Esa es la cuestión. No estar solos. Ya lo cantó Goytisolo: tomados de uno en uno, solo somos polvo, no somos nada.

Junto a la soledad, la obra señala otros obstáculos que nos alejan de la felicidad: la falta de horizonte, la hipocresía —tan útil a veces— y el desconocimiento de nosotros mismos. Al final se nos recuerda que “te das cuenta de que no conoces a nadie y nadie te conoce a ti”, una sentencia tan sencilla como demoledora.

¿Y qué es exactamente el juego de Gilmour? Un espejo. Una especie de trampa saducea, si se quiere, capaz de mostrar el verdadero estado de una relación. Bakú incluso invitó al respetable, a través del programa de mano, a ponerlo en práctica.

Personajes reconocibles y emociones universales

“El juego de Gilmour” es un drama contemporáneo, denso y ambicioso, construido sobre seis personajes muy bien definidos y magníficamente interpretados.

Ana, encarnada por Teresa Cuenca, es la inflexible directora de una empresa de complementos alimenticios. Es feliz. O al menos cree serlo. Su pareja, Lucía (Ana Espinosa), obtiene una beca de investigación en Suecia. La distancia, aparentemente asumible, termina convirtiéndose en el pequeño grano de arena que bloquea toda la maquinaria de la felicidad de Ana. Convencida de que Lucía no regresará, su fortaleza comienza a resquebrajarse mientras la joven investigadora trata de adaptarse a la difícil vida escandinava.

En paralelo aparece Martín (Fernando Ruiz de Osma), un directivo eficiente, correcto y distante que aprovecha la situación para acumular poder dentro de la empresa.

Lourdes (Mercedes González), hermana mayor de Ana, ejerce de protectora permanente. Casada con Ángel (Pedro González), vive atrapada en una relación dominada por el tedio y la resignación, donde apenas sobreviven “reproches, palabras vacías y recuerdos”.

Desde una aparente posición de equilibrio observa Beatriz (Yolanda García), la psicóloga que atiende a Ana y Lourdes y que propone realizar el juego de Gilmour con las personas más cercanas. Aunque quizá tampoco ella presta demasiada atención a su propio estado emocional.

Con estos mimbres, Bakú conduce al espectador durante hora y media por una auténtica montaña rusa de relaciones sentimentales, familiares, laborales y terapéuticas. Ruiz de Osma teje el tapiz de “El juego de Gilmour” con la urdimbre de un gran trabajo actoral, diálogos inteligentes y un escenario deliberadamente sobrio. Sin trampantojos ni artificios. Sin distracciones. Todo está al servicio de una historia que muestra la frialdad de unos vínculos cada vez más asépticos.

Pero la obra no cae en el pesimismo. Al contrario. Nos recuerda que sigue estando en nuestras manos romper la rueda de hámster en la que tantas veces nos instalamos. Como afirma Ana en uno de los momentos clave de la función: “siempre hay tiempo para cambiar”.

Porque, en el fondo, “El juego de Gilmour” es una reivindicación de la esperanza. Una invitación a cruzar esa “verja que rodea el paraíso” que tantas veces somos incapaces de atravesar.

Cuando cayó el telón, el público del Teatro Marcelo Grande respondió con una larga, cálida y merecida ovación. Un reconocimiento al trabajo de Bakú y a una obra que interpela al espectador desde el primer minuto y que deja preguntas resonando mucho después de abandonar la butaca.

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