Opinión

Un cadáver en la sala (XIV)

Juan José Sánchez Ondal | Domingo, 21 de Junio del 2026
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Capítulo XIV - Donde se cuenta la captura del capo traficante y el descubrimiento del verdadero asesino

Enfrascados en otros asuntos y en la burocracia de informes, declaraciones, comprobaciones, patrullas y demás aburridas rutinas, pasaron los días hasta que una noche, a punto de marchar para casa, Cervera recibió una llamada. Era Garellano.

—Mariano. ¡Éxito rotundo! El «No te escapas» no se nos escapó. Cayó en el cepo con la colaboración de tu recomendado. Se prestó a llamarle y quedar con él para entregarle el resto del dinero. Quedaron en un club de alterne y «El Seguro» acudió hará un par de horas, acompañado de sus esbirros. Nosotros habíamos montado el operativo correspondiente y los trincamos.

Le detuvimos a él, al de la camisa floreada y a dos secuaces, padre e hijo, que creíais que eran los sicarios que apiolaron a tu espectador. Hemos llevado fotografías de ellos al domicilio de la señora que se salió del cine y no ha reconocido a ninguno de ellos, lo siento.

Le he hablado al jefazo de tu excepcional aportación y la de tu ayudante en la captura del «importante capo de la droga» y ha dicho que tomaba nota, pero que seguís sin resolver el crimen del cine.

Estaba como loco de contento. Lo he dejado en su salsa, con los chicos de la televisión, de la radio y de la prensa. Así es que estará saliendo en las ondas y mañana estamos en los periódicos.

De nuevo, gracias. Un abrazo. Y a tu disposición, como siempre. Te debo otra.

Ramiro acababa de marcharse. Mañana le daría la buena noticia de la caída del capo, si es que ya no la conocía por los medios, y la mala de que su caso seguía pendiente y, como él decía, oscuro como el reinado de Witiza.

Parecían cerrarse todos los caminos. Segundo quedaba descartado, a pesar de ser el mayor beneficiario del crimen; la no identificación de los presuntos sicarios, Cósimo «El Sanguinario» y su hijo Adolfito «El Largo», suponía que no eran el fuerte y el alto que «ayudaron» a doña Dolores Pretel, de los que entonces carecían de pistas.

Por cierto, ¿a qué coño tuvo Garellano que ir a consultar a la señora Pretel si reconocía a los capturados? ¿Qué vela tenía él en ese entierro, si el muerto era suyo, de su competencia?

Es que... aquí cada uno va a por su lucimiento y a por su ascenso.

Quedaba el mendigo desaparecido que, no sabía por qué, a pesar de todo, no le acababa de encajar como asesino, aunque habría que encontrarle; y el cineasta argentino había presentado una completa coartada...

De pronto, le vino lo que «Plinillo» llamaba un pálpito.

El pálpito de su pálpito.

Consultó un callejero de Madrid...

—¡La madre que le parió! ¡Nos la dio con queso, como a unos novatos!

Llamó por teléfono a Ramiro.

—¡Desde donde estés, vente inmediatamente a la comisaría!

—¿Qué pasa, jefe?

—¡Que te vengas zumbando! El jodío «Plinillo» este... que va a tener... que se va a salir con la suya...

No había pasado media hora cuando Ramiro se presentaba con cara de estar dispuesto a recibir una reprimenda por algo en que la había pifiado.

—¿Qué pasa, jefe? ¿Dónde he metido el cuezo?

—¡Lo hemos metido los dos, como dos pipiolos!

—Usted dirá.

Tras informarle de todo lo que le acababa de comunicar su compañero Garellano, exclamó:

—¡El cineasta nos la jugó bien!

—Pero si comprobamos todo con su profesor.

—¿Cómo?

—Hablé yo con él y me confirmó punto por punto la coartada.

—¿Cómo?

—Por teléfono.

—¿En qué teléfono?

—¡Ay, leche! —se echó la mano a la frente Ramiro—. En el que nos dio el argentino. ¿Qué pasa? ¿Que es falso?

—No lo he comprobado, pero seguro que es tan falso como las direcciones que nos suministró y que no comprobamos. Ni existe la calle Alistrón en el callejero madrileño en que dice que vivía, ni la calle Roma llega al número 174. Y seguro que el don Alberto Olivares de la Pantalla ese, encima con cachondeíto —¡de la Pantalla!—, con el que tú hablaste en el teléfono que nos dio —recalcó Cervera— no es otro que un compinche con el que había quedado de acuerdo en que le mandase el mensaje y en todo lo demás.

Como seguro que el pasaporte que nos enseñó era falso y ni es diplomado más que en degollar ni cursa máster ninguno como no sea en carnicería aplicada —bufaba Cervera—.

Pudo, perfectamente, escabechar a Primitivo, fingir auxiliar a la señora que le vio cometer el crimen, hacer como que ayudaba a sacarla, amenazarla y largarse con viento fresco, previo wasap convenido con el socio, por si acaso.

—Pero lo que entonces no cuadra, jefe, es que al día siguiente volviera al cine, por mucho que digan eso de que «el criminal siempre vuelve al lugar del crimen».

—Tal vez tuviera algún motivo especial para ello y por eso llevaba preparada la coartada con la que nos tomó el pelo. Y debería ser muy importante para arriesgarse así.

—¿Tal vez a recoger el arma homicida?

—No creo. Esa seguro que se la llevó. Es, al parecer, una de sus herramientas de trabajo.

—Claro. Con el revuelo del descubrimiento del muerto, lo más lógico era suponer que no terminaran de limpiar y lo que fuera podía estar aún allí en la primera sesión y recuperarlo.

—Oye, ¿tenemos el informe de los de la Científica? Esos recogen todo...

—Ahora que lo dice, jefe, no nos lo han pasado. Con eso de que estaban con lo del accidente ese...

—A ver si está alguno y si nos dice algo.

—Me acerco yo a ver —se ofreció Ramiro.

A los pocos minutos llegó diciendo:

—No lo tienen redactado, pero me han dado los «datos base»; lo que encontraron, vamos. Como era de suponer, dice aquí: «Múltiples huellas dactilares y cabellos en el borde y en la tapicería de las butacas».

—De medio Madrid las habrá —comentó Ramiro.

—«Abundante sangre del fenecido. En las inmediaciones: palomitas, envolturas de caramelos, palos de polos, una botella de cola. Dos monedas de 1 euro y de 20 céntimos. Un cordón de zapato negro».

—No creo que volviera a por él, ¿verdad, jefe?

—¡Jefe... bingo! «Un billete de avión de la compañía LATAM, vuelo operado por Iberia, a nombre de Clodoaldo Polini Crespo, clase Económica, n.º 067543209876, desde Bogotá a Madrid. Barajas INTL, Terminal T4, vuelo LA 1843, etcétera, etcétera, salida 18:15 del día 21/JUNE, fila 32, asiento 18/D, llegada 10:15».

Si la memoria no me pone los cuernos, es el mismo vuelo que trajo a Segundo. Se le debió caer al sacar algo y lo consideró una prueba peligrosa, a pesar de la diferencia de nombre; tal vez por ser el suyo auténtico.

—Inmediatamente, busca antecedentes a este nombre, fotos del pasaporte si la hicieron, para exhibirlas a la señora; informe de hoteles y aeropuertos. Si hoy trincaron al capo por cuenta del que actuaba, tal vez se encuentre aquí todavía.

¡Ojo especial en el aeropuerto! A las 0:40 sale un vuelo de LATAM y a la 1:00 otro de Iberia para Bogotá.

¡Ordena su detención inmediata a cualquiera de los dos nombres!

«Plinillo» dejó patente el grado de efectividad de que era capaz, multiplicándose en transmitir las órdenes de su jefe, buscar antecedentes, recabar información de todo tipo y cursarla.

Cervera le veía excitado, manejar el ordenador y los teléfonos con una soltura admirable; en su salsa.

—Este chico llegará lejos si se reconocen el mérito y la capacidad —pensó.

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