Vivimos tiempos de enorme incertidumbre política. El debate público se
consume entre corrupción, crisis, estrategias partidistas y cálculos
electorales mientras cuestiones esenciales para el futuro de los ciudadanos
quedan relegadas a un segundo plano. Una de ellas es la alimentación. Y cuando
hablamos de alimentación hablamos de agricultores, ganaderos y de la Política
Agraria Común (PAC), la principal herramienta que tiene Europa para garantizar
que nunca falten alimentos seguros, suficientes y de calidad en nuestras mesas.
Resulta preocupante comprobar cómo un asunto de esta trascendencia
apenas ocupa espacio en la agenda política nacional. La futura PAC, que
condicionará el rumbo de la agricultura europea a partir de 2028, debería estar
siendo objeto de un debate permanente y profundo. Sin embargo, la sensación en
el sector es justamente la contraria: falta atención, falta interlocución y,
sobre todo, falta la prioridad política que merece.
Mientras tanto, las negociaciones avanzan en Bruselas. Ya existe una
propuesta sobre la mesa impulsada por la presidencia chipriota de la Unión
Europea. Ha sido analizada en los foros comunitarios y ha comenzado una fase
decisiva de discusión tanto entre los Estados miembros como en el Parlamento
Europeo. Sin embargo, cabe preguntarse si en España existe una verdadera
conciencia de la importancia de lo que está en juego y si nuestras
administraciones están participando en este proceso con una posición sólida,
coordinada y respaldada por el sector.
Quienes llevamos décadas siguiendo las reformas de la PAC recordamos
tiempos en los que cada documento europeo era analizado conjuntamente entre las
organizaciones agrarias y la Administración. Había reuniones, intercambio de
información y voluntad de construir posiciones comunes. Hoy esa dinámica se ha
debilitado notablemente. Y eso es un error. La agricultura no puede convertirse
en una herramienta de confrontación política ni en un argumento ocasional para
el debate partidista. Es una cuestión estratégica para el país.
Las claves para el futuro del campo europeo son muy claras: rentabilidad,
competitividad y seguridad. Sin explotaciones rentables no habrá
agricultores. Sin competitividad no podremos hacer frente a la creciente
presión de los mercados internacionales. Y sin una seguridad integral -que
abarque tanto la seguridad alimentaria como la estabilidad jurídica, económica
y productiva-, será imposible planificar inversiones y garantizar la
continuidad de las explotaciones.
Pero hay una cuarta clave que afecta al conjunto de la sociedad: la soberanía
alimentaria. Europa no puede permitirse depender cada vez más de terceros
países para abastecerse de productos básicos. La producción agraria es una
cuestión económica, pero también estratégica. Las recientes crisis
internacionales han demostrado hasta qué punto la capacidad de producir
alimentos es un elemento fundamental de estabilidad.
Por eso preocupa que las propuestas presupuestarias que se
están discutiendo contemplen nuevos ajustes para la PAC. Especialmente cuando
algunos países del norte de Europa siguen defendiendo reducciones aún más
profundas de los recursos destinados a la agricultura. No parece razonable
exigir más esfuerzos, más requisitos y más obligaciones a agricultores y
ganaderos mientras se reducen los instrumentos que permiten sostener la
actividad productiva.
Además, existe otro riesgo que no podemos ignorar: la pérdida de
identidad propia de la PAC dentro de estructuras financieras cada vez más
amplias y complejas. La agricultura necesita una política común reconocible,
con objetivos específicos, financiación estable y capacidad de respuesta ante
los desafíos propios del sector. Diluirla dentro de grandes fondos generales
supondría debilitar una de las políticas más exitosas de la construcción
europea.
También resulta imprescindible reforzar los mecanismos de gestión
de crisis. El cambio climático, la volatilidad de los mercados y las
tensiones geopolíticas hacen cada vez más necesaria la existencia de
herramientas específicas para proteger a agricultores y ganaderos frente a
situaciones extraordinarias. Del mismo modo, Europa debe apostar decididamente
por inversiones estratégicas en agua, digitalización, almacenamiento
y resiliencia de las cadenas alimentarias.
Otro de los grandes debates es el relevo generacional. Con
frecuencia se presenta como una cuestión que puede resolverse únicamente
mediante ayudas específicas para jóvenes. Sin embargo, la realidad es mucho más
sencilla y mucho más exigente: los jóvenes se incorporarán al campo cuando vean
que pueden construir un proyecto de vida viable. La mejor política de
incorporación es una agricultura rentable.
Para lograrlo es necesario facilitar la modernización de las
explotaciones, mejorar las infraestructuras hidráulicas, reducir la carga
burocrática, garantizar condiciones de competencia equilibradas frente a las
importaciones de terceros países y permitir que quienes deseen crecer y ganar
dimensión empresarial puedan hacerlo. El relevo generacional no llegará por
decreto ni mediante discursos bienintencionados. Llegará cuando el sector
vuelva a ofrecer expectativas económicas atractivas.
En este contexto, tampoco ayuda el exceso de gesticulación política
que estamos viendo en torno a las negociaciones europeas. Más allá de las
declaraciones grandilocuentes, lo que necesita el campo son acuerdos eficaces,
posiciones sólidas y capacidad de influencia real. Menos titulares y más
trabajo. Menos confrontación y más negociación.
España tiene la responsabilidad de ejercer un papel protagonista en
este proceso. Somos una de las grandes potencias agrarias de Europa y debemos
defender una PAC fuerte, bien financiada y adaptada a los desafíos del futuro.
No se trata de una reivindicación institucional. Se trata de proteger la
capacidad de producir alimentos, de mantener vivo el medio rural y de
garantizar la autonomía estratégica de Europa.
Los debates que se están desarrollando en Bruselas marcarán el futuro de millones de agricultores y ganaderos durante la próxima década. Por eso no podemos permitir que pase desapercibida. Porque cuando hablamos de agricultura, en realidad estamos hablando de algo mucho más importante: del futuro de nuestra alimentación y de nuestra seguridad como sociedad.
Por José María Fresneda, presidente de ASAJA Castilla-La Mancha
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