Opinión

El “Patetismo Ilustrado”

Una visión de lo que no debe ser arte

José Manuel Ruiz Gutiérrez | Lunes, 22 de Junio del 2026
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Vivimos en un tiempo en el que nunca se ha creado, publicado y mostrado tanto como ahora. La facilidad para expresar una idea, compartir una obra o difundir una creación ha abierto unas posibilidades extraordinarias para quienes desean manifestarse artísticamente. Cualquier persona puede escribir un libro, pintar un cuadro, crear una obra audiovisual o exponer su visión del mundo. Sin embargo, precisamente por esa enorme facilidad de acceso surge una pregunta que considero necesaria: ¿todo aquello que se presenta ante nosotros como arte posee realmente la profundidad, la intención y la calidad necesarias para merecer ese nombre?

No planteo esta reflexión desde la nostalgia de un pasado que probablemente nunca fue tan perfecto como algunos quieren hacernos creer, ni desde la pretensión de establecer unas normas rígidas sobre lo que debe ser considerado arte. El arte, por definición, evoluciona, rompe fronteras, provoca y cuestiona. Muchas obras que en su momento fueron incomprendidas acabaron siendo reconocidas con el paso del tiempo. Mi reflexión va en otra dirección: si aceptamos que todo vale, si renunciamos completamente al criterio y a la capacidad crítica, corremos el riesgo de confundir la apariencia con la esencia, la provocación con la profundidad y la novedad con el verdadero valor artístico.

A esa actitud de aceptación acrítica, a esa tendencia a admirar aquello que se nos presenta como importante porque determinados círculos culturales así lo establecen, es a lo que denomino, con cierta ironía, “Patetismo Ilustrado”.

Al poner este título a mi artículo no pretendo acuñar un nuevo movimiento artístico dentro del panorama del arte del siglo XXI. No deseo aparecer como fundador de una corriente ni atribuirme una importancia que corresponde únicamente a críticos, historiadores y estudiosos del arte. Ellos serán quienes, con la perspectiva que da el tiempo y el conocimiento, determinen qué movimientos, tendencias o creadores merecen ocupar un lugar en la historia.

Mi intención es mucho más sencilla: expresar una reflexión personal sobre aquello que, desde mi punto de vista, debería exigirse a una creación para que pueda ser considerada verdaderamente artística. La ventaja de cumplir años, quizá la única, es que uno adquiere una visión más amplia y sosegada de la realidad. Con el paso del tiempo aparecen preguntas que antes no nos hacíamos, quizá porque estábamos demasiado ocupados navegando “a troche y moche” por ese enorme océano del conocimiento humano.

Es desde esa experiencia acumulada desde donde me permito opinar sobre algunas manifestaciones artísticas, especialmente sobre la pintura y la literatura, ámbitos donde me siento más cómodo para expresar mis dudas y mis convicciones. No pretendo escribir un tratado sobre estética ni competir con quienes han dedicado su vida al estudio del arte. Simplemente quiero compartir una inquietud que cada vez percibo con mayor claridad.

Durante muchos años presté más atención al fondo que a la forma. Me interesaban las motivaciones del creador, sus pensamientos, sus emociones y aquello que una obra pretendía transmitir. Incluso me dejaba llevar por etiquetas como “moderno”, “rompedor”, “transgresor”, “provocador” o “disruptivo”. Sin embargo, con los años he comprendido que la forma no es un elemento secundario, sino el instrumento mediante el cual una idea consigue llegar a los demás. Una emoción que no encuentra un lenguaje adecuado puede perderse; una gran intención que no consigue expresarse puede quedarse encerrada en la mente de quien la crea.

Por eso considero que la creación artística exige algo más que una voluntad personal. No basta con querer ser artista; la obra debe demostrar una capacidad de comunicación, una elaboración y una intención que la sitúen por encima del simple acto de crear.

No todo vale.

Y mucho menos debería aceptarse que quienes no sienten emoción ante determinadas manifestaciones artísticas sean automáticamente considerados ignorantes o incapaces de comprender el arte. Como escribió Oscar Wilde, “la belleza está en los ojos de quien mira”. Pero esa afirmación, tantas veces utilizada para defender cualquier manifestación artística sin posibilidad de crítica, no debería llevarnos a pensar que todo juicio tiene el mismo valor o que cualquier cuestionamiento es fruto de la ignorancia.

El arte necesita libertad, pero también necesita criterio.

Voy a poner un ejemplo imaginario. Supongamos una ciudad cualquiera donde se convoca un importante premio de pintura. En una sala se exponen las obras seleccionadas y premiadas. Coloquemos a un investigador en la puerta del recinto con una hoja de papel dividida en dos columnas: “me gusta” y “no me gusta”. Su tarea sería preguntar a cada visitante qué impresión le han causado las obras contempladas y anotar sus respuestas.

Evidentemente, el resultado de esa encuesta no determinaría por sí mismo el valor artístico de una obra. La historia del arte demuestra que muchas creaciones fundamentales fueron rechazadas inicialmente por la sociedad de su época. Pero también nos recuerda que una obra que pretende ser arte no puede ser completamente ajena al diálogo con quienes la reciben.

El arte no vive únicamente en la intención del creador; vive también en el encuentro entre la obra y el espectador.

Una obra creativa, ya sea una pintura, un libro, una composición musical o cualquier otra manifestación, nace con una finalidad. Existe detrás de ella una necesidad de expresar algo. El artista tiene la difícil tarea de transformar sus pensamientos y emociones personales en una creación capaz de ser compartida con otros seres humanos.

El arte no puede existir únicamente para quien lo crea. Una obra escondida en una habitación, sin posibilidad de encuentro con el mundo, pierde una parte esencial de su naturaleza. El arte es comunicación, diálogo y transmisión de una experiencia humana.

En este sentido resulta interesante recordar a Lev Tolstói, quien defendía que el arte era una forma de comunicación emocional entre personas. Una obra debía ser capaz de transmitir una experiencia interior del creador y provocar algún tipo de respuesta en quien la contempla. Aunque la evolución artística ha ampliado enormemente esta idea, la pregunta sigue siendo válida: ¿qué permanece después de contemplar una obra?, ¿qué deja en nosotros?

Aquí aparece mi concepto de “Patetismo Ilustrado”.

No se trata de negar el valor de la innovación ni de rechazar cualquier forma de arte que rompa con lo establecido. Precisamente la historia del arte está llena de rupturas necesarias. Lo que planteo es que la ruptura, por sí sola, no garantiza la existencia de una gran obra.

La provocación necesita pensamiento. La transgresión necesita una razón. La originalidad necesita contenido.

El ejemplo de Marcel Duchamp y sus conocidos “ready-made” es significativo. Su importancia no estuvo simplemente en presentar un objeto cotidiano como obra artística, sino en obligar al mundo del arte a formularse preguntas profundas sobre la naturaleza de la creación. La diferencia está precisamente ahí: detrás del gesto debe existir una reflexión.

Para explicar mejor mi idea recurro a un cuento que siempre me ha parecido extraordinario: “El traje nuevo del emperador”, de Hans Christian Andersen.

Todos conocemos la historia. Un rey caprichoso desea un traje extraordinario y un sastre astuto le hace creer que ha creado una vestimenta maravillosa que solo pueden ver las personas inteligentes. El rey acepta la mentira y los cortesanos también, porque nadie quiere parecer ignorante. Hasta que un niño, libre de prejuicios, dice la verdad: el rey está desnudo.

La metáfora es evidente. En ocasiones, la sociedad acepta determinadas ideas no porque realmente las comprenda, sino porque teme cuestionarlas. A veces confundimos prestigio con calidad y reconocimiento con verdadero valor.

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En el mundo del arte ocurre algo parecido. Debemos preguntarnos: ¿ese cuadro transmite algo?, ¿ese poema nos conmueve?, ¿esa novela aporta una mirada nueva sobre el ser humano?

No todo arte tiene que ser bello en un sentido tradicional. El arte también puede mostrar dolor, conflicto, inquietud o incluso fealdad. Pero incluso aquello que incomoda debe contener una búsqueda, una intención y una razón de existir.

Algo parecido sucede en la literatura. España es un país con una enorme producción editorial. Miles de personas escriben y publican cada año, y ese deseo de expresarse merece respeto. Escribir es una de las formas más profundas de comunicación humana.

Pero publicar un libro no convierte automáticamente a alguien en escritor, del mismo modo que colocar un cuadro en una sala no convierte automáticamente a alguien en artista. La creación necesita tiempo, aprendizaje, lectura, autocrítica y una relación profunda con aquello que se quiere transmitir.

Llevo muchos años escribiendo y sigo considerándome un aprendiz. Tengo varios libros publicados y cuando vuelvo a leer algunos textos antiguos muchas veces pienso: “Ahora no lo habría escrito así”. Y quizá esa sea precisamente una de las señales de quien continúa aprendiendo.

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El “Patetismo Ilustrado” es un movimiento que yo mismo acabo de inventar. No pretende convertirse en una nueva corriente artística ni establecer una doctrina. Es simplemente una llamada de atención sobre la necesidad de recuperar algo que considero esencial: el valor del criterio.

Los grandes artistas no son únicamente quienes aparecen en galerías, premios o escaparates culturales. Los grandes artistas son aquellos capaces de crear obras que atraviesan el tiempo, que comunican emociones, que expresan belleza, dolor, esperanza, denuncia o misterio.

Como escribió Pablo Picasso, “el arte limpia del alma el polvo de la vida cotidiana”. Quizá por eso debemos protegerlo de aquello que lo convierte únicamente en apariencia, mercado o moda pasajera.

Porque al final, como en el cuento del emperador desnudo, siempre será necesario que alguien tenga la valentía de preguntarse: ¿Estamos realmente ante una gran obra? ¿O simplemente estamos admirando un traje que nadie se atreve a reconocer que no existe?

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